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domingo, 16 de septiembre de 2012

El último vuelo del Fénix: Kyashar III

Fénix II- Por Kyashar


Más de cien soldados armados.

¿Es que no veían que eran demasiados? Los suficientes para estorbarse unos a otros en un espacio tan reducido como lo era la Aguja del Sol. Con toda seguridad no sabrían ni a quién atacar cuando el escudo se rompiera.


La veintena de magisters no era mucho mejor. Estos también se confundían, pero con palabras. Cada uno creía tener un plan infalible y rechazaban las ideas de los demás como si fueran moscas que revoloteaban a su alrededor. Nadie dijo que colaborar en tiempos de crisis fuera lo adecuado en Quel'thalas, aún cuando la vida del Regente corría peligro.


Finalmente, el grupo de renegados, trols, orcos y sin'doreis.

¿Qué decir? Como ir al bazar y comprar prendas de diferentes colores que luego intentarías conjuntar en el calor de tu hogar. La única diferencia es que no se reían de ti si formabas parte del llamado Consejo de Crisis.


Escaparon, como no. Conjurar un escudo antimagia para evitar portales de huída está anticuado.
Y todo el mundo sabe que la energía abisagón no es volátil.
Por no hablar de que perseguir y asegurar de la seguridad del Regente es un tema muy sobrevalorado.
No os preocupéis, dijeron. Los encontraremos, en Tierras de la Peste.

Kyashar sonrió mientras despejaban la Aguja.
Habían escapado.
Como no.


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El Gran Magíster Sadrael tenía varios defectos, pero la soberbia no era uno de ellos. Tras siglos sirviendo al Reino había convertido su altanería en una virtud con la que ayudarse a conseguir sus objetivos, por nimios que fueran: si le apetecía disfrutar de huevos de basilisco con especias, sabría que tendría un plato preparado en unos pocos minutos. De igual manera, si quería destruir una orden de lo que siempre creyó insurrectos de la paz que gozaba, la destruía. Por diversión.


Opulencia era la palabra que se le venía a la mente a cada ciudadano cuando contemplaba la mansión que pertenecía al Magister, a las orillas del mar del Norte. No había ningún tipo de muro que marcara los límites de la propiedad, pero no era necesario: uno no obtiene poder y riquezas si luego no puede mostrarse al mundo exterior. Y eso era lo que hacía, enseñar al pueblo quién era.

Dos pequeñas torres se elevaban a ambos lados del edificio principal de varias plantas, adornadas con emblemas de color rojizo y dorado que representaban el escudo de Quel'thalas. Otros edificios mucho más pequeños podían verse desperdigados por el resto de la finca. Algunos de ellos eran despachos privados y otros tantos laboratorios de alquimia o estudios para los magisteres tutelados por el propio Sadrael.

Todo muy bonito. Y aburrido, a ojos de la sin'dorei.

Habían pasado casi diez días desde el secuestro de la Aguja y como cada mañana Kyashar debía dirigirse a la mansión del Magister a ocuparse de sus asuntos e informes. La justa recompensa por su ayuda y lealtad hacia el Reino.
Guió sus pasos por el caminito de piedras que conducía a la entrada, saludó a los Guardias llevando la mano derecha a la frente y finalmente abrió la puerta del despacho de Deremyl. El escriba alzó la vista del papiro en el que garabateaba apenas un segundo, volviendo al instante a su labor.

– Cuenta la leyenda que una vez se incendió tu casa –comentó la sin'dorei mientras se sentaba en la silla vacía –. Te encontraron a las pocas horas, tras extinguir el fuego, en tu cuarto, todavía escribiendo. Lo primero que dijiste fue “¿Por qué me molestáis?”.

– Veo que os encontráis de buen humor hoy, agente – fue su lacónica respuesta.

– Como siempre, mi querido Deremyl. ¿Alguna noticia sobre la investigación?

– Continúan los interrogatorios. Hemos capturado a unos pocos insurgentes más y tras registrar sus propiedades pudimos encontrar pruebas de su colaboración con los traidores – el escriba mojó el dedo índice con su lengua y cogió una nueva vitela de la pila de papeles para continuar su tarea –. De nuevo le agradecemos su inestimable ayuda, Gyrael, pero no puedo quedarme felicitándola mucho más tiempo. Su excelencia desea verla cuanto antes.

– Nunca le haría esperar – respondió la elfa levantándose del asiento –. Deberías tomarte un descanso, Deremyl. Haré que te traigan una infusión.

El escriba ni respondió mientras su interlocutora salía por el arco de la puerta.


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El aposento privado del Gran Magister Sadrael estaba situado en lo más alto de una de las torres exteriores. Kyashar ya había estado allí en otras ocasiones, algunas de ellas de manera furtiva a altas horas de la noche. El sin'dorei había entrado en declive tras siglos de vida y trabajo, pero su vigor y pasión todavía seguían latentes. Y quien era ella para decir que no a una excelencia.
Entró sin llamar a la puerta y encontró a Sadrael de espaldas a ella, contemplando el mar tras la cristalera con una copa en la mano. Apenas llevaba un batín de tono blanquecino, ribeteado con bordados de oro y plata.

Ella carraspeó.

– Mi señor. Tenía entendido que me habíais hecho llamar.

– Ah, Gyrael – dijo sin darse la vuelta –. Así es. Ven, acércate. Contempla conmigo las maravillas de Quel'thalas.

La sin'dorei se acercó a él sin apenas hacer ruido con sus pisadas. Se colocó a su lado adoptando una postura formal mientras miraba hacia el exterior. El viento mecía las ramas de los árboles del patio exterior, cada uno con un color de hojas diferente al anterior. El mar conservaba la calma y los rayos de sol bañaban con un resplandor silencioso las numerosas estatuas que adornaban el jardín.

– El propio Belore ilumina y señala aquello que cree bello y merecedor de su gracia – comentó él degustando el contenido de su copa –. Hemos sufrido y perdido demasiado, pero todos esos años de penuria ya han terminado. Me habla en sueños. Aparece ante mi. Me concede visiones de un pueblo unido por fin, los hijos de la sangre, bajo un mismo estandarte, sin odios ni rencores. Mi idea sobre la disolución de esa orden profana queda reafirmada tras la traición cometida contra la Regencia. Era un tumor que rogaba por ser extirpado y así se ha hecho. Han escapado pero el propio Belore sabe que son pocos y débiles y que tarde o temprano acabarán siendo atrapados y ejecutados bajo el auspicio del Sol Eterno. El pueblo todavía desconoce lo realmente ocurrido aquel día, Gyrael. Es mi deber, como pastor, entregarles la verdad e instruir sus débiles mentes para que vean que solo existe un camino, el de la unidad. Hoy hablaré en público en la ciudad con un discurso y por eso te he hecho llamar. Quiero que estés allí conmigo y des testimonio de las atrocidades cometidas por esos bárbaros. Necesitamos que crean y que esto nunca más vuelva a pasar.

La sin'dorei asintió con un discreto cabeceo. Se disponía a hablar cuando surgieron gritos del exterior. Un grupo de diez soldados con tabardos negros y bordados dorados increpaban a los guardias que custodiaban la entrada a la propiedad en una discusión acalorada. Portaban armas y armadura pesada, pero desde lo alto de la torre no llegaba a escucharse con nitidez el motivo de la discusión. El Gran Magister arrugó la nariz con desdén mientras mascullaba.

– Seguro que vienen a pedir. No puedo ser el benefactor de nuestro Reino sin que venga alguien cada día en busca de mis riquezas. Son unos pobres desgraciados que creen que por venir en decenas van a conseguir intimidarme.

– En realidad son ciento veinte, excelencia.

Sadrael alzó una ceja sin darse la vuelta aún.

– ¿Cómo dices?

– Que son ciento veinte, Sadrael.

El frío tacto del acero atravesando su espalda fue como una caricia silenciosa. Apenas hubo dolor ni tiempo a reaccionar, solo sorpresa. Ahogó un grito y cayó de rodillas al suelo de la sala cuando ella retiró la daga con brusquedad de su interior. Intentó darse media vuelta para enfrentarse a ella y la miró con espanto. El batín comenzó a teñirse de rojo a medida que la sangre fluía de la herida mortal mientras Kyashar se limitaba a limpiar la hoja manchada con una cortina, tranquila.

– ¿Por qué? – musitó él intentando ponerse en pie.

La sin'dorei alzó la vista de su daga para mirarlo y sonrió con levedad.

– Esa pregunte tiene múltiples respuestas. Me gusta pensar que por un ideal. Deberías malgastar el poco aire que te queda sintiéndote orgulloso por ser la pieza final de este juego en vez de hablando.

Del exterior comenzaron a llegar los sonidos de armas desenvainando y el choque de espada contra espada. Los gritos se convirtieron pronto en consignas de batalla, al igual que había ocurrido hacía diez días en la masacre de los Santos. La alarma comenzó a extenderse a lo largo de la mansión donde hacía apenas unos segundos reinaba la paz. Sadrael tosió llevando la mano a la boca. Y chilló, con un hilo de voz.

– ¡Eres una zorra traidora!

– Creí que eso ya había quedado claro antes.

La elfa miró tendidamente al moribundo sin perder la sonrisa. Jugueteaba con la daga entre sus manos.

– Belore también me habla a mi en sueños. Me hace recordar el pasado, lo que somos y no debemos perder. Nuestros valores. El fénix, Magíster. Habéis cometido un error muy grave en esta vida mancillando el símbolo de los Caminante del Sol. Habéis olvidado lo que significa – la sin'dorei se acuclilló ante Sadrael, que había comenzado a temblar por la profunda herida y el efecto del veneno –. Es duro que te odien, pero me encanta el dramatismo. Podré soportar no volver a ver a mis compañeros. Podré soportar que nunca sepan la verdad tras todo. Incluso podré soportar que algún día me maten. Éste no es el último vuelo del fénix, Sadrael. El fénix siempre renace, aunque sea a través del odio.

– No sois... nada. Estáis acabados. Habrá justicia. Atraparemos a cada uno de vosotros y...
Kyashar chasqueó la lengua sin dejarle acabar la frase.

– Todavía no lo has entendido.

La asesina llevó la mano a su daga, cogiéndola por el mango de la misma con dos dedos y sosteniéndola ante los ojos del magister.

– ¿Lo entiendes ya? – sonrió y luego fingió un suspiro ante la falta de respuesta –. Factura
Arúspice. Veneno Arúspice. Una asesina Arúspice. Soldados Arúspice invadiendo tu propiedad. Ah, sí, esa mirada. Tu idea de unidad sin'dorei es una mentira. Agradezco que lo hayas entendido al final – dijo llevando una mano cerrada al corazón y saludando de la única forma que sabía –. Raza, patria y fidelidad, magister.

Tumbado en el suelo, mientras las luces a su alrededor se apagaban y su corazón dejaba de latir, el Gran Magister Sadrael pudo ver como la sin'dorei abandonaba la sala con paso decidido.
Cerró los ojos para morir pero sus oídos captaron las palabras de Kyashar gritando.

Ahora entendía todo.


Gloria a Voren'thal. Gloria para los Arúspices

domingo, 9 de septiembre de 2012

El último vuelo del Fénix: Dair'dan

Dair'dan: El precio de la venganza

Han tocado a mis hermanos, y de entre ellos han elegido a santos e inocentes. Kelnorz es solo es un escudero, un elfo joven e inexperto, con ansias por trabajar y cambiar las cosas, no sabe nada de la guerra, nunca se manchó con la sangre de sus hermanos y estos hijos de puta se lo han llevado. Tampoco lo hizo el Venerable Sin’Thael. Le han usado para herir al Capitán, saben que no tendrían probabilidades en un combate justo, por eso nos atacan a hurtadillas, golpean cobardemente, buscan a los inexpertos, se aprovechan de la compasión de un elegido de Belore. El Venerable descansa por fin en su hogar, le hemos encontrado, pero he visto de lo que son capaces y una desagradable sensación de derrota se apodera de mi cuando pienso en el escudero, en Kelnorz Zaknafein.

Querían que abandonáramos Quel’thalas, como si la amenaza anónima de unos perturbados fuera una razón de peso para ello. Seguimos cumpliendo nuestro deber, y ellos cumplieron sus amenazas, casi matan a Surinen, podrían haberlo hecho con el Venerable… y espero que no sea demasiado tarde para Kelnorz. Ahora tenemos a uno de ellos a nuestra disposición, encadenado y silencioso, tozudo y con un fuego peligroso en la mirada, entre la ira amarga y la convicción de los locos. Cree que lo merecían, cree que lo merecemos, y cree que ha ganado.

Kyashar está intentando hacerle hablar. Les observo con una inquietud creciente y el regusto áspero de la impaciencia en la boca. La espía nos ha estado ocultando mucha información que ahora usa en un intento de dañar la moral del prisionero. Al escucharla hablar comprendo cuales han sido las motivaciones de esta locura, son huérfanos de la guerra, hijos de desertores arúspices castigados con la muerte allá en Terrallende. No importa quien lo hiciera, yo mismo habría empuñado el arma ante un desertor, el deber no contempla la clemencia y por eso nos culpan a todos, aunque seguramente no conozcan el rostro de los soldados que dieron muerte a sus familiares. Quieren que nosotros les recordemos, aliviar su rabia y su dolor haciéndole pagar a alguien por eso que ellos ven como una injusticia.

Yo no sé lo que es tener un padre traidor, pero de haberlo tenido me avergonzaría de mi propia sangre.

…y esta sabandija no se avergüenza de nada. Se ha atrevido a mentar a mis padres, incluso a Valrant, demostrando que ha hurgado en nuestras vidas en busca de puntos débiles. Tomo aire y desvío la mirada, asintiendo cuando Vathiel pide permiso para continuar con el interrogatorio. No quiero acercarme a mirarle, a tocarle, si diera un solo paso hacia él ya no habrían más respuestas, le estrangularía hasta que dejase de respirar, pero necesito saber. No quiero un por qué, quiero un quien, un donde.

- ¿Cómo lo consigues? – Oigo a Kyashar como a través de un cristal fino, como si estuviera más lejos de lo que lo está en realidad -. ¿Piensas en ellos, te dan la fuerza necesaria para seguir?.


Fijo la mirada en el exterior. Hace horas que ha entrado la noche, no sé cuantas. Tras las vallas del templete los Mallorns agitan las hojas cuando se levanta la brisa desde el mar, trayendo un fuerte aroma a salitre y hierba húmeda que se cuela hasta la estancia circular. Intento abstraerme y no volver la mirada, pero le estoy escuchando ahogar los gritos y agitarse en las cadenas, aguantando sin decir una palabra. No sé qué demonios está haciendo Vathiel, pero a él también tengo ganas de golpearle, de apartarle.

- ¿Cuánto tiempo vas a querer hacernos la vida imposible?

La luna es apenas una sonrisa torcida en el cielo, pero el bosque está iluminado por las luminarias que brotan de las raíces de los árboles, es una noche hermosa, como todas, aunque en su seno algunos sufran. Kyashar sigue hablándole. No servirá de nada, no sé por qué dejó que Vathiel siga golpeándole. Si, si lo sé, se lo merece, se lo merece y no tiene nada que ver conmigo, yo debo cumplir con mi deber, averiguar cuánto daño han hecho. Por eso le dejo.

- Hablarás, como he dicho. Hoy, mañana, en una semana o un mes. Únicamente nos haces malgastar saliva.

Su grito suena amordazado. Me hace tensarme y apretar los dientes. Por un momento se me ha emborronado la vista, la voz de Kyashar se ha convertido en un murmullo, me ha provocado una nausea repentina. No debería estar aquí. Esto no me gusta, odio que me empujen a esto… pero se lo merece, es un asesino, es un monstruo. Les odio a ellos.

- Lo siento, Teniente – Vuelvo la mirada a Vathiel, que se ha plantado ante mi. Contengo las ganas de abofetearle y despacharle de malos modos-. Parece que no ha aguantado.

- Podéis retiraros.

- Creo que me quedaré, si no es molestia - La miro de soslayo. Kyashar sonríe. No entiendo como puede hacerlo, como nadie puede-. No es por desconfianza, no quiero que le pase nada. Pero esperaré fuera.

- Pues hágalo, espere fuera.

Ambos saludan y salen por uno de los arcos apuntados del Templete. Un silencio espeso se ha adueñado de la estancia, me da la sensación de tener los oídos taponados, zumbando. El elfo cuelga inconsciente de los grilletes, con media cara hinchada y morada por las atenciones de Vathiel. Me acercó a él y le levanto para apoyarle contra la pared, invocando a la luz con una orden rabiosa para que le devuelva la consciencia.

- Dame los nombres de los hombres a los que habéis matado. Mírame a la cara y dámelos- . No debería ahogárseme la voz, intento que la rabia quede enterrada, pero me hace contener la voz, la hace temblar. Él abre un ojo y me mira un momento, y luego pierde la mirada en la nada.

- Vamos a encontrar a tu hermana, hables o no, ya hemos enviado hombres a buscarla.

- ¿Entonces por qué preguntáis… ?-. Dice con un balbuceo dificultoso.

- Podrías ahorrarles problemas a otros si nos dices quien te ha ayudado. A tus compañeros en ese taller de inscripción, por ejemplo. A tu hermana.

- Todo lo que hagáis… quedará para vosotros y vuestras… conciencias… al igual que… todo lo que yo he hecho… queda para mi y la mía.

- Yo cumpliré con mi deber, y mi conciencia estará tranquila.

- Eso se llama… desvío de la responsabilidad…-. Le mantengo sujeto contra la pared con una mano en su pecho. Tose antes de continuar. Sigo sintiendo nauseas, y rabia, tengo que reprimirme-. Se usa en los interrogatorios… consiste en hacer creer a alguien… que la responsabilidad de… lo que ellos hagan a sus cómplices… es suya.

- Habéis matado a inocentes… habéis torturado a un hombre santo. Habéis atacado como alimañas cobardes a mis hermanos-. Le obligo a levantar la cabeza, agarrándole por el mentón. Los grilletes que le ciñen las muñecas chisporrotean al absorber la energía de un hechizo. Había olvidado que maneja las artes oscuras, pero no somos poco precavidos-. No hay castigo que pueda haceros pagar por ello… pero sé que hay justicia, y que cuando te matemos no tendrás liberación.

Me levanto y desengancho las cadenas de las argollas, soltándole y dejándole caer. Tiro de ellas para arrastrarle al centro de la sala. Él solo se ha juzgado, sus acciones le condenan, todos le hemos visto torturando al Venerable, y ahora confesará, quiera o no. Tiro de las cadenas para obligarle a arrodillarse y le pongo la mano en la frente. La sensación ardiente de la luz me invade al invocarla, furiosa y retributiva, es mi voluntad la que la espolea y la proyecta hacia el prisionero. Él cierra los ojos, aprieta los dientes, no sé si está funcionando.

- Recuérdales ahora. Dime sus nombres, dilos ante Belore.

- Argolad Hojasangre… -.Comienza, sin abrir los ojos, sin mostrarse humillado-. Sonja Solradiante, Ellie Verano… Nirel… Brisardiente, Elendor Telduril, Nael Felendur… Kelnorz Zaknafein…

Tenso los dedos sobre su cabeza. Se me ahoga la respiración y tengo que tomar aire con fuerza, varios puntos de luz roja titilan ante mi mirada, que se está tiñendo de ese color escarlata, furioso. No quería escuchar eso, no quiero creerlo, pero lo ha dicho.

-… y a Belore.

- A Él no puedes matarle…-.Espeto, con los dedos ardiendo bajo el guante que comienza a calentarse. Me molestan las placas-. Y espero que algún día te perdone. Ellos no lo harán nunca.

- Yo tampoco les... perdono.

El primer golpe es un fogonazo de luz. Ese es por Kelnorz, por el escudero, el chico que nunca derramó la sangre de sus hermanos. Y luego le siguen los demás, cada nombre es un golpe de las grebas, de la luz retributiva e iracunda. Cuando se me acaban los nombres ya sé que no puedo detenerme, y bajo la neblina roja y la rabia que me ahoga la garganta, rezo por que alguien lo haga.

Odio que me empujen a esto.Les odio a ellos.

El último vuelo del Fénix: Santos - Taldemar

Mártires de la tradición - Por Taldemar

La multitud se agolpaba en el Frontal de la Muerte mientras dirigían miradas cargadas de curiosidad a aquel grupo de quince personas que lanzaba proclamas en alta voz:
- ¡La Horda se quiere llevar a vuestros hijos, mancillar a vuestras mujeres y hacer que mueran en tierra extraña en una guerra que no es la nuestra! ¡No serviremos nunca a un sucio orco negro! Mientras tanto el Regente se acuesta con la antinatura y nos vende a bajo precio. ¡Rebelaos, Hijos del Sol! Entregaos en martirio a Belore Emperador antes de dar la vida por la falsa Regencia y los monstruos diabólicos de Kalimdor. - Ashel Soldras clamaba con la voz del trueno subido a una pila de cajas con sus albos cabellos tremolando al viento que creaba con sus propios movimientos, gesticulando enérgicamente mientras señalaba acusadoramente con el dedo a la Aguja Furia del Sol - ¡Allí vive nuestro carcelero! ¡El Gran Apóstata! El enemigo odiado de Belore!

A medida que el discurso era coreado con gritos de Viva Belore Emperador enardecidos por el Apóstol Perfecto Vindar Ruedasolar, la masa de sin'dorei crecía. La mayoría se exaltaba rápidamente junto al grupo de Los Santos Vivientes y daba vivas a la Tradición, a la Monarquía, y le dedicaba mueras a la Horda y a los no-muertos. Sin embargo, algún que otro que respaldaba a la Regencia se retiraba de la escena discretamente, en dirección hacia el cuartel de la guardia. La agitación patriótica que empezaba a bullir en las calles de Lunargenta acabó por prender una vez los vigilantes de la ciudad empezaron a movilizarse hacia la posición de los insurgentes, que sabiéndose blanco de cualquier represión, empezaron  a movilizarse hacia la Corte del Sol, donde las aclamaciones, los cánticos y las demandas contra el Lord Regente Lor'themar Theron se acentuaron.

- ¡Yo te denuncio como sirviente del Orco Negro, esclavo de la religión de la brujería y protector de la Plaga! ¡El fuego sea contigo, falso regente! ¡Viva Quel'Thalas! - Entre el gentío empezaba a aflorar manifiestos de pasión enfervorecida que se sumaban a los Santos. Algunos portando armas y desenvainándolas en actitudes amenazantes. Pocos minutos después, los Guardianes de la Regencia comenzaron a descender por el puente para disolver a los alborotadores.
- ¡Santos Vivientes! ¡A las armas! Belore nos aguarda. ¡Al martirio! - Los Apóstoles Perfectos se adelantaron con toda la escuadra de la Orden de Los Santos, que iban totalmente equipados en armaduras de combate y con las espadas en ristre. Plantaron cara a la Guardia de la Regencia, que titubeó un instante, justo en el momento en el que una embajada de la Horda formada por diez miembros de la misma corría a guarecerse en palacio.
- ¡Que no huyan, a ellos! ¡Muerte a la Horda! ¡Viva Quel'Thalas! - Al grito respondieron los Santos y varios ciudadanos poseídos por el patriotismo, que cargaron violentamente contra los embajadores. El Santo Nacámbar fue el primero en cortar de un tajo limpio la cabeza de un orco de piel verdosa, cuyo cadáver hizo una espiral provocada por el reguero de sangre a presión que emanaba del corte, hasta caer redondo al suelo. A este lo siguió una trol que fue empalada por la lanza de la Santa Esmeldis, y después una renegada cuyo cráneo fue reventado por un monárquico de la ciudadanía que la aplastó con su maza.

- ¡Guardias, a ellos! - Un elfo robusto de cabellos rojizos dio la señal de ataque a los protectores del Regente, que se lanzaban con las gujas en alto contra los causantes de la masacre. El Santo Adirhael Sin'Thael murmuró una plegaria y Los Santos Vivientes se vieron escudados por un áurea dorada sacra que detuvo la carga de las fuerzas del Orden. Dándoles la oportunidad de reorganizarse, los tradicionalistas que ya habían dado muerte a la Embajada de la Horda, se volvieron y al grito de Muera la Regencia Intrusa, se entregaron al combate.
La multitud chillaba histérica, de las ventanas de los edificios que acordonaban la Corte del Sol se asomaban cabezas cuyos rostros iban desde el pánico más absoluto hasta la más profunda fidelidad, llegando a vitorear a los insurgentes. Los rayos de Sol rosados del atardecer refulgían como llamas en las armaduras de los combatientes de ambos bandos, a la par que la sangre salpicaba a unos y a otros, en todas direcciones.
Pocos instantes después, el fragor del combate ya se había cobrado la vida de la mitad de Los Santos Vivientes y de dos docenas de guardias de la Regencia. Sin embargo, ni unos ni otros cejaban en la lid.

- ¡No nos rendiremos jamás! ¡Con Belore a nuestro lado, siempre estaremos en mayoría! ¡Viva la Religión! - Ashel Soldras hacía lo imposible por sanar a los que caían, dándose cuenta de que estaban totalmente rodeados por el enemigo, y que la muerte era inminente.
- Viva... Belore... Emperador... - La Santa Esmeldis, que se cubría su rostro con máscara dorada, se dobló de rodillas y acabó por dar vivas a su dios antes de que una hoja de manufactura thalassiana lamiese su cuello e hiciese manar de él el agua de la vida, poniendo fin a su vida. El Santo Taldemar Nacámbar, paralizado por la visión de su amada perecer, renovó la furia de las embestidas contra sus adversarios, deteniendo ataques con su escudo y devolviéndolos letalmente con la espada, hasta que sintió en su estómago el tacto del frío acero. La visión se le nubló y cesó de escuchar el ruido de la batalla. No sentía nada. Paulatinamente, una luz blanca le cegó, sin dejar de ver nada más que un vacío inmenso, en el que comenzaba a dibujarse una figura coronada con rayos del Sol. Esbozando una sonrisa en sus labios trémulos alzó una mano como queriendo tocarlo, y murió.

***

Al fin llegó la calma. La Guardia de la Regencia había disipado a los alborotadores que volvían a sus casas con celeridad y el terror en sus corazones. Del puente que comunicaba la Corte con la Aguja Furia del Sol nacía un río de sangre que se desbordaba cayendo en pequeñas cascadas derramándose sobre el foso. Los cadáveres amontonados de guardianes, Santos Vivientes y de los embajadores de la Horda se confundían formando un espectáculo grotesco, hasta que finalmente fueron retirados, las manchas fregadas y la alfombra imperial retirada y finalmente sustituida por otra. Los gólems arcanos rápidamente emitieron sus mensajes de prosperidad,  y felicidad, como si nada hubiese ocurrido allí en las calles de Lunargenta. Sin embargo, muchos habían sido testigos de lo que realmente había acontecido, y por la mañana se rumoreaba en tonos quedos acerca del Martirio de los Santos y de cómo habían dado sus vidas por Belore, y por la Tradición.

Una pequeña niña elfa de cabellos dorados y camisón púrpura encendía una vela en el santuario familiar y empezó a rezar ante una representación elaborada en oro de su deidad:
- Belore, te pido que protejas a mi familia, a mis amigos. Que no le pase nada a mi papá que se lo lleva la Horda. - la pequeña sollozaba recordando cuando su progenitor había abandonado la casa obligado a servir en Kalimdor horas atrás. Los lloros fueron haciéndose más amargos, hasta que fueron escuchados por su madre, que entró portando una bandeja de plata con quince velas más.
- Mi amor, ayúdame a encender más velas. - Le indicó a su hija.
- ¿Para quién son, mamá? - Inquirió la jovencita secándose los ojos enrojecidos con las manitas.
- Para los nuevos mártires de Belore que han conseguido la inmortalidad hoy. - La mujer fue encendiendo los pábilos uno a uno con devoción y respeto. Cuando finalizó abrazó a su hija con amor maternal y murmuró dulcemente una plegaria: - Que Los Santos y Belore protejan a mi marido en la guerra, y que me lo traigan de vuelta, por favor. - Achuchó más a la niña y no pudo evitar dejar escapar una sencilla lágrima que recorrió su mejilla derecha y se vertió en forma de gota sobre la estatuilla del Sol Eterno, que creó la ilusión de que la imagen del dios lloraba también en aquel sangriento día que moría...
                               

El último vuelo del Fénix: Santos - Taldemar

 En el desfiladero de la Santidad - Por Taldemar

El Reducto de la Tradición hervía de actividad. Localizado en las agrestes montañas meridionales de las Marcas del Sur, el campamento base de Los Santos consitía en un par de tiendas de campaña militar cuidadosamente establecidas en lo alto de riscos, y de banderas tradicionales de la Quel'Thalas de Anasterian y del Príncipe Kael'thas, antes de su Traición. Sin embargo, lo que más sobresalía era la estatua de Belore en su forma de Emperador, representado en forma élfica sobre un trono y sosteniendo un sol en su mano izquierda, más un cetro en la derecha. A pesar de que no eran más de una docena, el ajetreo creaba la ilusión de que eran un auténtico regimiento. En el centro del campamento, se encontraba un pequeño cadalso levantado con troncos y relleno de hierba seca, de él sobresalía una larga estaca en la que se encontraba una figura maniatada. 
- ¿Admites entonces tus pecados? - Inquiría el Apóstol Perfecto Ashel Soldras al prisionero, un elfo de sangre de piel bronceada y cabello castaño claro.
- Sí, sois unos cerdos. Soy un leal soldado del Jefe de Guerra. Me enorgullezco de haber combatido en Kalimdor junto a mis camaradas trols y orcos. Lok'tar ogar. - Respondió el interpelado con los ojos rabiosos.
- ¿Crees en Belore? - Continuó el religioso preguntando.
- No. Creo en mí mismo y en el filo de mi hacha. - Contestó el thalassiano miembro de la Horda.
- Muy bien, muy bien. Así que no solamente reconoces tu apostasía y tu trato degradante con nuestros esclavistas, sino que encima te enorgulleces de eso.  Es más que fehaciente que sufres de una corrupción provocada por el contacto con esos monstruos. Lamentablemente para ti, la única solución para que tu alma tenga un mínimo de probabilidades de salvarse es purificándote en vida. - Dijo en voz alta el sacerdote, en un tono plano, que no denotaba ninguna emoción, ni alegría ni odio. - No sabes cuánto me duele cuando es un Hijo del Sol desagradecido el que reniega de su padre.

El resto de Los Santos vestían togas radiantemente blancas, que brillaban con tonos anaranjados por el resplandor de las antorchas que cada uno sostenía en posición ceremonial.
- En nombre de Belore, de la Dinastía Legítima y de la Verdadera Quel'Thalas, yo te sentencio a morir por el fuego. Morirás como el orco que eres, y si el Sol Eterno lo quiere, renacerás como un perdonado hijo suyo. De lo contrario, te aguarda la oscuridad que no tiene fin, la inexistencia. - Dictaminó el Apóstol. - Santos, Puros. Que la llama lo consuma. - Tras la orden, los togados descendieron sus antorchas hasta que las primeras llamas lamieron la madera y la yesca, que prendió con un rápido fogonazo. Una cortina de humo ascendió en espirales mientras la temperatura aumentaba vertiginosamente.
- ¡Por la Horda! ¡Por Garrosh! - Gritó desesperado el apóstata, empapado en sudor, hasta que sus aclamaciones dieron lugar a espantosos chillidos de dolor y sacudidas contra la estaca. Los Santos lo contemplaban con miradas ausentes, algunos con rostros de dolor y tristeza en el corazón por tener que acabar con un hermano de raza extraviado.

Finalmente, el cadáver del hordizante cayó calcinado, desgajándose en montoncitos de ceniza junto al pequeño escenario en el que se hallaba. Cuando la llamarada acabó por consumirse en la pira de purificación, el Apóstol Perfecto se prosignó ante ella y levantó una plegaria por el alma del purgado. Después de dos meses de lucha contra la Regencia Intrusa, era el primer sin'dorei con el que se habían visto obligados a acabar. Le habían ofrecido el perdón, la oportunidad de arrepentirse, pero no la aceptó.
- No logro entender cómo alguien puede traicionar de este modo a sus antepasados ni a su tradición. - Decía Taldemar mientras recogía las cenizas.
- Ni yo. A mi hermana la asesinaron los trols y a mi padre los orcos durante la Segunda Guerra, cuando quemaron los bosques de la frontera sur. Y a mí me... - La mujer que se cubría con la máscara dorada ahogó las palabras que se negaban a salir de sus labios.
- He oído lo que te hicieron. No tienes por qué repetirlo. Belore te devolverá el rostro en la vida futura. Todos los defectos serán corregidos. - El corpulento elfo rubio la tomó de la mano y le dedicó una tierna sonrisa, que hizo estremecerse a la mujer, aunque permaneció en silencio.
- Sabéis que todos hemos sufrido por la culpa de estos monstruos. Por mucho que diga un falso Regente, no vamos a permitir que nos dominen aquellos que son culpables de nuestra desolación. Quel'Thalas murió junto a Anasterian, lo que queda hoy es un espejismo profano e impuro. Es la Anti-Patria. Nuestro verdadero hogar, en el que siempre viviremos, no está en este mundo. - Añadió otro thalassiano ataviado de blanco. Era uno de los guardias que había ayudado a Taldemar a fugarse antes de que lo capturasen.
- Sí, es cierto lo que dices, Milfarion, pero muchos todavía creemos posible la restauración de nuestro reino terrenal. - Contestó la Santa Esmeldis dejando escapar un suspiro.
- Yo también. Pero no me preocupa si lo conseguimos o no. Nuestra causa es eterna, luchemos donde luchemos. Lo hacemos por Belore y por su delegado en la Patria, el Rey del Sol. Allá donde ambos estén, eso será Quel'Thalas. Lo único que queda de ella, es este campamento. Más allá de él, solo queda tierra profana, baldía, apóstata. Como ese traidor vendepatrias que hemos asado. - El guardián escupió sobre las cenizas a medio recoger y se dio la vuelta, volviendo a su tienda.

Los Santos Taldemar y Esmeldis se sentaron en actitud recogida en lo alto del Reducto, esperando deleitarse con aquellos hermosos amaneceres que disipaban las tinieblas de la noche.
- Me pregunto cómo estará mi familia. Temo que los regentistas les hayan hecho algo. - Murmuró con una nota de preocupación el hombre.
- Eres un Elegido, la protección de Belore se extiende a tu familia, estarán todos bien. - Trató ella de aliviarle. Él asintió con un suave cabeceo y se fijó en el recorrido del carro solar anunciando la aurora. La visión de uno de los miles de millones con los que Belore iluminaba el universo le hizo sentir un brillo de esperanza en su interior y entonces recordó las palabras:
- Tienes razón, hermana. "Al final todo será como debe ser".

El último vuelo del Fénix: Santos - Vindar

 Vindar - Por Brahmin

Altísimo Belore Emperador, a Tus filas encomiendo mi alma en esta noche de sacra voluntad.

La suma de toda mi vida de sacerdocio jamás podrá igualar en mi espíritu a aquello que en una sola noche me has concedido en Tu infinita Gracia y, por lo tanto, superado todo mi conocimiento, me limito a arrojarme al cumplimiento de Tu Voluntad.

Yo, Vindar Ruedasolar, sacerdote de la Verdadera Iglesia del Verdadero Reino, hago constar que he nacido de nuevo en la virtud y la responsabilidad de preparar la tierra para el retorno de Su Reino absoluto. Como tal lo he declarado, y por tal causa fui apresado tras la sagrada misa de la declaración pública. Dentro de la total tiniebla que oscurece nuestra Patria, encerrado en muros de piedra y traición, fui sostenido por la luz del Altísimo Belore Emperador, trascendido en la soledad espiritual, y engrandecido a Sus ojos cuando me hizo entrega del Destino al prender Su gracia en los corazones de aquellos guardias que cumplieron el cometido de liberarme junto a otro de sus Hijos.

Puesto en clandestinidad por leyes ilegítimas regentistas pero en suprema libertad por Él y para Él, me separé de aquellos Santos que me sacaron de prisión. Vagué en soledad por los antiguos bosques de la Patria y encontré cobijo eremita en lo más profundo de su interior. En oración asceta y austero ayuno supe confirmado el deseo del Gran Belore Único para con mi vida: Su llegada sería cercana y hoy nuestro reino no es digno de Él, debía yo entonces marcar mis esfuerzos por la sagrada lucha de renacimiento espiritual y nacional para nuestra Patria. Belore lo ha grabado a fuego en mi alma y en mi interior arde con fuerza su Voluntad de Hierro. Debía volver al campamento junto a sus Santos y el Apóstol Perfecto para sumarme al Filo de la Justicia Venidera.

Recorro el camino de vuelta que me lleva a la pureza primigenia. Avanzo por los bosques que aguardan en silencio marcial el próximo amanecer y contienen su respiración bajo las estrellas temblorosas ante el poder del Sol Eterno. Porque los tambores del Atlítismo empiezan a sonar para quien sabe y puede escucharles. Porque cuando estos retumban las leyes callan, y nuestro pueblo debe y va a escucharlos con el estremecimiento de la Fe los dignos y del miedo los indignos.

En medio de la más negra noche rompe el cielo en Luz y calor, iluminando los corazones de quienes aguardamos Su llegada. Quien lo ve se asombra al no ser hora de amanecer, pero en lo más profundo de su alma sabe que Belore puede alumbrar el día cuando así lo estime a cualquier hora de la noche; y aquella claridad imperial es Su declaración de omnipotencia. Me arrodillo y elevo mis oraciones.

El fuego de las piras ha amanecido en la noche y mis hermanos me esperan antorcha y espada en mano para que completemos la Magna Obra. Si el Gran Belore, Centro del Universo, así lo dispone, así lo haremos. La noche terminará, y el día llegará en plenas horas negras de la mano del fuego en el que se consumen los paganos, herejes y traidores. Porque sobre sus cenizas renacerá la Gloria del creyente, al igual que sobre la sangre y las ruinas del reino usurpado resucitará el Sacro Imperio Beloriano Thalassiano que se proyectará hacia la Eternidad. Y nosotros, la Comunión de los Santos, seremos su arma más afilada.

No siendo amenaza sino declaración de Santa Guerra y Cruzada contra el mal.
Sea.

Vindar Ruedasolar.
Apóstol Perfecto de la Orden y Comunión de los Santos de Belore Emperador.
                               

El último vuelo del Fénix: Los Santos - Taldemar

En el desfiladero de la Santidad - Por Táldemar

- Mil veces bendito sea su nombre. Él, Sol Eterno que insufló la Luz en la nada y la llenó de vida. Motor y conservador de la Creación, nos hizo su culmen, su Gran Obra Maestra. Y entre los Hijos del Sol, sabeos los Elegidos de Él. Nosotros, somos los Puros. Santos en vida que consagramos cada instante de nuestra existencia a la subliminación del Plan Maestro de Belore. Levantaos, Primados de la Verdad, Luz que nunca muere. Esta noche, la purga contra los anatemas nos reclama. - proclamaba el capellán del grupo contrarrevolucionario denominado Los Santos, de espaldas a estos, mientras sus ojos se clavaban en una pequeña estatua que simbolizaba a Belore en forma élfica.

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Las estrellas brillaban con un tono asfixiado, como si la niebla grisácea que nacía de los hongos de las Tierras Fantasma apagase su fulgor. La noche estaba en calma, tan sólo se escuchaban los sonidos metálicos de las armaduras de placas negras con volutas carmesíes de los guerreros y caballeros de sangre, mientras los pliegues de las togas de magísteres y
sacerdotes murmuraban melodías fúnebres. Tras horas de dificultoso ascenso, aquellos a los que la Regencia tildaba de bandidos y rebeldes extremistas se habían posicionado sobre un terraplén en mitad del Desfiladero Thalassiano; apenas respiraban, permaneciendo en total quietud, aguardando el momento.
- Vienen los antinatura. - anunció un forestal de espantosa delgadez, cuyo rostro estaba salpicado de pequeñas cicatrices, pese al vano intento de ocultarlas con su cabello pelirrojo.
- Santo Nacámbar, Santa Esmeldis, rodeen a su portaestandarte. Santo Hadros, preparad a los magíster para el bombardeo. Santo Filosol, bajen por la ladera y colóquense detrás de su formación. - El capellán, Ashel Soldras, cerebro de la operación y de la organización, repartía las órdenes en un tono enérgico, imperioso. Cualquiera hubiera dicho que en lugar de un sacerdote de baja casta, era un general experimentado. Tanta impresón causaba, que hasta veteranos bajo su mando lo obedecían sin chistar. El religioso se asimilaba a esas estatuas pías de mártires de época quel'dorei, en la que fueron expulsados por los elfos de la noche, hacía más de diez milenios. Llevaba el pelo a la altura de la cintura, del color de la plata bruñida, liso y escaso. La delgadez que se entreveía en su carne mostraba unos pómulos afilados  y enjuntos, que servían de altar a unos brillantes ojos azules pe-netrantes. Nunca había tomado cristales de magia vil, y nadie sabía con certeza cómo podía haber aguantado a la adicción. Él decía que su sustento era la Luz, y no la sangre de los demonios.

- ¡Viva Belore Emperador! ¡Segunda Muerte al antinatura! - Rugieron Los Santos como una sola entidad mientras descendían  raudos como un viento furioso. Los renegados, unos treinta soldados de infantería ligera que se movían a pie, excepto su capataz, que marchaba a lomos de un caballo esquelético, se detuvieron en seco.
- "Y Belore arrojará al Fuego Eterno al impío, al apóstata y al anatema. Aquellos que rompen su ley son sus enemigos. No habrá misericordia para ellos. No habrá otro destino salvo la liquidación sempiterna." - Entonó en una salmodia que rasgó el éxtasis el capellán Soldras desde lo alto de su posición estratégica. Los no-muertos vertían miradas cargadas
de pavor en derredor, tratando de localizar su posición. El salmo sagrado causó un eco entre las paredes montañosas del Desfiladero Thalassiano que magnificó el timbre de su voz. Y finalmente, se hizo la luz.

Una luminaria más brillante que cualquier fuego emanó de las manos del religioso y prendió en los podridos huesos del abanderado renegado, que comenzó a aullar de dolor y a patalear el suelo en espamos de agonía. A los pocos instantes la negrura se apoderó de él, y dejó de moverse. El resto de su compañía militar se agrupó en la formación de erizo e interpusieron una muralla de escudos en forma de calavera ante los elfos, que se aproximaban hacia ellos lentamente, como un verdugo que saborea el cuello de su víctima antes de cercenarlo.
- ¡Sea el fuego el elemento purificador! - Volvió a exclamar el sacerdote, dirigiéndose a los dos magísteres que preparaban un conjuro de lluvia de fuego que rompió el bloque defensivo de los soldados de Sylvanas en una vorágine crematoria que iluminó la noche en una llama purificadora. Aprovechando la desbandada de los renegados, los caballeros de sangre y guerreros cargaron contra ellos y los despedazaron mediante Luz y acero. Ninguno consiguió escapar.
- Que la purga del anatema sea el camino de la Salvación de vuestras almas. Vuestra Santidad ha sellado su resolución en la extinción de estos antinatura. Belore está satisfecho. - Dijo el capellán mientras dedicaba miradas ausentes a los cuerpos abrasados y devastados de los sylvanitas. - Hoy la Patria dormirá tranquila.
- Venerable, ¿qué hacemos con este? - Preguntó una Dama de Sangre que tenía el rostro cubierto por una máscara dorada de gesto impertérrito, vacío de expresividad.
- Santa Esmeldis, me alegra que me lo preguntéis... - El sacerdote clavó sus ojos llameantes en un agonizante renegado que boqueaba patéticamente los últimos estertores de no-vida que se le escapaban poco a poco y le dedicó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

Tras despuntar el alba, una patrulla de forestales en misión de reconocimiento encontraron parte del pavimento del camino del Desfiladero carbonizado con restos de miasma rojizo desperdigado en varios metros a la redonda. Uno de ellos, seguramente un aprendiz todavía, encontró trozos de tela en los que logró distinguir símbolos del blasón de la Dama Oscura.
- ¿Habéis visto eso? - Le despertó de su ensimismamiento el murmuro de sus compañeros de armas.
- ¿El qué? - Inquirió el joven thalassiano en tono curioso. Sus compañeros apuntaron con el dedo a la gran arcada natural de piedra que formaba la entrada natural a Quel'Thalas desde la antigua Lordaeron. De ella pendía el cadáver de un renegado que tenía colgado un letrero que decía en Thalassiano: Purgado.
                               

sábado, 8 de septiembre de 2012

El último vuelo del Fénix: Kyashar I

Secretos - Por Kyashar

– Aelion Sin'Thael.

Una leve sonrisa en sus labios.

– El Capitán – susurró.


¿Hm?

Es la perfecta definición.

Entiendo que no sea suficiente para vosotros, pero no le preguntas a una piedra qué le ha llevado a ser una piedra. Lo es. Y él es el Capitán.

Patria, raza y fidelidad, ¿recordáis? Tres palabras. Los valores de Quel''thalas.

Los tiene grabado a fuego en su alma.

Y por ello os matará.

...

No, no es una amenaza. Una verdad.

Dos o tres moriréis antes de derribarlo.

¿Qué esperabais? ¿Rendición?

Rendirse conlleva fracaso, y nuestra raza ya ha fracasado demasiadas veces.

El exilio, la travesía, la Brecha, El Ojo... No habrá una más.

Muerte y paz antes que otro fracaso.  Y no será algo difícil de conseguir. Buen manejo de la espada. Táctico, experimentado, pero lento y envejecido. No hablemos de su discapacidad. Nunca un ojo ha visto mejor que dos.

Seguramente lo queríais vivo.

Una pena.

¿Qué le queda a alguien cuando le arrebatas aquello por lo que ha luchado toda su vida?

Ah, sí... la familia. Lo que sobrevive de ella.

Es duro perder a tu ser más querido, aquel con quien has jurado permanecer el resto de tu existencia.

Sería igual de duro perder también los frutos de aquella relación.

Usadlos.

Es vuestra única opción.

El corazón, motor de la pasión. A veces consigue nublarte la mente.

Amenazadlo.

La vida de sus hijos por entregarse. Eso le hará olvidar la orden.

Sus principios...

Por supuesto, querido, para eso tendríais que anticiparos... por ello estoy aquí, ¿recuerdas?

Si no quieres que dejen el Reino antes de atraparlos, lo mejor será que os pongáis en marcha.

¿Que faltan dos días para el edicto?  ¿Que tenéis las manos atadas? ¿En qué momento exacto habéis dejado de apresar gente sin motivo alguno por el bien de Quel'thalas?  



Y con esta ya son cincuenta las veces que amenazan con cortarme la lengua de víbora.

Bien.

¿Queréis un motivo?

Este motivo tiene forma de pequeña caja de madera. Una caja escondida en la hacienda del hogar de mi querido Capitán.

La Regencia no vería con buenos ojos lo que guarda su interior.

Requisadla.

Apresad a sus hijos.

Y así le tendréis.

¿Algo más...?

El último vuelo del Fénix: Ava'niel Bel'anare


Diez: Por Tejesol


La noche en Lunargenta era tranquila, una de tantas para el Magíster Ado’ann, que como tantas otras veladas se encontraba repasando sus estudios sobre astromagia. Una sirvienta se presentó con la cabeza agachada en su estancia.

— ¿Sí? — El magíster no alzó la mirada de su pergamino, sujetándose la frente con una mano por el cansancio que suponía absorber en cuestión de un mes lo que los magísteres de Kael tuvieron años para aprender en las instalaciones del Ojo.

—La Magíster Bel’anare desea veros. Dice que es urgente, mi señor. — La sirvienta hizo una reverencia y se retiró cuando Ado’ann ordenó que la hicieran pasar.

La figura de la astromante se alzaba orgullosa e imponente frente a él. Al magíster siempre le había infundido respeto aquella mujer. Su cojera y su aspecto demacrado y frágil eran solo un engaño. En las demostraciones prácticas de conjuración había visto con sus propios ojos como rasgaba el tejido de realidad para invocar hechizos con los que él solo había soñado. 

—Magíster Bel’anare. — El hombre se puso en pie y se dirigió hacia ella, haciendo una reverencia al llegar. La miró a los ojos al alzarse y se percató de una mirada que nunca había visto en ella. A pesar de su pasión por la magia, nunca les había enseñado como si fuesen sus alumnos. Él no era ningún estúpido, al fin y al cabo había sido elegido para ser uno de sus diez aprendices. Sabía que en el fondo, tras capas de protocolos y buenos modales, la astromaga despreciaba con cada pizca de su ser tener que compartir los conocimientos que poseía con aquellos que habían matado a su príncipe. Por un momento pensó que aquello había cambiado y la mujer había encontrado algo en él que le hacía un alumno digno de aquél conocimiento. Sonrió levemente ante la idea.

—Ado’ann. — Empezó a decir, mientras caminaba apoyada sobre su bastón hasta la ventana que daba las calles cercanas a la Corte del Sol. — Siempre has sido mi alumno favorito entre toda ese hatajo de traidores que se hacen llamar magísteres.

—Maestra… No creo que debiera llamarles así. Sé que tenéis diferencias…

— ¿Diferencias? — Le cortó la astromaga, alzando la voz. Él creyó que el cristal a través del que observaba la calle estallaría. — Un Lince y un Trol son diferentes. A ellos y a mí nos separa un mundo. 

—Disculpe, no era mi intención ofenderla. — Se apresuró a rectificar el joven mago. Ella suspiró, de algún modo arrepentida por su arrebato.

—Lo sé. Acércate, tengo algo que decirte. — Le miró de reojo, sonriendo de medio lado. Él asintió y se acercó, cauteloso y curioso en cantidades idénticas.

—Os he hablado ya de las dos grandes mentes de la Astromagia. Capernian y Solarian. Pero no sobre mi relación con ellas. Yo pasé mucho tiempo asistiendo a las enseñanzas de Solarian, aprendiendo de sus estudios del vacío. 

La miró con extrañeza, preguntándose a dónde quería llegar y escuchó en silencio. Tras haber presenciado sus lecciones sabía que interrumpirla era muy mala idea. 

— ¿Sabes cuál es el mayor problema de mirar hacia el vacío? — Preguntó ella, alzando la vista al cielo.

—No, Maestra. ¿Cuál?

—Que te devuelve la mirada. —El tono de la Magíster inquietó al aprendiz, pero siguió escuchando. — La astromagia es un arte tan poderoso como volátil, y solo unos pocos pueden y merecen poseerlo. La regencia no lo comprende y ha colocado a diez magísteres bajo mi tutelaje, que a su vez tendrán a saber cuántos intentos de magos ignorantes sobre lo que un día fue su glorioso Reino.

—Es cierto que soy incapaz de comprender hasta qué punto fue dolorosa su pérdida, yo solo estuve aquí e hice lo que consideré apropiado para el pueblo dentro de mi alcance. No conocí la guerra. 

Ava’niel sonrió con un ápice de tristeza. Él la observó y comprendió que estaba en peligro. Su cuerpo se tensó y sus labios se prepararon para conjurar.

—Para bien o para mal, ojalá la hubieses conocido. — Las palabras de la Astromaga helaron la sangre del magíster. Aunque detectó la tristeza con la que las había pronunciado, no pudo evitar sentir como un ataque de rabia súbita se apoderaba de él. Su instinto de supervivencia gritaba que atacase antes de que fuese demasiado tarde, pero la mezcla de respeto, temor e incertidumbre sobre los acontecimientos que iban a suceder, se lo impidió.

Sin tiempo para reaccionar sobre lo ocurrido, la magíster alzó su mano izquierda, envuelta de repente en algo que jamás había visto. No era negro, ni azul ni violeta, sencillamente, su mano absorbía la luz. Sintió como perdía el equilibrio y empezó a levitar. Toda la estancia perdió la gravedad. Intentó conjurar pero los labios de Ava’niel se movían con presteza, inhabilitando sus hechizos. 

— ¿Por qué? — Alcanzó a gritar, iracundo por no conocer la situación.

—Eres mi alumno favorito. No debo flaquear, Ado’ann. Tu muerte alimentará mi odio hacia los demás, y solo así podré cumplir mi objetivo. — Las palabras de la astromaga iban cargadas de tristeza así como de una convicción llameante. 

—Que los mil Soles te guíen en el más allá, joven. — La mujer golpeó con su bastón en el suelo y una oleada de energía oscura recorrió el cuerpo del muchacho, haciendo que se desvaneciese partícula a partícula en una humareda negra. 

Volvió sobre sus pasos, observando el lugar donde hacía escasos segundos se encontraba el muchacho suspendido en el aire. Cerró los ojos durante unos instantes, aferrándose a su amuleto. Cuando los abrió, un destello ámbar refulgía sobre ellos, como una neblina de ardor espiritual.
La habitación siguió retorciéndose, encontrando nuevos puntos de gravedad más y más pesados a medida que pasaba el tiempo, las paredes se doblaban sobre sí mismas y se resquebrajaban, los muebles se partían en el aire, cada parte buscando su forma de alcanzar ese nuevo punto que tiraba de ellos. Al abrir la puerta de la estancia, Ava’niel volvió a golpear su bastón contra el suelo, haciendo que la sirviente que esperaba fuera se desintegrase en otra humareda de color ónice. 

A medida que la Astromaga caminaba hacia la salida, el pozo de gravedad la seguía, tirando de todo lo que la rodeaba en la casa y dejando no más que un caos de enseres personales destrozados y vigas que escapaban de las paredes, crujiendo y rompiéndose al alcanzar la gravedad. Cuando alcanzó la puerta, miró de nuevo hacia atrás. Apretó la mandíbula y se encorvó, aferrándose a su bastón.

—Selama ashal’anore. — Sentenció, mientras el pozo devoraba todo lo que daba vida a aquél hogar.
Una runa de color azulado apareció bajo ella y su cuerpo se desmaterializó del lugar del asesinato, dejando atrás una burla de lo que fue la casa, una estancia en ruinas de tapicerías arrancadas, paredes combadas y cristaleras rotas.

El último vuelo del Fénix: Kyashar II

Fénix - Primera parte. Por Kyashar

La sin'dorei dibujó una sonrisa en los labios, apoyada en el arco de la ventana que mostraba el exterior, las calles de Lunargenta. Alborotadores y borrachos gritaban consignas en contra de la Regencia y su política mientras caminaban calle arriba en dirección a la Aguja, formando una pequeña procesión a la que se iban sumando unos pocos ciudadanos de a pie, quizá embriagados por la novedad del asunto.

– Precioso – musitó, dándose media vuelta y contemplando el pequeño despacho que le habían otorgado tras su inestimable ayuda al Reino –. Realmente precioso.

Sin perder la sonrisa se dirigió a la mesa llena de pergaminos, sentándose sobre ella tras apartar a un lado algunos documentos sin relevancia que le habían encargado revisar. Con gesto ausente llevó una mano al bolsillo derecho de su pantalón y sacó una pequeña pastilla cristalina, llevándola a la altura de sus ojos mientras la sostenía entre el dedo índice y el pulgar. En el interior del comprimido un liquido de color azulado tintineaba con el movimiento de su propio pulso y la elfa comenzó a juguetear con el pequeño objeto, dándole vueltas en su mano y pasándoselo entre los distintos dedos, ensimismada, sin poder apartar la mirada del líquido que se mecía a un lado y a otro en su prisión. Con un lento suspiro, Kyashar guardó la pastilla de nuevo en el pantalón y se alisó el tabardo, donde una brillante insignia con el distintivo de Lunargenta adornaba su pecho. No tenía nada mejor que hacer que esperar a que la llamaran, que ocurrió en pocos minutos.

...

– Taldemar Nacámbar – inquirió la voz, lacónica.

– Un loco.

Silencio.

– ¿Qué? Es un demente Un demente peligroso. Él y sus amigos, son todos iguales. Ya os he avisado de los problemas que pueden acarrearos. ¿Qué más necesitas? ¿Una localización que ya os he proporcionado hace unos días? ¿Cuántas veces más vamos a hacer esto, Deremyl?

El sin'dorei no respondió, anotando algo en la vitela con su pluma negra. Al terminar alzó la vista y volvió a preguntar con el mismo tono cansado.

– Kelnorz Zaknafein.

Kyashar rió.

– ¿En serio?

Otro silencio.

– Kelnorz Zaknafein.

– Paradero desconocido.

Deremyl alzó la vista de su papiro, mirando a la elfa con los ojos entrecerrados. Su misma mirada de siempre.

– Sí, eso es todo. Desconozco dónde está.

La sala se sumió de nuevo en el silencio, roto únicamente por el sonido de la pluma al escribir unas cortas líneas.

– Kyashar Gyrael.

Ella volvió a reír ligeramente sin abrir la boca.

– Salvadora del Reino. Azote de los Desdichados. Sol Brillante de Quel'thalas. Gloria Eterna de los Bosques, Loto de Fuego, Flor Magnificente del Norte, Poema Sangriento de los hijos de la Sangre...

– Gyrael, basta – suspiró Deremyl, dejando de escribir y separando la pluma del pergamino –. Deje las tonterías para otro momento, aunque sospecho que eso es imposible. Tenemos un asunto importante entre manos, y sus continuas faltas no hacen más que empeorar el proceso a la Guardia Thalassiana.

La sin'dorei sonrió con burla, devolviendo la mirada al escriba de cabello oscuro y aspecto enfermizo.

– ¿Empeorar el proceso? ¿Qué proceso, Deremyl? Estaría encantada de escucharlo de tus propios labios, de que me ilumines, pues hasta donde yo sé, no hay ningún proceso. ¿Qué más necesitáis saber? ¿Qué más hace falta para que empecéis a tomar cartas en el asunto? ¿Una chispa? ¿Una intervención divina? – la elfa ladeó la cabeza hacia su derecha, paseando la vista por la sala y mirando a los soldados armados –. Lo sabéis todo. Sus faltas, sus motivaciones, sus errores, sus excesos, sus debilidades, y hasta el momento no he visto ningún movimiento ni orden para apresarlos por traición al Reino. Os limitáis a esperar, como ovejas, mientras todo se mueve a vuestro alrededor y se os escapa entre los dedos.

El silencio se adueño de la pequeña sala perfumada; apenas durante cinco segundos, encontrándose Kyashar dentro de ella.

– Por cierto, tenéis un bonito grupo de alborotadores agitando las calles de la ciudad mientras seguís mirando.

Deremyl seguía todavía en la misma posición cuando la sin'dorei terminó de hablar. Su rostro no reflejaba emoción alguna, ni siquiera hastío. Juntó las yemas de los dedos de ambas manos despacio y se humedeció el labio antes de responder.

– La justicia Thalassiana se toma su tiempo antes de deliberar, agente Gyrael. No podemos lanzarnos sin conocer antes cada uno de los detalles, por ínfimos que sean. Debemos prepararnos y juzgar qué es lo mejor. Pero no se preocupe en demasía, nos hemos tomado muy en serio los informes sobre la Magistris Belanare y antes de que caiga el sol estará apresada y en disposición de ser juzgada por las atrocidades cometidas en el pasado y presente – el elfo se detuvo para observar con gesto cansado cómo Kyashar sonreía ligeramente–. ¿Qué le hace tanta gracia, Agente?

– Que hayan tenido que morir diez pobres magisteres antes de que hayáis decidido hacer nada. Os puse en aviso con el octavo de ellos y pese a todo dejasteis que fuera a por sus dos últimos aprendices. No creo que haga falta decir que seguramente ambos os agradecen vuestra presteza en el lugar en que se encuentren.

Deremyl se limitó a aguantar la vista impertérrito, humedeciéndose los labios resecos otra vez más.

– Agradecemos su inestimable ayuda al Reino, Gyrael, y sentimos la perdida de esos prometedores Magisteres que tanta ayuda habrían otorgado a Quel'thalas – el elfo guardó silencio unos segundos, separando las yemas de los dedos para volver a recoger su pluma –. Pese a todo, anclarse en el pasado y no ver el futuro es un error que únicamente lleva al fracaso y la condena, como sus antiguos compañeros ya sabrán. Otros prometedores jóvenes ocuparán el lugar de nuestros recién fallecidos magisteres y el curso volverá a su cauce. En cuanto a la magistris Belanare, no se preocupe más por ella. Sabemos lo que tenemos que hacer. Es peligrosa, pero nuestros rompehechizos y  miembros de la guardia arcana no serán rival para alguien tan debil. No escatimaremos en esfuerzos aún así, y como bien nos ha sugerido, llevaremos a nuestros mejores hombres.

El sin'dorei comenzó a limpiar su pluma con un paño de tela que luego desechó a la basura antes de colocar el objeto con sumo cuidado en una caja de madera oscura.

– Me temo que debo despedirla por hoy, Gyrael. Mañana continuaremos, y recuerde que tiene una cita en dos horas con el excelentísimo magíster Sadrael.

– Nunca podría olvidarme de mi queridísimo Sadrael, Deremyl. Gracias a él me encuentro donde me encuentro.

...

Apenas minutos más tarde Kyashar se encontraba otra vez en su despacho, sentada en el alfeizar de la ventana con las piernas colgando en el exterior. Sus dedos sostenían de nuevo la pequeña pastilla y sus ojos permanecían fijos en el movimiento del líquido aprisionado, de manera hipnótica. De las calles de Lunargenta todavía llegaban vítores. abucheos y proclamas; el mismo ambiente desde hace unas semanas con la única diferencia de que hoy hacían más ruido del normal.

En un momento inexacto para ella, las consignas se convirtieron de repente en gritos de guerra y de desafío hacia las autoridades. Tras unos segundos el roce de metal chocando entre si y más gritos inundaron la tarde en ciudad. Kyashar guardó el comprimido en el bolsillo y asomó la cabeza a través del arco de su ventana. A lo lejos, un grupo de agitadores y la Guardia Real combatían en las afueras de la Aguja de Sol.

La sin'dorei bajó de la ventana hacia el interior de la sala mascullando entre dientes mientras buscaba sus utensilios y armas cuando un joven abrió la puerta puerta. Sudaba y resollaba como quien acaba de correr a toda prisa.

– Lo sé, querido, he escuchado los gritos fuera.

El elfo negó con la mano efusivamente, todavía sin aliento para poder hablar. Kyashar alzó una ceja de manera inquisitiva mientras aguardaba.

– Él... – inspiró por la nariz –. El excelentísimo magister Sadrael te hace llamar.

– Todavía quedan noventa minutos para nuestra reunión.

– No... no es eso – el sin'dorei apoyó las manos en las rodillas, encorvado, cogiendo aire –. Han irrumpido en la Aguja de Sol. Un grupo armado con el símbolo de un fénix bicéfalo. Han... han secuestrado al Regente.

Kyashar ladeó la cabeza.

Cerró los ojos.

Y finalmente suspiró. Con fastidio.

– Serán estúpidos

Continuará...

El último vuelo del Fénix: Maldathar

El lucero del alba brillaba con rabia sobre un firmamento despejado y gris, brumoso. La primavera eterna de Quel'thalas conservaba todos los matices propios de la estación de la fertilidad contemplados al detalle: Lluvias sorpresivas y cálidas, brisa tibia y un suave rocío que empañaba los amaneceres con una tenue neblina y los refrescaba, lavando el cielo y preparando los bosques para el primer rayo del Sol.

El magíster Maldathar Ilvana, de pie en el jardín, se llevaba a los labios una boquilla de cristal tallado cargada de polvo de maná y contemplaba el punto exacto por el que sabía que éste haría irrupción. Lo había localizado en los últimos meses: un hueco esquivo entre dos árboles de hojas doradas, un pequeño resquicio a través del cual el primer rayo de Belore se abría paso como un filo cortante e indómito.

Lo esperaba con aire desapasionado, apoyado el trasero en la mesa de mármol y una mano cruzada lánguidamente en torno a su propia cintura. Hacía poco más de una hora que había vuelto a casa. Se había bañado y arreglado los cabellos, había consumido un par de cristales y luego se había aplicado uno de esos afeites caros que raramente usaba para ocultar por completo las huellas de cansancio, que ya comenzaban a despuntar en su rostro. Luego se vistió con una de sus togas favoritas, de terciopelo negro y rojo y salió a la frescura del jardín.

En el interior de la casa, todos dormían aún. Nadie le estaba mirando y sin embargo, su expresión y su pose seguían siendo teatrales. Entre sus pensamientos, lentos y melancólicos, se abrió paso uno totalmente fuera de lugar: Debería poner un espejo en el jardín. Aquella idea tan inoportuna le consoló extrañamente y le hizo esbozar una media sonrisa.

A través de los árboles, a lo lejos, la bruma se volvió transparente y luminosa. El magíster entornó las pestañas, aguardando. El resplandor dorado y blanco fue cubriéndolo todo y el amanecer llegó al fin. Arrojó su primer haz de luz, que atravesó el bosque y encendió las hojas de los árboles, pintó sus contornos de oro incandescente y pareció barrer de un soplo la neblina, despertar al mundo, devolverle sus colores.

Maldathar hizo una mueca de molestia. La luz directa tras las noches sin dormir y los días de frenética actividad le hirió los ojos como si alguien hubiera acercado una llama a sus pupilas. Aguantó, sin embargo, hasta que la primera estocada se diluyó y Belore terminó de despertar, desperezándose y anunciando su presencia a gritos. Entonces suspiró y apartó la vista, volviéndola hacia la verja de acceso al jardín. Los pies de dos caballeros de sangre se hundían con fuerza sobre el camino de gravilla, haciendo saltar algunas piedrecitas entre las botas negras y rojas. El magíster se apartó de la mesa y se acercó al portón de forja para abrirlo.

Recibió a los caballeros con una media sonrisa burlona y mirándoles de arriba a abajo. Los caballeros le devolvieron una mirada serena y firme, de soldados.

—¿Sois el magíster Maldathar Ilvana?—preguntó uno de ellos, pelirrojo y de rostro cuadrado.

—El mismo. ¿En qué les puedo ayudar?

—Tenemos órdenes de escoltarle a la ciudad, magíster.

Maldathar ladeó la cabeza, recreándose en la escena. Sabía cómo terminaría, no necesitaba leer ningún guión ni cuestionarse posibilidades. También sabía la respuesta a la pregunta que hizo a continuación, pero al fin y al cabo, conocer la respuesta no era motivo para no preguntar.

—¿Puedo saber de quién?

Era lo que se esperaba. El guión que conocía sin haberlo leído. Los soldados dudaron un momento y después, el otro, que era moreno y llevaba el pelo recogido a un lado en un peinado bastante poco viril, respondió:

—Del Lord Magíster Sadrael, señor. Desea hablar con vos y haceros algunas preguntas sobre lo ocurrido en la Aguja Furia del Sol.

Maldathar alzó las cejas, fingió la adecuada sorpresa y después asintió, exhalando una nubecilla de humo azul entre los labios.

—Claro. Vamos, pues. No hagamos esperar a su excelencia.

Los dos Caballeros de Sangre se hicieron a un lado, esperando a que saliera al exterior.

Maldathar cruzó la salida y cerró la verja por fuera. Después miró a uno y a otro y echó a andar con un caminar gentil, un brazo flexionado para recogerse la larga manga de la toga y el otro medio alzado para sostener la boquilla de cristal cerca de los labios. Los dos Caballeros le siguieron, uno a cada lado, mirando hacia adelante y con los rostros severos e inexpresivos.

El magíster volvió a sonreír y sus ojos se iluminaron con un brillo cínico y burlón.

—¿Saben? Siempre me han gustado las escoltas. Me hacen sentir importante.

. . .

Escrito por Maldathar en el foro oficial

El último vuelo del Fénix: Nhemil

En las horas calurosas del comienzo de la tarde, cuando las plazas iban vaciándose gradualmente de vida y el vecindario se afanaba en volver al refugio del hogar para disolver las preocupaciones de la mañana entre sorbos de vino dulce y un suculento almuerzo, un elfo caminaba por las calles de la ciudad a paso apurado, evitando a los comerciantes que terminaban de cargar en sus carretas el género que no habían podido vender. Su humilde atuendo, que carecía de insignias, indicaba que no era soldado ni estaba al servicio de ningún señor, lo cual le permitía pasar inadvertido en el barrio mercantil de Lunargenta.
Se dirigía a un edificio de tres alturas situado a cien metros de la herrería, sintiendo el mordisco del sol sobre los hombros y contra la nuca, que quedaba a la vista tal y como llevaba recogida la larga melena rojiza. La fachada, de un tostado claro como el resto de fincas que había por la zona, tenía un portón de madera natural con herrajes dorados, ventanas de cristal tintado en la segunda planta y un amplio balcón en la última, desde donde se podía apreciar gran parte de El Bazar. Allí en lo alto, apoyada en la balaustrada en actitud indolente, había una figura a la cual la radiante luz del mediodía no parecía incomodarle. No daba la impresión de haber reparado en que estaba siendo observada.
A medida que subía los escalones en dirección a la entrada volvía a dudar en si aventurarse hasta aquel sitio había sido una buena idea, pero el temor a sufrir las consecuencias de todo lo que se estaba desencadenando le dio valor para dar los últimos pasos y plantarse frente al portón. Como de costumbre, el asistente le abrió inmediatamente tras haber llamado con una secuencia de tres golpes, recibiéndole con una sonrisilla petulante al reconocer al elfo que había bajo el disfraz.

— Buenas tardes, lord Thailessin— saludó el chico tras cerrar a sus espaldas en cuanto entró—. ¿Qué tal el camino desde la Corte? ¿Habéis tenido tiempo de echarle un vistazo al mercado? Se oyen cosas muy interesantes estos días.

La cara angulosa y lampiña del susodicho ni se inmutó. Estaba habituado a disimular. En la esfera en la que se desenvolvía diariamente debía medir muy bien sus respuestas y no revelar sus verdaderas opiniones. Además, conocía de sobra el carácter del joven asistente como para dejarse provocar por su insolencia.

— Ha sido un paseo agradable, Edmmar, gracias por tu interés. ¿He venido en mal momento? Me gustaría tratar unas cuestiones con Laucian. No le robaré demasiado tiempo.

— Creo que el señor Laucian ya esperaba vuestra visita, señor, de todas formas iré a asegurarme de que pueda atenderos. ¿Puedo ofreceros algún refrigerio si todavía no habéis almorzado? ¿Quizá algo de beber?

— No, gracias— le sonrió, como si apreciara el gesto—. Esperaré aquí mientras.

En cuanto se hubo quedado solo, Thailessin extrajo un pañuelo del bolsillo interior de su túnica y se lo pasó por la frente, secando las perlas de sudor. Las llamas azules de las lámparas de pie adían con fuerza, ya que no había ninguna abertura en aquella sala por la que entrase luz natural. El suelo, de baldosas grises como la antracita, estaba cubierto por pesadas alfombas de un borgoña liso, color que compartían también los tapices que colgaban en las paredes, portando el emblema del Reino. El mobiliario era escaso: poco más que un par de sillones y una mesa baja en la que reposaban algunos ejemplares viejos de la gaceta informativa de la ciudad. Ojalá no se demorasen en hacerle subir. Aquel lugar le resultaba agobiante.
La espera, por fortuna, fue breve. Edmmar apareció con su habitual mueca de engreída diversión y lo guió escaleras arriba, a pesar de que ya había estado otras veces en aquel sitio y podría haber encontrado el camino por si solo. Se dejó conducir sin proferir palabra, observando el efecto de la luz ensangrentada que derramaban las vidrieras cromáticas de la segunda planta, tiñendo los espacios que tocaba de rojo. Algo en esa visión le hizo estremecerse involuntariamente y aligerar la marcha, maldiciendo en su fuero interno al asistente, que parecía tardarse de forma intencionada en subir los peldaños. Cuando por fin llegaron al último piso Thailessin volvía a sudar por los nervios.

— Mi buen señor, confío en que tendréis una reunión interesante— le susurró el joven, deteniendo la mano sobre el picaporte dorado, que tenía forma de cabeza de halcón. La satisfacción que manifestaban sus ojos le hizo sospechar que ahí dentro iba a encontrar algo que no sería de su agrado. Edmmar llamó con suavidad para anunciar su llegada y acto seguido empujó la puerta, haciéndose a un lado para dejarle entrar.

Al poner un pie en la sala tuvo que parpadear un par de veces para acostumbrar los ojos a la abundante luz solar que se colaba desde el balcón abierto y parecía llenar toda la habitación. Le vino el aroma azucarado de esas flores blancas y amarillas que suelen decorar los tocados de las damas durante los festivales en honor a la primavera eterna. Thailessin, que siempre se había jactado de saber muchas cosas, curiosamente no conocía el nombre de aquellas flores.

— ¡Ver'allah! ¿¡Pero qué estáis haciendo aquí!?

El sobresalto casi le hizo dar un respingo al escuchar aquella voz que tan bien conocía. Retrocedió como si fuera a esquivar un golpe, encontrándose con una expresión igual de estupefacta que la suya en el rostro de Gelsidras Fylaevion, magíster del Reino de Quel'Thalas. Este, al verlo entrar, se había levantado súbitamente del asiento que había ocupado y lo observaba con el mismo estupor con el que miraría a un orinal que hubiese aprendido a dar los buenos días.

— Me ha traído lo mismo que a vos, Fylaevion— respondió una vez recuperado de la sorpresa. Frunció el ceño al percatarse de que su colega no se había tomado la molestia de intentar fingir ser otra persona. Hasta lucía sobre la espalda el pesado manto de terciopelo rojo con bordes de armiño que tanto llamaba la atención—. No os escandalicéis tanto y recoged vuestra pipa; se os ha caído al suelo. ¿Dónde está Laucian?

— Si habéis venido por el mismo motivo, el magíster Fylaevion os ha ahorrado exlicaciones, Ver'allah— dijo una voz a su espalda, desde el balcón. Thailessin le saludó con una reverencia y aceptó el puesto que le ofrecía Laucian para sentarse, junto al otro magíster—. Pero os doy la misma respuesta que a vuestro colega: No sé nada de las reacciones de los Furia del Sol que recibieron el perdon del Regente. Lamento no seros de ayuda.

Thailessin recibió la respuesta con incredulidad, pero el otro se le adelantó antes de que pudiera pronunciar palabra.

— Eso no puede ser cierto, Laucian— replicaba Gelsidras no por primera vez, haciendo aspavientos con la mano que sujetaba la pipa de fumar—. Vuestro hermano menor forma parte de la orden que fundaron a su regreso. Debe haber esuchado a sus superiores mencionar algo. No me creo que hayan recibido con agrado la noticia de que pasan a formar parte del Ejército Thalassiano bajo las órdenes del Regente justo ahora que Garrosh nos demanda soldados para la guerra. Están surgiendo pensamientos muy peligrosos entre la nación. Cada vez son más los que se muestran disconformes con la alianza que nos une a la Horda, los que añoran los tiempos en los que Quel'Thalas era un Reino independiente. ¿Os hacéis una mínima idea de lo que podría pasar si esos Furia del Sol alentasen a esa parte de la ciudadanía a oponerse a la Regencia y a nuestros aliados?

Él era de la misma opinión en lo que respectaba a la información que podía tener Laucian. Nhemil Sil'niden, que habría encajado más por su carácter sirviendo a Belore en el Templo y no como Caballero de Sangre, no podía haber ingresado en el Ala de Fénix por voluntad propia. Era evidente que su incorporación había sido cosa de Laucian, que se había servido de su ingenuo hermano pequeño para tener acceso a la información de la polémica orden.

— Decidle avuestro hermano que venga, Laucian— exigía Gelsidras, cada vez más exaltado—. Que nos diga el muchacho si escuchó o no escuchó nada.

Debía reconocer que era un movimiento hábil. Notarían de inmediato si el chico les estaba mintiendo, y entonces podrían presionarle para que les dijera la verdad. El magíster miró al elfo para observar su reacción, pero no logró percibir ni una gota de intranquilidad en él.

—Hmm... —el sonido le recordó al ronroneo perezoso de un felino grande—. Me gustaría complacer vuestra petición, pero me temo que eso no va a ser posible.

— ¿Y por qué motivo?— inquirió el magíster, que había estado intentando fumar su pipa sin darse cuenta de que llevaba largo rato apagada. Estrechó los ojos como si se oliera un engaño.

— Porque se encuentra en estado grave tras haber recibido el ataque de un exaltado. El Venerable que le atendió no nos asegura que vaya a sobrevivir.

Debía ser todo un espectáculo apreciar cómo, al unísono, los semblantes de los dos magistri iban demudando de expresión para congelarse en una mueca de confusión total. No era solamente por la noticia, que desde luego era horrible, sino por el desapego con el que Laucian había revelado que alguien tan próximo a él podía morir.

— ¿Es... es eso cierto? ¿No es...? No será una invención vuestra para darnos evasivas, ¿verdad?

A pesar de haber suavizado su tono, el magíster había sido incapaz de encontrar unas palabras más adecuadas para exteriorizar su duda. Cualquiera podría haberse sentido ofendido, pero el elfo rubio se limitó a alzar una ceja con extrañeza antes de responder, tan imperturbable como de costumbre.

— No. Podéis hacerle una visita para quedar fuera de dudas—. Se encogió de hombros y caminó hasta llegar a su escritorio, tomando asiento en la butaca de cuero que había tras él. Cogió el primer sobre de la pequeña montaña que había de correspondencia sin abrir y rompió el sello de cera, desplegando el papel. Ni siquiera los miró al despedirles— Si no hay otra cosa en la que pueda seros de ayuda, agradecería que me dejárais libre para atender mis propios asuntos. Al diel shala.

Ambos se levantaron sin añadir nada más que las palabras de cortesía antes de abrir la puerta del despacho y abandonarlo, descubriendo que Edmmar se encontraba esperándoles con una sonrisa desagradable para acompañarles a la salida. En esta ocasión el recorrido por la escalera se hizo corto como un abrir y cerrar de ojos. El pesado portón se cerró tras ellos sin hacer apenas ruido. La pareja de magistri se detuvo al bajar el último peldaño hasta la acera y compartieron en silencio una mirada inquieta, sintiendo que comprendían menos que cuando habían llegado en busca de explicaciones.

Frente a ellos, una repentina ráfaga de aire agitó con violencia el pendón de Lunargenta, creando durante escasos segundos la ilusión de que el fénix dorado se debatía para arrancar las alas del fondo carmesí y escapar para volar libre sobre el cielo.




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Escrito por Nhemil en el foro oficial
                               

El último vuelo del Fénix: El mago misterioso

Skirden cabalgaba con brío, disfrutando de la velocidad. Sus pezuñas hollaban la tierra blanda y negra, y la hierba siempre tierna de Quel’thalas le humedecía de rocío las patas. En ocasiones como esa, cuando su señor aflojaba la férrea tensión de las riendas, Skirden sabía que podía dejarse llevar y  galopar libremente. En aquellos momentos, su señor dejaba de ser el amo severo y dominante y se convertía en un agradable aliado que no le clavaba las espuelas ni le forzaba a asumir ningún ritmo distinto al que su naturaleza fogosa le dictase. Aquellas cabalgadas libres y salvajes forjaban entre ambos un extraño vínculo que Skirden sabía reconocer.

Él era un corcel de batalla, grande, musculoso y un poco temperamental que no se asustaba de la plaga, de los demonios, ni siquiera del fuego. Había destrozado esqueletos reanimados con sus patas, había atravesado columnas de llamas, chamuscándose las crines, había cargado contra demonios. Y tras todas aquellas hazañas, había sido apartado, relegado, desechado como un viejo inútil. Su señor le había rescatado de un destino lamentable para un caballo de guerra thalassiano, como arar los campos de algún terrateniente de Páramos de Poniente, y aunque Skirden no podía comprender esto de forma racional, sentía una gratitud instintiva hacia aquel elfo con un ojo tapado que le había vuelto a llevar al combate y a los procederes que conocía bien, para los que había sido entrenado toda su vida.

Llegaron a un arroyo y el corcel se detuvo para beber. Estaba sediento. Su señor se bajó de su lomo y el traje de hierro que llevaba entrechocó cuando apoyó los pies en el suelo. Le palmeó el cuello mientras bebía y le dijo algo al oído. Skirden captó el tono grave y suave de su voz y supo que algo preocupaba a su señor.  Le miró y le empujó la mejilla con el morro. Su amo no se lo tomó muy bien, aparentemente, pero volvió a acariciarle el cuello.

A pocos metros de donde ambos se encontraban, hizo su aparición una segunda figura. Skirden miró al elfo. Era alto y vestía de rojo y morado. Llevaba el rostro cubierto por una caperuza de combate que le tapaba las facciones y también el cabello, pero sus ojos verdes resplandecían intensamente. Caminaba apoyándose en un báculo. Skirden abrió los ollares y resopló; el desconocido desprendía un fuerte olor a magia.

-No deberíais estar aquí-dijo su amo, dirigiéndose a la figura-. Podrían vernos.

-Admiro vuestra desenvoltura, milord. Sois muy osado al decirme lo que debería o no debería hacer.

El elfo embozado dijo esto sin hacer el menor gesto de altivez, con un tono natural y casi cariñoso, como si se dirigiera a un joven disoluto.  Su amo no pareció tomarse esto a mal, por el contrario, inclinó levemente la cabeza.

-Disculpadme. Selama ashal’anore. No esperaba veros.

-Lo sé.

Ambos se miraron en silencio durante un rato. El elfo del báculo paseó la mirada a su alrededor durante unos segundos, como si quisiera contemplar el paisaje. A Skirden, sin embargo, aquel gesto le recordaba al de algunos felinos de los bosques cuando comprueban que no hay olores extraños en su territorio. Sacudió la cabeza y relinchó, inclinándose de nuevo para beber agua mientras su amo y el extraño hablaban.

-La situación se está complicando-dijo el extraño-. Esos Santos o como quiera que se hagan llamar causarán un problema diplomático con Entrañas si siguen matando Renegados.

-¿No lo han causado aún?

-No que yo sepa. Parece que los sirvientes de la Reina Alma en Pena están demasiado ocupados en poner veneno para perros alrededor de la Muralla de Cringris.

-Supongo que eso nos conviene.

-Tarde o temprano se sabrá. Espero que estéis totalmente desvinculados de esa gente.
Skirden resopló. Su amo le dio un par de palmaditas en el cuello y elevó el labio superior en una mueca de desprecio, gruñendo un poco.

-Nacámbar se les unió. He cortado todos los hilos que nos unen a él y los diplomáticos trabajan para que quede claro nuestro posicionamiento al respecto.

El hombre embozado asintió lentamente y miró alrededor de nuevo.

-Las reivinidicaciones de los Santos son útiles por el momento, pero si su poder crece demasiado, llegarían a ser un problema. Puede que se les unan otros.

-Puede.

-La servidumbre a la Horda empieza a demostrarse excesiva. Al menos a ojos de cualquiera  que no se pase el día fumando maná y se interese un mínimo por su patria. Antes o después, habrá disturbios en Quel’thalas. Solo estamos posponiendo lo inevitable. – El elfo embozado suspiró, de pronto parecía cansado. –El decreto sobre la absorción de las milicias por parte del Ejército Thalassiano se aprobará hoy. ¿Habéis tomado alguna decisión al respecto?

Skirden percibió al instante la súbita tensión de su amo. Era la misma que le asaltaba cuando se encontraban con imprevistos en el combate, entonces le clavaba los muslos y le hincaba las espuelas casi sin querer. Skirden no necesitaba, no obstante, esas señales físicas para captar su estado de ánimo.

-Esperaba alguna orden de mis superiores.

-Dudo que vuestros superiores puedan pronunciarse de forma oficial sin poner en tela de juicio sus lealtades, milord-replicó el elfo embozado, con cierto paternalismo-. Presumo que esta decisión os corresponde sólo a vos.

-En ese caso-repuso el elfo del parche, irguiéndose-recibiréis la respuesta cuando llegue la hora.

-¿No os fiáis de mi?

-Me fío de vos. Pero no voy a responder por las vidas de mis hombres, sólo por la mía.

El elfo embozado se quedó en silencio, observando fijamente a su amo. Skirden percibía la tensión. Después, el mago pareció relajarse de nuevo y sus ojos se tiñeron de nostalgia.

-Sé que no queréis oír esto, milord, pero se supone, y vos lo sabéis tan bien como yo, que eso es lo que hace un líder militar. Responder por las vidas de sus hombres. –Los dedos del elfo del parche se cerraron sobre las crines de Skirden, que pateó un poco el suelo. Empezaba a ponerse nervioso. –Es ese peso el que los hombres como vos deben llevar sobre sí. De entre vuestros soldados, algunos entregaron su vida al reino, otros al Regente, otros a sí mismos y su propia prosperidad. Otros os entregaron sus vidas a vos. Y estos harán lo que decidáis. No romperán filas fácilmente.

El elfo del parche apretó los dientes. El corcel sacudió la cabeza y relinchó, su corazón empezaba a latir deprisa. Cuando su amo apoyó la bota en el estribo y montó casi de un salto, caracoleó, agitado, aguardando la señal.

-Señor, nuestra Orden no servirá a la Horda, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Y si para servir a Quel’thalas tenemos que ir contra la Horda, contra la Regencia o contra todos los malditos ejércitos de Azeroth, así será.

El elfo embozado asintió con la cabeza.

-Espero entonces que no temáis a la muerte.

-Llevo esperando la muerte muchos años. Si eso es lo que esta decisión me depara, al menos no moriré en la vergüenza y la servidumbre a los orcos.

Skirden se levantó sobre dos patas.

-Espero que eso no suceda. Perder tantos buenos soldados... -dijo el elfo embozado, inclinándose a modo de despedida-.  El Reino Legítimo los necesitará. Patria, Raza y Fidelidad, milord.

-Selama ashal’anore, señor.

Skirden sintió el fuego crecer en su interior. No necesitó que su amo le espoleara. Partió al galope y se internó en el bosque, esquivando los altos árboles, saltando sobre los troncos caídos. Saboreaba la angustia, la tensión, ese peso que parecía incalculable sobre los hombros de su amo. Pero a medida que cabalgaba, salvaje y libre, su fuego fue reduciéndolo todo a cenizas hasta que solo quedaron las llamas, la ligereza del galope y aquel vínculo inexplicable de gratitud entre los dos.





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Escrito por Aelion