domingo, 9 de septiembre de 2012

El último vuelo del Fénix: Santos - Taldemar

Mártires de la tradición - Por Taldemar

La multitud se agolpaba en el Frontal de la Muerte mientras dirigían miradas cargadas de curiosidad a aquel grupo de quince personas que lanzaba proclamas en alta voz:
- ¡La Horda se quiere llevar a vuestros hijos, mancillar a vuestras mujeres y hacer que mueran en tierra extraña en una guerra que no es la nuestra! ¡No serviremos nunca a un sucio orco negro! Mientras tanto el Regente se acuesta con la antinatura y nos vende a bajo precio. ¡Rebelaos, Hijos del Sol! Entregaos en martirio a Belore Emperador antes de dar la vida por la falsa Regencia y los monstruos diabólicos de Kalimdor. - Ashel Soldras clamaba con la voz del trueno subido a una pila de cajas con sus albos cabellos tremolando al viento que creaba con sus propios movimientos, gesticulando enérgicamente mientras señalaba acusadoramente con el dedo a la Aguja Furia del Sol - ¡Allí vive nuestro carcelero! ¡El Gran Apóstata! El enemigo odiado de Belore!

A medida que el discurso era coreado con gritos de Viva Belore Emperador enardecidos por el Apóstol Perfecto Vindar Ruedasolar, la masa de sin'dorei crecía. La mayoría se exaltaba rápidamente junto al grupo de Los Santos Vivientes y daba vivas a la Tradición, a la Monarquía, y le dedicaba mueras a la Horda y a los no-muertos. Sin embargo, algún que otro que respaldaba a la Regencia se retiraba de la escena discretamente, en dirección hacia el cuartel de la guardia. La agitación patriótica que empezaba a bullir en las calles de Lunargenta acabó por prender una vez los vigilantes de la ciudad empezaron a movilizarse hacia la posición de los insurgentes, que sabiéndose blanco de cualquier represión, empezaron  a movilizarse hacia la Corte del Sol, donde las aclamaciones, los cánticos y las demandas contra el Lord Regente Lor'themar Theron se acentuaron.

- ¡Yo te denuncio como sirviente del Orco Negro, esclavo de la religión de la brujería y protector de la Plaga! ¡El fuego sea contigo, falso regente! ¡Viva Quel'Thalas! - Entre el gentío empezaba a aflorar manifiestos de pasión enfervorecida que se sumaban a los Santos. Algunos portando armas y desenvainándolas en actitudes amenazantes. Pocos minutos después, los Guardianes de la Regencia comenzaron a descender por el puente para disolver a los alborotadores.
- ¡Santos Vivientes! ¡A las armas! Belore nos aguarda. ¡Al martirio! - Los Apóstoles Perfectos se adelantaron con toda la escuadra de la Orden de Los Santos, que iban totalmente equipados en armaduras de combate y con las espadas en ristre. Plantaron cara a la Guardia de la Regencia, que titubeó un instante, justo en el momento en el que una embajada de la Horda formada por diez miembros de la misma corría a guarecerse en palacio.
- ¡Que no huyan, a ellos! ¡Muerte a la Horda! ¡Viva Quel'Thalas! - Al grito respondieron los Santos y varios ciudadanos poseídos por el patriotismo, que cargaron violentamente contra los embajadores. El Santo Nacámbar fue el primero en cortar de un tajo limpio la cabeza de un orco de piel verdosa, cuyo cadáver hizo una espiral provocada por el reguero de sangre a presión que emanaba del corte, hasta caer redondo al suelo. A este lo siguió una trol que fue empalada por la lanza de la Santa Esmeldis, y después una renegada cuyo cráneo fue reventado por un monárquico de la ciudadanía que la aplastó con su maza.

- ¡Guardias, a ellos! - Un elfo robusto de cabellos rojizos dio la señal de ataque a los protectores del Regente, que se lanzaban con las gujas en alto contra los causantes de la masacre. El Santo Adirhael Sin'Thael murmuró una plegaria y Los Santos Vivientes se vieron escudados por un áurea dorada sacra que detuvo la carga de las fuerzas del Orden. Dándoles la oportunidad de reorganizarse, los tradicionalistas que ya habían dado muerte a la Embajada de la Horda, se volvieron y al grito de Muera la Regencia Intrusa, se entregaron al combate.
La multitud chillaba histérica, de las ventanas de los edificios que acordonaban la Corte del Sol se asomaban cabezas cuyos rostros iban desde el pánico más absoluto hasta la más profunda fidelidad, llegando a vitorear a los insurgentes. Los rayos de Sol rosados del atardecer refulgían como llamas en las armaduras de los combatientes de ambos bandos, a la par que la sangre salpicaba a unos y a otros, en todas direcciones.
Pocos instantes después, el fragor del combate ya se había cobrado la vida de la mitad de Los Santos Vivientes y de dos docenas de guardias de la Regencia. Sin embargo, ni unos ni otros cejaban en la lid.

- ¡No nos rendiremos jamás! ¡Con Belore a nuestro lado, siempre estaremos en mayoría! ¡Viva la Religión! - Ashel Soldras hacía lo imposible por sanar a los que caían, dándose cuenta de que estaban totalmente rodeados por el enemigo, y que la muerte era inminente.
- Viva... Belore... Emperador... - La Santa Esmeldis, que se cubría su rostro con máscara dorada, se dobló de rodillas y acabó por dar vivas a su dios antes de que una hoja de manufactura thalassiana lamiese su cuello e hiciese manar de él el agua de la vida, poniendo fin a su vida. El Santo Taldemar Nacámbar, paralizado por la visión de su amada perecer, renovó la furia de las embestidas contra sus adversarios, deteniendo ataques con su escudo y devolviéndolos letalmente con la espada, hasta que sintió en su estómago el tacto del frío acero. La visión se le nubló y cesó de escuchar el ruido de la batalla. No sentía nada. Paulatinamente, una luz blanca le cegó, sin dejar de ver nada más que un vacío inmenso, en el que comenzaba a dibujarse una figura coronada con rayos del Sol. Esbozando una sonrisa en sus labios trémulos alzó una mano como queriendo tocarlo, y murió.

***

Al fin llegó la calma. La Guardia de la Regencia había disipado a los alborotadores que volvían a sus casas con celeridad y el terror en sus corazones. Del puente que comunicaba la Corte con la Aguja Furia del Sol nacía un río de sangre que se desbordaba cayendo en pequeñas cascadas derramándose sobre el foso. Los cadáveres amontonados de guardianes, Santos Vivientes y de los embajadores de la Horda se confundían formando un espectáculo grotesco, hasta que finalmente fueron retirados, las manchas fregadas y la alfombra imperial retirada y finalmente sustituida por otra. Los gólems arcanos rápidamente emitieron sus mensajes de prosperidad,  y felicidad, como si nada hubiese ocurrido allí en las calles de Lunargenta. Sin embargo, muchos habían sido testigos de lo que realmente había acontecido, y por la mañana se rumoreaba en tonos quedos acerca del Martirio de los Santos y de cómo habían dado sus vidas por Belore, y por la Tradición.

Una pequeña niña elfa de cabellos dorados y camisón púrpura encendía una vela en el santuario familiar y empezó a rezar ante una representación elaborada en oro de su deidad:
- Belore, te pido que protejas a mi familia, a mis amigos. Que no le pase nada a mi papá que se lo lleva la Horda. - la pequeña sollozaba recordando cuando su progenitor había abandonado la casa obligado a servir en Kalimdor horas atrás. Los lloros fueron haciéndose más amargos, hasta que fueron escuchados por su madre, que entró portando una bandeja de plata con quince velas más.
- Mi amor, ayúdame a encender más velas. - Le indicó a su hija.
- ¿Para quién son, mamá? - Inquirió la jovencita secándose los ojos enrojecidos con las manitas.
- Para los nuevos mártires de Belore que han conseguido la inmortalidad hoy. - La mujer fue encendiendo los pábilos uno a uno con devoción y respeto. Cuando finalizó abrazó a su hija con amor maternal y murmuró dulcemente una plegaria: - Que Los Santos y Belore protejan a mi marido en la guerra, y que me lo traigan de vuelta, por favor. - Achuchó más a la niña y no pudo evitar dejar escapar una sencilla lágrima que recorrió su mejilla derecha y se vertió en forma de gota sobre la estatuilla del Sol Eterno, que creó la ilusión de que la imagen del dios lloraba también en aquel sangriento día que moría...
                               

El último vuelo del Fénix: Santos - Taldemar

 En el desfiladero de la Santidad - Por Taldemar

El Reducto de la Tradición hervía de actividad. Localizado en las agrestes montañas meridionales de las Marcas del Sur, el campamento base de Los Santos consitía en un par de tiendas de campaña militar cuidadosamente establecidas en lo alto de riscos, y de banderas tradicionales de la Quel'Thalas de Anasterian y del Príncipe Kael'thas, antes de su Traición. Sin embargo, lo que más sobresalía era la estatua de Belore en su forma de Emperador, representado en forma élfica sobre un trono y sosteniendo un sol en su mano izquierda, más un cetro en la derecha. A pesar de que no eran más de una docena, el ajetreo creaba la ilusión de que eran un auténtico regimiento. En el centro del campamento, se encontraba un pequeño cadalso levantado con troncos y relleno de hierba seca, de él sobresalía una larga estaca en la que se encontraba una figura maniatada. 
- ¿Admites entonces tus pecados? - Inquiría el Apóstol Perfecto Ashel Soldras al prisionero, un elfo de sangre de piel bronceada y cabello castaño claro.
- Sí, sois unos cerdos. Soy un leal soldado del Jefe de Guerra. Me enorgullezco de haber combatido en Kalimdor junto a mis camaradas trols y orcos. Lok'tar ogar. - Respondió el interpelado con los ojos rabiosos.
- ¿Crees en Belore? - Continuó el religioso preguntando.
- No. Creo en mí mismo y en el filo de mi hacha. - Contestó el thalassiano miembro de la Horda.
- Muy bien, muy bien. Así que no solamente reconoces tu apostasía y tu trato degradante con nuestros esclavistas, sino que encima te enorgulleces de eso.  Es más que fehaciente que sufres de una corrupción provocada por el contacto con esos monstruos. Lamentablemente para ti, la única solución para que tu alma tenga un mínimo de probabilidades de salvarse es purificándote en vida. - Dijo en voz alta el sacerdote, en un tono plano, que no denotaba ninguna emoción, ni alegría ni odio. - No sabes cuánto me duele cuando es un Hijo del Sol desagradecido el que reniega de su padre.

El resto de Los Santos vestían togas radiantemente blancas, que brillaban con tonos anaranjados por el resplandor de las antorchas que cada uno sostenía en posición ceremonial.
- En nombre de Belore, de la Dinastía Legítima y de la Verdadera Quel'Thalas, yo te sentencio a morir por el fuego. Morirás como el orco que eres, y si el Sol Eterno lo quiere, renacerás como un perdonado hijo suyo. De lo contrario, te aguarda la oscuridad que no tiene fin, la inexistencia. - Dictaminó el Apóstol. - Santos, Puros. Que la llama lo consuma. - Tras la orden, los togados descendieron sus antorchas hasta que las primeras llamas lamieron la madera y la yesca, que prendió con un rápido fogonazo. Una cortina de humo ascendió en espirales mientras la temperatura aumentaba vertiginosamente.
- ¡Por la Horda! ¡Por Garrosh! - Gritó desesperado el apóstata, empapado en sudor, hasta que sus aclamaciones dieron lugar a espantosos chillidos de dolor y sacudidas contra la estaca. Los Santos lo contemplaban con miradas ausentes, algunos con rostros de dolor y tristeza en el corazón por tener que acabar con un hermano de raza extraviado.

Finalmente, el cadáver del hordizante cayó calcinado, desgajándose en montoncitos de ceniza junto al pequeño escenario en el que se hallaba. Cuando la llamarada acabó por consumirse en la pira de purificación, el Apóstol Perfecto se prosignó ante ella y levantó una plegaria por el alma del purgado. Después de dos meses de lucha contra la Regencia Intrusa, era el primer sin'dorei con el que se habían visto obligados a acabar. Le habían ofrecido el perdón, la oportunidad de arrepentirse, pero no la aceptó.
- No logro entender cómo alguien puede traicionar de este modo a sus antepasados ni a su tradición. - Decía Taldemar mientras recogía las cenizas.
- Ni yo. A mi hermana la asesinaron los trols y a mi padre los orcos durante la Segunda Guerra, cuando quemaron los bosques de la frontera sur. Y a mí me... - La mujer que se cubría con la máscara dorada ahogó las palabras que se negaban a salir de sus labios.
- He oído lo que te hicieron. No tienes por qué repetirlo. Belore te devolverá el rostro en la vida futura. Todos los defectos serán corregidos. - El corpulento elfo rubio la tomó de la mano y le dedicó una tierna sonrisa, que hizo estremecerse a la mujer, aunque permaneció en silencio.
- Sabéis que todos hemos sufrido por la culpa de estos monstruos. Por mucho que diga un falso Regente, no vamos a permitir que nos dominen aquellos que son culpables de nuestra desolación. Quel'Thalas murió junto a Anasterian, lo que queda hoy es un espejismo profano e impuro. Es la Anti-Patria. Nuestro verdadero hogar, en el que siempre viviremos, no está en este mundo. - Añadió otro thalassiano ataviado de blanco. Era uno de los guardias que había ayudado a Taldemar a fugarse antes de que lo capturasen.
- Sí, es cierto lo que dices, Milfarion, pero muchos todavía creemos posible la restauración de nuestro reino terrenal. - Contestó la Santa Esmeldis dejando escapar un suspiro.
- Yo también. Pero no me preocupa si lo conseguimos o no. Nuestra causa es eterna, luchemos donde luchemos. Lo hacemos por Belore y por su delegado en la Patria, el Rey del Sol. Allá donde ambos estén, eso será Quel'Thalas. Lo único que queda de ella, es este campamento. Más allá de él, solo queda tierra profana, baldía, apóstata. Como ese traidor vendepatrias que hemos asado. - El guardián escupió sobre las cenizas a medio recoger y se dio la vuelta, volviendo a su tienda.

Los Santos Taldemar y Esmeldis se sentaron en actitud recogida en lo alto del Reducto, esperando deleitarse con aquellos hermosos amaneceres que disipaban las tinieblas de la noche.
- Me pregunto cómo estará mi familia. Temo que los regentistas les hayan hecho algo. - Murmuró con una nota de preocupación el hombre.
- Eres un Elegido, la protección de Belore se extiende a tu familia, estarán todos bien. - Trató ella de aliviarle. Él asintió con un suave cabeceo y se fijó en el recorrido del carro solar anunciando la aurora. La visión de uno de los miles de millones con los que Belore iluminaba el universo le hizo sentir un brillo de esperanza en su interior y entonces recordó las palabras:
- Tienes razón, hermana. "Al final todo será como debe ser".

El último vuelo del Fénix: Santos - Vindar

 Vindar - Por Brahmin

Altísimo Belore Emperador, a Tus filas encomiendo mi alma en esta noche de sacra voluntad.

La suma de toda mi vida de sacerdocio jamás podrá igualar en mi espíritu a aquello que en una sola noche me has concedido en Tu infinita Gracia y, por lo tanto, superado todo mi conocimiento, me limito a arrojarme al cumplimiento de Tu Voluntad.

Yo, Vindar Ruedasolar, sacerdote de la Verdadera Iglesia del Verdadero Reino, hago constar que he nacido de nuevo en la virtud y la responsabilidad de preparar la tierra para el retorno de Su Reino absoluto. Como tal lo he declarado, y por tal causa fui apresado tras la sagrada misa de la declaración pública. Dentro de la total tiniebla que oscurece nuestra Patria, encerrado en muros de piedra y traición, fui sostenido por la luz del Altísimo Belore Emperador, trascendido en la soledad espiritual, y engrandecido a Sus ojos cuando me hizo entrega del Destino al prender Su gracia en los corazones de aquellos guardias que cumplieron el cometido de liberarme junto a otro de sus Hijos.

Puesto en clandestinidad por leyes ilegítimas regentistas pero en suprema libertad por Él y para Él, me separé de aquellos Santos que me sacaron de prisión. Vagué en soledad por los antiguos bosques de la Patria y encontré cobijo eremita en lo más profundo de su interior. En oración asceta y austero ayuno supe confirmado el deseo del Gran Belore Único para con mi vida: Su llegada sería cercana y hoy nuestro reino no es digno de Él, debía yo entonces marcar mis esfuerzos por la sagrada lucha de renacimiento espiritual y nacional para nuestra Patria. Belore lo ha grabado a fuego en mi alma y en mi interior arde con fuerza su Voluntad de Hierro. Debía volver al campamento junto a sus Santos y el Apóstol Perfecto para sumarme al Filo de la Justicia Venidera.

Recorro el camino de vuelta que me lleva a la pureza primigenia. Avanzo por los bosques que aguardan en silencio marcial el próximo amanecer y contienen su respiración bajo las estrellas temblorosas ante el poder del Sol Eterno. Porque los tambores del Atlítismo empiezan a sonar para quien sabe y puede escucharles. Porque cuando estos retumban las leyes callan, y nuestro pueblo debe y va a escucharlos con el estremecimiento de la Fe los dignos y del miedo los indignos.

En medio de la más negra noche rompe el cielo en Luz y calor, iluminando los corazones de quienes aguardamos Su llegada. Quien lo ve se asombra al no ser hora de amanecer, pero en lo más profundo de su alma sabe que Belore puede alumbrar el día cuando así lo estime a cualquier hora de la noche; y aquella claridad imperial es Su declaración de omnipotencia. Me arrodillo y elevo mis oraciones.

El fuego de las piras ha amanecido en la noche y mis hermanos me esperan antorcha y espada en mano para que completemos la Magna Obra. Si el Gran Belore, Centro del Universo, así lo dispone, así lo haremos. La noche terminará, y el día llegará en plenas horas negras de la mano del fuego en el que se consumen los paganos, herejes y traidores. Porque sobre sus cenizas renacerá la Gloria del creyente, al igual que sobre la sangre y las ruinas del reino usurpado resucitará el Sacro Imperio Beloriano Thalassiano que se proyectará hacia la Eternidad. Y nosotros, la Comunión de los Santos, seremos su arma más afilada.

No siendo amenaza sino declaración de Santa Guerra y Cruzada contra el mal.
Sea.

Vindar Ruedasolar.
Apóstol Perfecto de la Orden y Comunión de los Santos de Belore Emperador.
                               

El último vuelo del Fénix: Los Santos - Taldemar

En el desfiladero de la Santidad - Por Táldemar

- Mil veces bendito sea su nombre. Él, Sol Eterno que insufló la Luz en la nada y la llenó de vida. Motor y conservador de la Creación, nos hizo su culmen, su Gran Obra Maestra. Y entre los Hijos del Sol, sabeos los Elegidos de Él. Nosotros, somos los Puros. Santos en vida que consagramos cada instante de nuestra existencia a la subliminación del Plan Maestro de Belore. Levantaos, Primados de la Verdad, Luz que nunca muere. Esta noche, la purga contra los anatemas nos reclama. - proclamaba el capellán del grupo contrarrevolucionario denominado Los Santos, de espaldas a estos, mientras sus ojos se clavaban en una pequeña estatua que simbolizaba a Belore en forma élfica.

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Las estrellas brillaban con un tono asfixiado, como si la niebla grisácea que nacía de los hongos de las Tierras Fantasma apagase su fulgor. La noche estaba en calma, tan sólo se escuchaban los sonidos metálicos de las armaduras de placas negras con volutas carmesíes de los guerreros y caballeros de sangre, mientras los pliegues de las togas de magísteres y
sacerdotes murmuraban melodías fúnebres. Tras horas de dificultoso ascenso, aquellos a los que la Regencia tildaba de bandidos y rebeldes extremistas se habían posicionado sobre un terraplén en mitad del Desfiladero Thalassiano; apenas respiraban, permaneciendo en total quietud, aguardando el momento.
- Vienen los antinatura. - anunció un forestal de espantosa delgadez, cuyo rostro estaba salpicado de pequeñas cicatrices, pese al vano intento de ocultarlas con su cabello pelirrojo.
- Santo Nacámbar, Santa Esmeldis, rodeen a su portaestandarte. Santo Hadros, preparad a los magíster para el bombardeo. Santo Filosol, bajen por la ladera y colóquense detrás de su formación. - El capellán, Ashel Soldras, cerebro de la operación y de la organización, repartía las órdenes en un tono enérgico, imperioso. Cualquiera hubiera dicho que en lugar de un sacerdote de baja casta, era un general experimentado. Tanta impresón causaba, que hasta veteranos bajo su mando lo obedecían sin chistar. El religioso se asimilaba a esas estatuas pías de mártires de época quel'dorei, en la que fueron expulsados por los elfos de la noche, hacía más de diez milenios. Llevaba el pelo a la altura de la cintura, del color de la plata bruñida, liso y escaso. La delgadez que se entreveía en su carne mostraba unos pómulos afilados  y enjuntos, que servían de altar a unos brillantes ojos azules pe-netrantes. Nunca había tomado cristales de magia vil, y nadie sabía con certeza cómo podía haber aguantado a la adicción. Él decía que su sustento era la Luz, y no la sangre de los demonios.

- ¡Viva Belore Emperador! ¡Segunda Muerte al antinatura! - Rugieron Los Santos como una sola entidad mientras descendían  raudos como un viento furioso. Los renegados, unos treinta soldados de infantería ligera que se movían a pie, excepto su capataz, que marchaba a lomos de un caballo esquelético, se detuvieron en seco.
- "Y Belore arrojará al Fuego Eterno al impío, al apóstata y al anatema. Aquellos que rompen su ley son sus enemigos. No habrá misericordia para ellos. No habrá otro destino salvo la liquidación sempiterna." - Entonó en una salmodia que rasgó el éxtasis el capellán Soldras desde lo alto de su posición estratégica. Los no-muertos vertían miradas cargadas
de pavor en derredor, tratando de localizar su posición. El salmo sagrado causó un eco entre las paredes montañosas del Desfiladero Thalassiano que magnificó el timbre de su voz. Y finalmente, se hizo la luz.

Una luminaria más brillante que cualquier fuego emanó de las manos del religioso y prendió en los podridos huesos del abanderado renegado, que comenzó a aullar de dolor y a patalear el suelo en espamos de agonía. A los pocos instantes la negrura se apoderó de él, y dejó de moverse. El resto de su compañía militar se agrupó en la formación de erizo e interpusieron una muralla de escudos en forma de calavera ante los elfos, que se aproximaban hacia ellos lentamente, como un verdugo que saborea el cuello de su víctima antes de cercenarlo.
- ¡Sea el fuego el elemento purificador! - Volvió a exclamar el sacerdote, dirigiéndose a los dos magísteres que preparaban un conjuro de lluvia de fuego que rompió el bloque defensivo de los soldados de Sylvanas en una vorágine crematoria que iluminó la noche en una llama purificadora. Aprovechando la desbandada de los renegados, los caballeros de sangre y guerreros cargaron contra ellos y los despedazaron mediante Luz y acero. Ninguno consiguió escapar.
- Que la purga del anatema sea el camino de la Salvación de vuestras almas. Vuestra Santidad ha sellado su resolución en la extinción de estos antinatura. Belore está satisfecho. - Dijo el capellán mientras dedicaba miradas ausentes a los cuerpos abrasados y devastados de los sylvanitas. - Hoy la Patria dormirá tranquila.
- Venerable, ¿qué hacemos con este? - Preguntó una Dama de Sangre que tenía el rostro cubierto por una máscara dorada de gesto impertérrito, vacío de expresividad.
- Santa Esmeldis, me alegra que me lo preguntéis... - El sacerdote clavó sus ojos llameantes en un agonizante renegado que boqueaba patéticamente los últimos estertores de no-vida que se le escapaban poco a poco y le dedicó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

Tras despuntar el alba, una patrulla de forestales en misión de reconocimiento encontraron parte del pavimento del camino del Desfiladero carbonizado con restos de miasma rojizo desperdigado en varios metros a la redonda. Uno de ellos, seguramente un aprendiz todavía, encontró trozos de tela en los que logró distinguir símbolos del blasón de la Dama Oscura.
- ¿Habéis visto eso? - Le despertó de su ensimismamiento el murmuro de sus compañeros de armas.
- ¿El qué? - Inquirió el joven thalassiano en tono curioso. Sus compañeros apuntaron con el dedo a la gran arcada natural de piedra que formaba la entrada natural a Quel'Thalas desde la antigua Lordaeron. De ella pendía el cadáver de un renegado que tenía colgado un letrero que decía en Thalassiano: Purgado.
                               

sábado, 8 de septiembre de 2012

El último vuelo del Fénix: Kyashar I

Secretos - Por Kyashar

– Aelion Sin'Thael.

Una leve sonrisa en sus labios.

– El Capitán – susurró.


¿Hm?

Es la perfecta definición.

Entiendo que no sea suficiente para vosotros, pero no le preguntas a una piedra qué le ha llevado a ser una piedra. Lo es. Y él es el Capitán.

Patria, raza y fidelidad, ¿recordáis? Tres palabras. Los valores de Quel''thalas.

Los tiene grabado a fuego en su alma.

Y por ello os matará.

...

No, no es una amenaza. Una verdad.

Dos o tres moriréis antes de derribarlo.

¿Qué esperabais? ¿Rendición?

Rendirse conlleva fracaso, y nuestra raza ya ha fracasado demasiadas veces.

El exilio, la travesía, la Brecha, El Ojo... No habrá una más.

Muerte y paz antes que otro fracaso.  Y no será algo difícil de conseguir. Buen manejo de la espada. Táctico, experimentado, pero lento y envejecido. No hablemos de su discapacidad. Nunca un ojo ha visto mejor que dos.

Seguramente lo queríais vivo.

Una pena.

¿Qué le queda a alguien cuando le arrebatas aquello por lo que ha luchado toda su vida?

Ah, sí... la familia. Lo que sobrevive de ella.

Es duro perder a tu ser más querido, aquel con quien has jurado permanecer el resto de tu existencia.

Sería igual de duro perder también los frutos de aquella relación.

Usadlos.

Es vuestra única opción.

El corazón, motor de la pasión. A veces consigue nublarte la mente.

Amenazadlo.

La vida de sus hijos por entregarse. Eso le hará olvidar la orden.

Sus principios...

Por supuesto, querido, para eso tendríais que anticiparos... por ello estoy aquí, ¿recuerdas?

Si no quieres que dejen el Reino antes de atraparlos, lo mejor será que os pongáis en marcha.

¿Que faltan dos días para el edicto?  ¿Que tenéis las manos atadas? ¿En qué momento exacto habéis dejado de apresar gente sin motivo alguno por el bien de Quel'thalas?  



Y con esta ya son cincuenta las veces que amenazan con cortarme la lengua de víbora.

Bien.

¿Queréis un motivo?

Este motivo tiene forma de pequeña caja de madera. Una caja escondida en la hacienda del hogar de mi querido Capitán.

La Regencia no vería con buenos ojos lo que guarda su interior.

Requisadla.

Apresad a sus hijos.

Y así le tendréis.

¿Algo más...?

El último vuelo del Fénix: Ava'niel Bel'anare


Diez: Por Tejesol


La noche en Lunargenta era tranquila, una de tantas para el Magíster Ado’ann, que como tantas otras veladas se encontraba repasando sus estudios sobre astromagia. Una sirvienta se presentó con la cabeza agachada en su estancia.

— ¿Sí? — El magíster no alzó la mirada de su pergamino, sujetándose la frente con una mano por el cansancio que suponía absorber en cuestión de un mes lo que los magísteres de Kael tuvieron años para aprender en las instalaciones del Ojo.

—La Magíster Bel’anare desea veros. Dice que es urgente, mi señor. — La sirvienta hizo una reverencia y se retiró cuando Ado’ann ordenó que la hicieran pasar.

La figura de la astromante se alzaba orgullosa e imponente frente a él. Al magíster siempre le había infundido respeto aquella mujer. Su cojera y su aspecto demacrado y frágil eran solo un engaño. En las demostraciones prácticas de conjuración había visto con sus propios ojos como rasgaba el tejido de realidad para invocar hechizos con los que él solo había soñado. 

—Magíster Bel’anare. — El hombre se puso en pie y se dirigió hacia ella, haciendo una reverencia al llegar. La miró a los ojos al alzarse y se percató de una mirada que nunca había visto en ella. A pesar de su pasión por la magia, nunca les había enseñado como si fuesen sus alumnos. Él no era ningún estúpido, al fin y al cabo había sido elegido para ser uno de sus diez aprendices. Sabía que en el fondo, tras capas de protocolos y buenos modales, la astromaga despreciaba con cada pizca de su ser tener que compartir los conocimientos que poseía con aquellos que habían matado a su príncipe. Por un momento pensó que aquello había cambiado y la mujer había encontrado algo en él que le hacía un alumno digno de aquél conocimiento. Sonrió levemente ante la idea.

—Ado’ann. — Empezó a decir, mientras caminaba apoyada sobre su bastón hasta la ventana que daba las calles cercanas a la Corte del Sol. — Siempre has sido mi alumno favorito entre toda ese hatajo de traidores que se hacen llamar magísteres.

—Maestra… No creo que debiera llamarles así. Sé que tenéis diferencias…

— ¿Diferencias? — Le cortó la astromaga, alzando la voz. Él creyó que el cristal a través del que observaba la calle estallaría. — Un Lince y un Trol son diferentes. A ellos y a mí nos separa un mundo. 

—Disculpe, no era mi intención ofenderla. — Se apresuró a rectificar el joven mago. Ella suspiró, de algún modo arrepentida por su arrebato.

—Lo sé. Acércate, tengo algo que decirte. — Le miró de reojo, sonriendo de medio lado. Él asintió y se acercó, cauteloso y curioso en cantidades idénticas.

—Os he hablado ya de las dos grandes mentes de la Astromagia. Capernian y Solarian. Pero no sobre mi relación con ellas. Yo pasé mucho tiempo asistiendo a las enseñanzas de Solarian, aprendiendo de sus estudios del vacío. 

La miró con extrañeza, preguntándose a dónde quería llegar y escuchó en silencio. Tras haber presenciado sus lecciones sabía que interrumpirla era muy mala idea. 

— ¿Sabes cuál es el mayor problema de mirar hacia el vacío? — Preguntó ella, alzando la vista al cielo.

—No, Maestra. ¿Cuál?

—Que te devuelve la mirada. —El tono de la Magíster inquietó al aprendiz, pero siguió escuchando. — La astromagia es un arte tan poderoso como volátil, y solo unos pocos pueden y merecen poseerlo. La regencia no lo comprende y ha colocado a diez magísteres bajo mi tutelaje, que a su vez tendrán a saber cuántos intentos de magos ignorantes sobre lo que un día fue su glorioso Reino.

—Es cierto que soy incapaz de comprender hasta qué punto fue dolorosa su pérdida, yo solo estuve aquí e hice lo que consideré apropiado para el pueblo dentro de mi alcance. No conocí la guerra. 

Ava’niel sonrió con un ápice de tristeza. Él la observó y comprendió que estaba en peligro. Su cuerpo se tensó y sus labios se prepararon para conjurar.

—Para bien o para mal, ojalá la hubieses conocido. — Las palabras de la Astromaga helaron la sangre del magíster. Aunque detectó la tristeza con la que las había pronunciado, no pudo evitar sentir como un ataque de rabia súbita se apoderaba de él. Su instinto de supervivencia gritaba que atacase antes de que fuese demasiado tarde, pero la mezcla de respeto, temor e incertidumbre sobre los acontecimientos que iban a suceder, se lo impidió.

Sin tiempo para reaccionar sobre lo ocurrido, la magíster alzó su mano izquierda, envuelta de repente en algo que jamás había visto. No era negro, ni azul ni violeta, sencillamente, su mano absorbía la luz. Sintió como perdía el equilibrio y empezó a levitar. Toda la estancia perdió la gravedad. Intentó conjurar pero los labios de Ava’niel se movían con presteza, inhabilitando sus hechizos. 

— ¿Por qué? — Alcanzó a gritar, iracundo por no conocer la situación.

—Eres mi alumno favorito. No debo flaquear, Ado’ann. Tu muerte alimentará mi odio hacia los demás, y solo así podré cumplir mi objetivo. — Las palabras de la astromaga iban cargadas de tristeza así como de una convicción llameante. 

—Que los mil Soles te guíen en el más allá, joven. — La mujer golpeó con su bastón en el suelo y una oleada de energía oscura recorrió el cuerpo del muchacho, haciendo que se desvaneciese partícula a partícula en una humareda negra. 

Volvió sobre sus pasos, observando el lugar donde hacía escasos segundos se encontraba el muchacho suspendido en el aire. Cerró los ojos durante unos instantes, aferrándose a su amuleto. Cuando los abrió, un destello ámbar refulgía sobre ellos, como una neblina de ardor espiritual.
La habitación siguió retorciéndose, encontrando nuevos puntos de gravedad más y más pesados a medida que pasaba el tiempo, las paredes se doblaban sobre sí mismas y se resquebrajaban, los muebles se partían en el aire, cada parte buscando su forma de alcanzar ese nuevo punto que tiraba de ellos. Al abrir la puerta de la estancia, Ava’niel volvió a golpear su bastón contra el suelo, haciendo que la sirviente que esperaba fuera se desintegrase en otra humareda de color ónice. 

A medida que la Astromaga caminaba hacia la salida, el pozo de gravedad la seguía, tirando de todo lo que la rodeaba en la casa y dejando no más que un caos de enseres personales destrozados y vigas que escapaban de las paredes, crujiendo y rompiéndose al alcanzar la gravedad. Cuando alcanzó la puerta, miró de nuevo hacia atrás. Apretó la mandíbula y se encorvó, aferrándose a su bastón.

—Selama ashal’anore. — Sentenció, mientras el pozo devoraba todo lo que daba vida a aquél hogar.
Una runa de color azulado apareció bajo ella y su cuerpo se desmaterializó del lugar del asesinato, dejando atrás una burla de lo que fue la casa, una estancia en ruinas de tapicerías arrancadas, paredes combadas y cristaleras rotas.

El último vuelo del Fénix: Kyashar II

Fénix - Primera parte. Por Kyashar

La sin'dorei dibujó una sonrisa en los labios, apoyada en el arco de la ventana que mostraba el exterior, las calles de Lunargenta. Alborotadores y borrachos gritaban consignas en contra de la Regencia y su política mientras caminaban calle arriba en dirección a la Aguja, formando una pequeña procesión a la que se iban sumando unos pocos ciudadanos de a pie, quizá embriagados por la novedad del asunto.

– Precioso – musitó, dándose media vuelta y contemplando el pequeño despacho que le habían otorgado tras su inestimable ayuda al Reino –. Realmente precioso.

Sin perder la sonrisa se dirigió a la mesa llena de pergaminos, sentándose sobre ella tras apartar a un lado algunos documentos sin relevancia que le habían encargado revisar. Con gesto ausente llevó una mano al bolsillo derecho de su pantalón y sacó una pequeña pastilla cristalina, llevándola a la altura de sus ojos mientras la sostenía entre el dedo índice y el pulgar. En el interior del comprimido un liquido de color azulado tintineaba con el movimiento de su propio pulso y la elfa comenzó a juguetear con el pequeño objeto, dándole vueltas en su mano y pasándoselo entre los distintos dedos, ensimismada, sin poder apartar la mirada del líquido que se mecía a un lado y a otro en su prisión. Con un lento suspiro, Kyashar guardó la pastilla de nuevo en el pantalón y se alisó el tabardo, donde una brillante insignia con el distintivo de Lunargenta adornaba su pecho. No tenía nada mejor que hacer que esperar a que la llamaran, que ocurrió en pocos minutos.

...

– Taldemar Nacámbar – inquirió la voz, lacónica.

– Un loco.

Silencio.

– ¿Qué? Es un demente Un demente peligroso. Él y sus amigos, son todos iguales. Ya os he avisado de los problemas que pueden acarrearos. ¿Qué más necesitas? ¿Una localización que ya os he proporcionado hace unos días? ¿Cuántas veces más vamos a hacer esto, Deremyl?

El sin'dorei no respondió, anotando algo en la vitela con su pluma negra. Al terminar alzó la vista y volvió a preguntar con el mismo tono cansado.

– Kelnorz Zaknafein.

Kyashar rió.

– ¿En serio?

Otro silencio.

– Kelnorz Zaknafein.

– Paradero desconocido.

Deremyl alzó la vista de su papiro, mirando a la elfa con los ojos entrecerrados. Su misma mirada de siempre.

– Sí, eso es todo. Desconozco dónde está.

La sala se sumió de nuevo en el silencio, roto únicamente por el sonido de la pluma al escribir unas cortas líneas.

– Kyashar Gyrael.

Ella volvió a reír ligeramente sin abrir la boca.

– Salvadora del Reino. Azote de los Desdichados. Sol Brillante de Quel'thalas. Gloria Eterna de los Bosques, Loto de Fuego, Flor Magnificente del Norte, Poema Sangriento de los hijos de la Sangre...

– Gyrael, basta – suspiró Deremyl, dejando de escribir y separando la pluma del pergamino –. Deje las tonterías para otro momento, aunque sospecho que eso es imposible. Tenemos un asunto importante entre manos, y sus continuas faltas no hacen más que empeorar el proceso a la Guardia Thalassiana.

La sin'dorei sonrió con burla, devolviendo la mirada al escriba de cabello oscuro y aspecto enfermizo.

– ¿Empeorar el proceso? ¿Qué proceso, Deremyl? Estaría encantada de escucharlo de tus propios labios, de que me ilumines, pues hasta donde yo sé, no hay ningún proceso. ¿Qué más necesitáis saber? ¿Qué más hace falta para que empecéis a tomar cartas en el asunto? ¿Una chispa? ¿Una intervención divina? – la elfa ladeó la cabeza hacia su derecha, paseando la vista por la sala y mirando a los soldados armados –. Lo sabéis todo. Sus faltas, sus motivaciones, sus errores, sus excesos, sus debilidades, y hasta el momento no he visto ningún movimiento ni orden para apresarlos por traición al Reino. Os limitáis a esperar, como ovejas, mientras todo se mueve a vuestro alrededor y se os escapa entre los dedos.

El silencio se adueño de la pequeña sala perfumada; apenas durante cinco segundos, encontrándose Kyashar dentro de ella.

– Por cierto, tenéis un bonito grupo de alborotadores agitando las calles de la ciudad mientras seguís mirando.

Deremyl seguía todavía en la misma posición cuando la sin'dorei terminó de hablar. Su rostro no reflejaba emoción alguna, ni siquiera hastío. Juntó las yemas de los dedos de ambas manos despacio y se humedeció el labio antes de responder.

– La justicia Thalassiana se toma su tiempo antes de deliberar, agente Gyrael. No podemos lanzarnos sin conocer antes cada uno de los detalles, por ínfimos que sean. Debemos prepararnos y juzgar qué es lo mejor. Pero no se preocupe en demasía, nos hemos tomado muy en serio los informes sobre la Magistris Belanare y antes de que caiga el sol estará apresada y en disposición de ser juzgada por las atrocidades cometidas en el pasado y presente – el elfo se detuvo para observar con gesto cansado cómo Kyashar sonreía ligeramente–. ¿Qué le hace tanta gracia, Agente?

– Que hayan tenido que morir diez pobres magisteres antes de que hayáis decidido hacer nada. Os puse en aviso con el octavo de ellos y pese a todo dejasteis que fuera a por sus dos últimos aprendices. No creo que haga falta decir que seguramente ambos os agradecen vuestra presteza en el lugar en que se encuentren.

Deremyl se limitó a aguantar la vista impertérrito, humedeciéndose los labios resecos otra vez más.

– Agradecemos su inestimable ayuda al Reino, Gyrael, y sentimos la perdida de esos prometedores Magisteres que tanta ayuda habrían otorgado a Quel'thalas – el elfo guardó silencio unos segundos, separando las yemas de los dedos para volver a recoger su pluma –. Pese a todo, anclarse en el pasado y no ver el futuro es un error que únicamente lleva al fracaso y la condena, como sus antiguos compañeros ya sabrán. Otros prometedores jóvenes ocuparán el lugar de nuestros recién fallecidos magisteres y el curso volverá a su cauce. En cuanto a la magistris Belanare, no se preocupe más por ella. Sabemos lo que tenemos que hacer. Es peligrosa, pero nuestros rompehechizos y  miembros de la guardia arcana no serán rival para alguien tan debil. No escatimaremos en esfuerzos aún así, y como bien nos ha sugerido, llevaremos a nuestros mejores hombres.

El sin'dorei comenzó a limpiar su pluma con un paño de tela que luego desechó a la basura antes de colocar el objeto con sumo cuidado en una caja de madera oscura.

– Me temo que debo despedirla por hoy, Gyrael. Mañana continuaremos, y recuerde que tiene una cita en dos horas con el excelentísimo magíster Sadrael.

– Nunca podría olvidarme de mi queridísimo Sadrael, Deremyl. Gracias a él me encuentro donde me encuentro.

...

Apenas minutos más tarde Kyashar se encontraba otra vez en su despacho, sentada en el alfeizar de la ventana con las piernas colgando en el exterior. Sus dedos sostenían de nuevo la pequeña pastilla y sus ojos permanecían fijos en el movimiento del líquido aprisionado, de manera hipnótica. De las calles de Lunargenta todavía llegaban vítores. abucheos y proclamas; el mismo ambiente desde hace unas semanas con la única diferencia de que hoy hacían más ruido del normal.

En un momento inexacto para ella, las consignas se convirtieron de repente en gritos de guerra y de desafío hacia las autoridades. Tras unos segundos el roce de metal chocando entre si y más gritos inundaron la tarde en ciudad. Kyashar guardó el comprimido en el bolsillo y asomó la cabeza a través del arco de su ventana. A lo lejos, un grupo de agitadores y la Guardia Real combatían en las afueras de la Aguja de Sol.

La sin'dorei bajó de la ventana hacia el interior de la sala mascullando entre dientes mientras buscaba sus utensilios y armas cuando un joven abrió la puerta puerta. Sudaba y resollaba como quien acaba de correr a toda prisa.

– Lo sé, querido, he escuchado los gritos fuera.

El elfo negó con la mano efusivamente, todavía sin aliento para poder hablar. Kyashar alzó una ceja de manera inquisitiva mientras aguardaba.

– Él... – inspiró por la nariz –. El excelentísimo magister Sadrael te hace llamar.

– Todavía quedan noventa minutos para nuestra reunión.

– No... no es eso – el sin'dorei apoyó las manos en las rodillas, encorvado, cogiendo aire –. Han irrumpido en la Aguja de Sol. Un grupo armado con el símbolo de un fénix bicéfalo. Han... han secuestrado al Regente.

Kyashar ladeó la cabeza.

Cerró los ojos.

Y finalmente suspiró. Con fastidio.

– Serán estúpidos

Continuará...