domingo, 9 de septiembre de 2012

El último vuelo del Fénix: Los Santos - Taldemar

En el desfiladero de la Santidad - Por Táldemar

- Mil veces bendito sea su nombre. Él, Sol Eterno que insufló la Luz en la nada y la llenó de vida. Motor y conservador de la Creación, nos hizo su culmen, su Gran Obra Maestra. Y entre los Hijos del Sol, sabeos los Elegidos de Él. Nosotros, somos los Puros. Santos en vida que consagramos cada instante de nuestra existencia a la subliminación del Plan Maestro de Belore. Levantaos, Primados de la Verdad, Luz que nunca muere. Esta noche, la purga contra los anatemas nos reclama. - proclamaba el capellán del grupo contrarrevolucionario denominado Los Santos, de espaldas a estos, mientras sus ojos se clavaban en una pequeña estatua que simbolizaba a Belore en forma élfica.

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Las estrellas brillaban con un tono asfixiado, como si la niebla grisácea que nacía de los hongos de las Tierras Fantasma apagase su fulgor. La noche estaba en calma, tan sólo se escuchaban los sonidos metálicos de las armaduras de placas negras con volutas carmesíes de los guerreros y caballeros de sangre, mientras los pliegues de las togas de magísteres y
sacerdotes murmuraban melodías fúnebres. Tras horas de dificultoso ascenso, aquellos a los que la Regencia tildaba de bandidos y rebeldes extremistas se habían posicionado sobre un terraplén en mitad del Desfiladero Thalassiano; apenas respiraban, permaneciendo en total quietud, aguardando el momento.
- Vienen los antinatura. - anunció un forestal de espantosa delgadez, cuyo rostro estaba salpicado de pequeñas cicatrices, pese al vano intento de ocultarlas con su cabello pelirrojo.
- Santo Nacámbar, Santa Esmeldis, rodeen a su portaestandarte. Santo Hadros, preparad a los magíster para el bombardeo. Santo Filosol, bajen por la ladera y colóquense detrás de su formación. - El capellán, Ashel Soldras, cerebro de la operación y de la organización, repartía las órdenes en un tono enérgico, imperioso. Cualquiera hubiera dicho que en lugar de un sacerdote de baja casta, era un general experimentado. Tanta impresón causaba, que hasta veteranos bajo su mando lo obedecían sin chistar. El religioso se asimilaba a esas estatuas pías de mártires de época quel'dorei, en la que fueron expulsados por los elfos de la noche, hacía más de diez milenios. Llevaba el pelo a la altura de la cintura, del color de la plata bruñida, liso y escaso. La delgadez que se entreveía en su carne mostraba unos pómulos afilados  y enjuntos, que servían de altar a unos brillantes ojos azules pe-netrantes. Nunca había tomado cristales de magia vil, y nadie sabía con certeza cómo podía haber aguantado a la adicción. Él decía que su sustento era la Luz, y no la sangre de los demonios.

- ¡Viva Belore Emperador! ¡Segunda Muerte al antinatura! - Rugieron Los Santos como una sola entidad mientras descendían  raudos como un viento furioso. Los renegados, unos treinta soldados de infantería ligera que se movían a pie, excepto su capataz, que marchaba a lomos de un caballo esquelético, se detuvieron en seco.
- "Y Belore arrojará al Fuego Eterno al impío, al apóstata y al anatema. Aquellos que rompen su ley son sus enemigos. No habrá misericordia para ellos. No habrá otro destino salvo la liquidación sempiterna." - Entonó en una salmodia que rasgó el éxtasis el capellán Soldras desde lo alto de su posición estratégica. Los no-muertos vertían miradas cargadas
de pavor en derredor, tratando de localizar su posición. El salmo sagrado causó un eco entre las paredes montañosas del Desfiladero Thalassiano que magnificó el timbre de su voz. Y finalmente, se hizo la luz.

Una luminaria más brillante que cualquier fuego emanó de las manos del religioso y prendió en los podridos huesos del abanderado renegado, que comenzó a aullar de dolor y a patalear el suelo en espamos de agonía. A los pocos instantes la negrura se apoderó de él, y dejó de moverse. El resto de su compañía militar se agrupó en la formación de erizo e interpusieron una muralla de escudos en forma de calavera ante los elfos, que se aproximaban hacia ellos lentamente, como un verdugo que saborea el cuello de su víctima antes de cercenarlo.
- ¡Sea el fuego el elemento purificador! - Volvió a exclamar el sacerdote, dirigiéndose a los dos magísteres que preparaban un conjuro de lluvia de fuego que rompió el bloque defensivo de los soldados de Sylvanas en una vorágine crematoria que iluminó la noche en una llama purificadora. Aprovechando la desbandada de los renegados, los caballeros de sangre y guerreros cargaron contra ellos y los despedazaron mediante Luz y acero. Ninguno consiguió escapar.
- Que la purga del anatema sea el camino de la Salvación de vuestras almas. Vuestra Santidad ha sellado su resolución en la extinción de estos antinatura. Belore está satisfecho. - Dijo el capellán mientras dedicaba miradas ausentes a los cuerpos abrasados y devastados de los sylvanitas. - Hoy la Patria dormirá tranquila.
- Venerable, ¿qué hacemos con este? - Preguntó una Dama de Sangre que tenía el rostro cubierto por una máscara dorada de gesto impertérrito, vacío de expresividad.
- Santa Esmeldis, me alegra que me lo preguntéis... - El sacerdote clavó sus ojos llameantes en un agonizante renegado que boqueaba patéticamente los últimos estertores de no-vida que se le escapaban poco a poco y le dedicó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

Tras despuntar el alba, una patrulla de forestales en misión de reconocimiento encontraron parte del pavimento del camino del Desfiladero carbonizado con restos de miasma rojizo desperdigado en varios metros a la redonda. Uno de ellos, seguramente un aprendiz todavía, encontró trozos de tela en los que logró distinguir símbolos del blasón de la Dama Oscura.
- ¿Habéis visto eso? - Le despertó de su ensimismamiento el murmuro de sus compañeros de armas.
- ¿El qué? - Inquirió el joven thalassiano en tono curioso. Sus compañeros apuntaron con el dedo a la gran arcada natural de piedra que formaba la entrada natural a Quel'Thalas desde la antigua Lordaeron. De ella pendía el cadáver de un renegado que tenía colgado un letrero que decía en Thalassiano: Purgado.
                               

sábado, 8 de septiembre de 2012

El último vuelo del Fénix: Kyashar I

Secretos - Por Kyashar

– Aelion Sin'Thael.

Una leve sonrisa en sus labios.

– El Capitán – susurró.


¿Hm?

Es la perfecta definición.

Entiendo que no sea suficiente para vosotros, pero no le preguntas a una piedra qué le ha llevado a ser una piedra. Lo es. Y él es el Capitán.

Patria, raza y fidelidad, ¿recordáis? Tres palabras. Los valores de Quel''thalas.

Los tiene grabado a fuego en su alma.

Y por ello os matará.

...

No, no es una amenaza. Una verdad.

Dos o tres moriréis antes de derribarlo.

¿Qué esperabais? ¿Rendición?

Rendirse conlleva fracaso, y nuestra raza ya ha fracasado demasiadas veces.

El exilio, la travesía, la Brecha, El Ojo... No habrá una más.

Muerte y paz antes que otro fracaso.  Y no será algo difícil de conseguir. Buen manejo de la espada. Táctico, experimentado, pero lento y envejecido. No hablemos de su discapacidad. Nunca un ojo ha visto mejor que dos.

Seguramente lo queríais vivo.

Una pena.

¿Qué le queda a alguien cuando le arrebatas aquello por lo que ha luchado toda su vida?

Ah, sí... la familia. Lo que sobrevive de ella.

Es duro perder a tu ser más querido, aquel con quien has jurado permanecer el resto de tu existencia.

Sería igual de duro perder también los frutos de aquella relación.

Usadlos.

Es vuestra única opción.

El corazón, motor de la pasión. A veces consigue nublarte la mente.

Amenazadlo.

La vida de sus hijos por entregarse. Eso le hará olvidar la orden.

Sus principios...

Por supuesto, querido, para eso tendríais que anticiparos... por ello estoy aquí, ¿recuerdas?

Si no quieres que dejen el Reino antes de atraparlos, lo mejor será que os pongáis en marcha.

¿Que faltan dos días para el edicto?  ¿Que tenéis las manos atadas? ¿En qué momento exacto habéis dejado de apresar gente sin motivo alguno por el bien de Quel'thalas?  



Y con esta ya son cincuenta las veces que amenazan con cortarme la lengua de víbora.

Bien.

¿Queréis un motivo?

Este motivo tiene forma de pequeña caja de madera. Una caja escondida en la hacienda del hogar de mi querido Capitán.

La Regencia no vería con buenos ojos lo que guarda su interior.

Requisadla.

Apresad a sus hijos.

Y así le tendréis.

¿Algo más...?

El último vuelo del Fénix: Ava'niel Bel'anare


Diez: Por Tejesol


La noche en Lunargenta era tranquila, una de tantas para el Magíster Ado’ann, que como tantas otras veladas se encontraba repasando sus estudios sobre astromagia. Una sirvienta se presentó con la cabeza agachada en su estancia.

— ¿Sí? — El magíster no alzó la mirada de su pergamino, sujetándose la frente con una mano por el cansancio que suponía absorber en cuestión de un mes lo que los magísteres de Kael tuvieron años para aprender en las instalaciones del Ojo.

—La Magíster Bel’anare desea veros. Dice que es urgente, mi señor. — La sirvienta hizo una reverencia y se retiró cuando Ado’ann ordenó que la hicieran pasar.

La figura de la astromante se alzaba orgullosa e imponente frente a él. Al magíster siempre le había infundido respeto aquella mujer. Su cojera y su aspecto demacrado y frágil eran solo un engaño. En las demostraciones prácticas de conjuración había visto con sus propios ojos como rasgaba el tejido de realidad para invocar hechizos con los que él solo había soñado. 

—Magíster Bel’anare. — El hombre se puso en pie y se dirigió hacia ella, haciendo una reverencia al llegar. La miró a los ojos al alzarse y se percató de una mirada que nunca había visto en ella. A pesar de su pasión por la magia, nunca les había enseñado como si fuesen sus alumnos. Él no era ningún estúpido, al fin y al cabo había sido elegido para ser uno de sus diez aprendices. Sabía que en el fondo, tras capas de protocolos y buenos modales, la astromaga despreciaba con cada pizca de su ser tener que compartir los conocimientos que poseía con aquellos que habían matado a su príncipe. Por un momento pensó que aquello había cambiado y la mujer había encontrado algo en él que le hacía un alumno digno de aquél conocimiento. Sonrió levemente ante la idea.

—Ado’ann. — Empezó a decir, mientras caminaba apoyada sobre su bastón hasta la ventana que daba las calles cercanas a la Corte del Sol. — Siempre has sido mi alumno favorito entre toda ese hatajo de traidores que se hacen llamar magísteres.

—Maestra… No creo que debiera llamarles así. Sé que tenéis diferencias…

— ¿Diferencias? — Le cortó la astromaga, alzando la voz. Él creyó que el cristal a través del que observaba la calle estallaría. — Un Lince y un Trol son diferentes. A ellos y a mí nos separa un mundo. 

—Disculpe, no era mi intención ofenderla. — Se apresuró a rectificar el joven mago. Ella suspiró, de algún modo arrepentida por su arrebato.

—Lo sé. Acércate, tengo algo que decirte. — Le miró de reojo, sonriendo de medio lado. Él asintió y se acercó, cauteloso y curioso en cantidades idénticas.

—Os he hablado ya de las dos grandes mentes de la Astromagia. Capernian y Solarian. Pero no sobre mi relación con ellas. Yo pasé mucho tiempo asistiendo a las enseñanzas de Solarian, aprendiendo de sus estudios del vacío. 

La miró con extrañeza, preguntándose a dónde quería llegar y escuchó en silencio. Tras haber presenciado sus lecciones sabía que interrumpirla era muy mala idea. 

— ¿Sabes cuál es el mayor problema de mirar hacia el vacío? — Preguntó ella, alzando la vista al cielo.

—No, Maestra. ¿Cuál?

—Que te devuelve la mirada. —El tono de la Magíster inquietó al aprendiz, pero siguió escuchando. — La astromagia es un arte tan poderoso como volátil, y solo unos pocos pueden y merecen poseerlo. La regencia no lo comprende y ha colocado a diez magísteres bajo mi tutelaje, que a su vez tendrán a saber cuántos intentos de magos ignorantes sobre lo que un día fue su glorioso Reino.

—Es cierto que soy incapaz de comprender hasta qué punto fue dolorosa su pérdida, yo solo estuve aquí e hice lo que consideré apropiado para el pueblo dentro de mi alcance. No conocí la guerra. 

Ava’niel sonrió con un ápice de tristeza. Él la observó y comprendió que estaba en peligro. Su cuerpo se tensó y sus labios se prepararon para conjurar.

—Para bien o para mal, ojalá la hubieses conocido. — Las palabras de la Astromaga helaron la sangre del magíster. Aunque detectó la tristeza con la que las había pronunciado, no pudo evitar sentir como un ataque de rabia súbita se apoderaba de él. Su instinto de supervivencia gritaba que atacase antes de que fuese demasiado tarde, pero la mezcla de respeto, temor e incertidumbre sobre los acontecimientos que iban a suceder, se lo impidió.

Sin tiempo para reaccionar sobre lo ocurrido, la magíster alzó su mano izquierda, envuelta de repente en algo que jamás había visto. No era negro, ni azul ni violeta, sencillamente, su mano absorbía la luz. Sintió como perdía el equilibrio y empezó a levitar. Toda la estancia perdió la gravedad. Intentó conjurar pero los labios de Ava’niel se movían con presteza, inhabilitando sus hechizos. 

— ¿Por qué? — Alcanzó a gritar, iracundo por no conocer la situación.

—Eres mi alumno favorito. No debo flaquear, Ado’ann. Tu muerte alimentará mi odio hacia los demás, y solo así podré cumplir mi objetivo. — Las palabras de la astromaga iban cargadas de tristeza así como de una convicción llameante. 

—Que los mil Soles te guíen en el más allá, joven. — La mujer golpeó con su bastón en el suelo y una oleada de energía oscura recorrió el cuerpo del muchacho, haciendo que se desvaneciese partícula a partícula en una humareda negra. 

Volvió sobre sus pasos, observando el lugar donde hacía escasos segundos se encontraba el muchacho suspendido en el aire. Cerró los ojos durante unos instantes, aferrándose a su amuleto. Cuando los abrió, un destello ámbar refulgía sobre ellos, como una neblina de ardor espiritual.
La habitación siguió retorciéndose, encontrando nuevos puntos de gravedad más y más pesados a medida que pasaba el tiempo, las paredes se doblaban sobre sí mismas y se resquebrajaban, los muebles se partían en el aire, cada parte buscando su forma de alcanzar ese nuevo punto que tiraba de ellos. Al abrir la puerta de la estancia, Ava’niel volvió a golpear su bastón contra el suelo, haciendo que la sirviente que esperaba fuera se desintegrase en otra humareda de color ónice. 

A medida que la Astromaga caminaba hacia la salida, el pozo de gravedad la seguía, tirando de todo lo que la rodeaba en la casa y dejando no más que un caos de enseres personales destrozados y vigas que escapaban de las paredes, crujiendo y rompiéndose al alcanzar la gravedad. Cuando alcanzó la puerta, miró de nuevo hacia atrás. Apretó la mandíbula y se encorvó, aferrándose a su bastón.

—Selama ashal’anore. — Sentenció, mientras el pozo devoraba todo lo que daba vida a aquél hogar.
Una runa de color azulado apareció bajo ella y su cuerpo se desmaterializó del lugar del asesinato, dejando atrás una burla de lo que fue la casa, una estancia en ruinas de tapicerías arrancadas, paredes combadas y cristaleras rotas.

El último vuelo del Fénix: Kyashar II

Fénix - Primera parte. Por Kyashar

La sin'dorei dibujó una sonrisa en los labios, apoyada en el arco de la ventana que mostraba el exterior, las calles de Lunargenta. Alborotadores y borrachos gritaban consignas en contra de la Regencia y su política mientras caminaban calle arriba en dirección a la Aguja, formando una pequeña procesión a la que se iban sumando unos pocos ciudadanos de a pie, quizá embriagados por la novedad del asunto.

– Precioso – musitó, dándose media vuelta y contemplando el pequeño despacho que le habían otorgado tras su inestimable ayuda al Reino –. Realmente precioso.

Sin perder la sonrisa se dirigió a la mesa llena de pergaminos, sentándose sobre ella tras apartar a un lado algunos documentos sin relevancia que le habían encargado revisar. Con gesto ausente llevó una mano al bolsillo derecho de su pantalón y sacó una pequeña pastilla cristalina, llevándola a la altura de sus ojos mientras la sostenía entre el dedo índice y el pulgar. En el interior del comprimido un liquido de color azulado tintineaba con el movimiento de su propio pulso y la elfa comenzó a juguetear con el pequeño objeto, dándole vueltas en su mano y pasándoselo entre los distintos dedos, ensimismada, sin poder apartar la mirada del líquido que se mecía a un lado y a otro en su prisión. Con un lento suspiro, Kyashar guardó la pastilla de nuevo en el pantalón y se alisó el tabardo, donde una brillante insignia con el distintivo de Lunargenta adornaba su pecho. No tenía nada mejor que hacer que esperar a que la llamaran, que ocurrió en pocos minutos.

...

– Taldemar Nacámbar – inquirió la voz, lacónica.

– Un loco.

Silencio.

– ¿Qué? Es un demente Un demente peligroso. Él y sus amigos, son todos iguales. Ya os he avisado de los problemas que pueden acarrearos. ¿Qué más necesitas? ¿Una localización que ya os he proporcionado hace unos días? ¿Cuántas veces más vamos a hacer esto, Deremyl?

El sin'dorei no respondió, anotando algo en la vitela con su pluma negra. Al terminar alzó la vista y volvió a preguntar con el mismo tono cansado.

– Kelnorz Zaknafein.

Kyashar rió.

– ¿En serio?

Otro silencio.

– Kelnorz Zaknafein.

– Paradero desconocido.

Deremyl alzó la vista de su papiro, mirando a la elfa con los ojos entrecerrados. Su misma mirada de siempre.

– Sí, eso es todo. Desconozco dónde está.

La sala se sumió de nuevo en el silencio, roto únicamente por el sonido de la pluma al escribir unas cortas líneas.

– Kyashar Gyrael.

Ella volvió a reír ligeramente sin abrir la boca.

– Salvadora del Reino. Azote de los Desdichados. Sol Brillante de Quel'thalas. Gloria Eterna de los Bosques, Loto de Fuego, Flor Magnificente del Norte, Poema Sangriento de los hijos de la Sangre...

– Gyrael, basta – suspiró Deremyl, dejando de escribir y separando la pluma del pergamino –. Deje las tonterías para otro momento, aunque sospecho que eso es imposible. Tenemos un asunto importante entre manos, y sus continuas faltas no hacen más que empeorar el proceso a la Guardia Thalassiana.

La sin'dorei sonrió con burla, devolviendo la mirada al escriba de cabello oscuro y aspecto enfermizo.

– ¿Empeorar el proceso? ¿Qué proceso, Deremyl? Estaría encantada de escucharlo de tus propios labios, de que me ilumines, pues hasta donde yo sé, no hay ningún proceso. ¿Qué más necesitáis saber? ¿Qué más hace falta para que empecéis a tomar cartas en el asunto? ¿Una chispa? ¿Una intervención divina? – la elfa ladeó la cabeza hacia su derecha, paseando la vista por la sala y mirando a los soldados armados –. Lo sabéis todo. Sus faltas, sus motivaciones, sus errores, sus excesos, sus debilidades, y hasta el momento no he visto ningún movimiento ni orden para apresarlos por traición al Reino. Os limitáis a esperar, como ovejas, mientras todo se mueve a vuestro alrededor y se os escapa entre los dedos.

El silencio se adueño de la pequeña sala perfumada; apenas durante cinco segundos, encontrándose Kyashar dentro de ella.

– Por cierto, tenéis un bonito grupo de alborotadores agitando las calles de la ciudad mientras seguís mirando.

Deremyl seguía todavía en la misma posición cuando la sin'dorei terminó de hablar. Su rostro no reflejaba emoción alguna, ni siquiera hastío. Juntó las yemas de los dedos de ambas manos despacio y se humedeció el labio antes de responder.

– La justicia Thalassiana se toma su tiempo antes de deliberar, agente Gyrael. No podemos lanzarnos sin conocer antes cada uno de los detalles, por ínfimos que sean. Debemos prepararnos y juzgar qué es lo mejor. Pero no se preocupe en demasía, nos hemos tomado muy en serio los informes sobre la Magistris Belanare y antes de que caiga el sol estará apresada y en disposición de ser juzgada por las atrocidades cometidas en el pasado y presente – el elfo se detuvo para observar con gesto cansado cómo Kyashar sonreía ligeramente–. ¿Qué le hace tanta gracia, Agente?

– Que hayan tenido que morir diez pobres magisteres antes de que hayáis decidido hacer nada. Os puse en aviso con el octavo de ellos y pese a todo dejasteis que fuera a por sus dos últimos aprendices. No creo que haga falta decir que seguramente ambos os agradecen vuestra presteza en el lugar en que se encuentren.

Deremyl se limitó a aguantar la vista impertérrito, humedeciéndose los labios resecos otra vez más.

– Agradecemos su inestimable ayuda al Reino, Gyrael, y sentimos la perdida de esos prometedores Magisteres que tanta ayuda habrían otorgado a Quel'thalas – el elfo guardó silencio unos segundos, separando las yemas de los dedos para volver a recoger su pluma –. Pese a todo, anclarse en el pasado y no ver el futuro es un error que únicamente lleva al fracaso y la condena, como sus antiguos compañeros ya sabrán. Otros prometedores jóvenes ocuparán el lugar de nuestros recién fallecidos magisteres y el curso volverá a su cauce. En cuanto a la magistris Belanare, no se preocupe más por ella. Sabemos lo que tenemos que hacer. Es peligrosa, pero nuestros rompehechizos y  miembros de la guardia arcana no serán rival para alguien tan debil. No escatimaremos en esfuerzos aún así, y como bien nos ha sugerido, llevaremos a nuestros mejores hombres.

El sin'dorei comenzó a limpiar su pluma con un paño de tela que luego desechó a la basura antes de colocar el objeto con sumo cuidado en una caja de madera oscura.

– Me temo que debo despedirla por hoy, Gyrael. Mañana continuaremos, y recuerde que tiene una cita en dos horas con el excelentísimo magíster Sadrael.

– Nunca podría olvidarme de mi queridísimo Sadrael, Deremyl. Gracias a él me encuentro donde me encuentro.

...

Apenas minutos más tarde Kyashar se encontraba otra vez en su despacho, sentada en el alfeizar de la ventana con las piernas colgando en el exterior. Sus dedos sostenían de nuevo la pequeña pastilla y sus ojos permanecían fijos en el movimiento del líquido aprisionado, de manera hipnótica. De las calles de Lunargenta todavía llegaban vítores. abucheos y proclamas; el mismo ambiente desde hace unas semanas con la única diferencia de que hoy hacían más ruido del normal.

En un momento inexacto para ella, las consignas se convirtieron de repente en gritos de guerra y de desafío hacia las autoridades. Tras unos segundos el roce de metal chocando entre si y más gritos inundaron la tarde en ciudad. Kyashar guardó el comprimido en el bolsillo y asomó la cabeza a través del arco de su ventana. A lo lejos, un grupo de agitadores y la Guardia Real combatían en las afueras de la Aguja de Sol.

La sin'dorei bajó de la ventana hacia el interior de la sala mascullando entre dientes mientras buscaba sus utensilios y armas cuando un joven abrió la puerta puerta. Sudaba y resollaba como quien acaba de correr a toda prisa.

– Lo sé, querido, he escuchado los gritos fuera.

El elfo negó con la mano efusivamente, todavía sin aliento para poder hablar. Kyashar alzó una ceja de manera inquisitiva mientras aguardaba.

– Él... – inspiró por la nariz –. El excelentísimo magister Sadrael te hace llamar.

– Todavía quedan noventa minutos para nuestra reunión.

– No... no es eso – el sin'dorei apoyó las manos en las rodillas, encorvado, cogiendo aire –. Han irrumpido en la Aguja de Sol. Un grupo armado con el símbolo de un fénix bicéfalo. Han... han secuestrado al Regente.

Kyashar ladeó la cabeza.

Cerró los ojos.

Y finalmente suspiró. Con fastidio.

– Serán estúpidos

Continuará...

El último vuelo del Fénix: Maldathar

El lucero del alba brillaba con rabia sobre un firmamento despejado y gris, brumoso. La primavera eterna de Quel'thalas conservaba todos los matices propios de la estación de la fertilidad contemplados al detalle: Lluvias sorpresivas y cálidas, brisa tibia y un suave rocío que empañaba los amaneceres con una tenue neblina y los refrescaba, lavando el cielo y preparando los bosques para el primer rayo del Sol.

El magíster Maldathar Ilvana, de pie en el jardín, se llevaba a los labios una boquilla de cristal tallado cargada de polvo de maná y contemplaba el punto exacto por el que sabía que éste haría irrupción. Lo había localizado en los últimos meses: un hueco esquivo entre dos árboles de hojas doradas, un pequeño resquicio a través del cual el primer rayo de Belore se abría paso como un filo cortante e indómito.

Lo esperaba con aire desapasionado, apoyado el trasero en la mesa de mármol y una mano cruzada lánguidamente en torno a su propia cintura. Hacía poco más de una hora que había vuelto a casa. Se había bañado y arreglado los cabellos, había consumido un par de cristales y luego se había aplicado uno de esos afeites caros que raramente usaba para ocultar por completo las huellas de cansancio, que ya comenzaban a despuntar en su rostro. Luego se vistió con una de sus togas favoritas, de terciopelo negro y rojo y salió a la frescura del jardín.

En el interior de la casa, todos dormían aún. Nadie le estaba mirando y sin embargo, su expresión y su pose seguían siendo teatrales. Entre sus pensamientos, lentos y melancólicos, se abrió paso uno totalmente fuera de lugar: Debería poner un espejo en el jardín. Aquella idea tan inoportuna le consoló extrañamente y le hizo esbozar una media sonrisa.

A través de los árboles, a lo lejos, la bruma se volvió transparente y luminosa. El magíster entornó las pestañas, aguardando. El resplandor dorado y blanco fue cubriéndolo todo y el amanecer llegó al fin. Arrojó su primer haz de luz, que atravesó el bosque y encendió las hojas de los árboles, pintó sus contornos de oro incandescente y pareció barrer de un soplo la neblina, despertar al mundo, devolverle sus colores.

Maldathar hizo una mueca de molestia. La luz directa tras las noches sin dormir y los días de frenética actividad le hirió los ojos como si alguien hubiera acercado una llama a sus pupilas. Aguantó, sin embargo, hasta que la primera estocada se diluyó y Belore terminó de despertar, desperezándose y anunciando su presencia a gritos. Entonces suspiró y apartó la vista, volviéndola hacia la verja de acceso al jardín. Los pies de dos caballeros de sangre se hundían con fuerza sobre el camino de gravilla, haciendo saltar algunas piedrecitas entre las botas negras y rojas. El magíster se apartó de la mesa y se acercó al portón de forja para abrirlo.

Recibió a los caballeros con una media sonrisa burlona y mirándoles de arriba a abajo. Los caballeros le devolvieron una mirada serena y firme, de soldados.

—¿Sois el magíster Maldathar Ilvana?—preguntó uno de ellos, pelirrojo y de rostro cuadrado.

—El mismo. ¿En qué les puedo ayudar?

—Tenemos órdenes de escoltarle a la ciudad, magíster.

Maldathar ladeó la cabeza, recreándose en la escena. Sabía cómo terminaría, no necesitaba leer ningún guión ni cuestionarse posibilidades. También sabía la respuesta a la pregunta que hizo a continuación, pero al fin y al cabo, conocer la respuesta no era motivo para no preguntar.

—¿Puedo saber de quién?

Era lo que se esperaba. El guión que conocía sin haberlo leído. Los soldados dudaron un momento y después, el otro, que era moreno y llevaba el pelo recogido a un lado en un peinado bastante poco viril, respondió:

—Del Lord Magíster Sadrael, señor. Desea hablar con vos y haceros algunas preguntas sobre lo ocurrido en la Aguja Furia del Sol.

Maldathar alzó las cejas, fingió la adecuada sorpresa y después asintió, exhalando una nubecilla de humo azul entre los labios.

—Claro. Vamos, pues. No hagamos esperar a su excelencia.

Los dos Caballeros de Sangre se hicieron a un lado, esperando a que saliera al exterior.

Maldathar cruzó la salida y cerró la verja por fuera. Después miró a uno y a otro y echó a andar con un caminar gentil, un brazo flexionado para recogerse la larga manga de la toga y el otro medio alzado para sostener la boquilla de cristal cerca de los labios. Los dos Caballeros le siguieron, uno a cada lado, mirando hacia adelante y con los rostros severos e inexpresivos.

El magíster volvió a sonreír y sus ojos se iluminaron con un brillo cínico y burlón.

—¿Saben? Siempre me han gustado las escoltas. Me hacen sentir importante.

. . .

Escrito por Maldathar en el foro oficial

El último vuelo del Fénix: Nhemil

En las horas calurosas del comienzo de la tarde, cuando las plazas iban vaciándose gradualmente de vida y el vecindario se afanaba en volver al refugio del hogar para disolver las preocupaciones de la mañana entre sorbos de vino dulce y un suculento almuerzo, un elfo caminaba por las calles de la ciudad a paso apurado, evitando a los comerciantes que terminaban de cargar en sus carretas el género que no habían podido vender. Su humilde atuendo, que carecía de insignias, indicaba que no era soldado ni estaba al servicio de ningún señor, lo cual le permitía pasar inadvertido en el barrio mercantil de Lunargenta.
Se dirigía a un edificio de tres alturas situado a cien metros de la herrería, sintiendo el mordisco del sol sobre los hombros y contra la nuca, que quedaba a la vista tal y como llevaba recogida la larga melena rojiza. La fachada, de un tostado claro como el resto de fincas que había por la zona, tenía un portón de madera natural con herrajes dorados, ventanas de cristal tintado en la segunda planta y un amplio balcón en la última, desde donde se podía apreciar gran parte de El Bazar. Allí en lo alto, apoyada en la balaustrada en actitud indolente, había una figura a la cual la radiante luz del mediodía no parecía incomodarle. No daba la impresión de haber reparado en que estaba siendo observada.
A medida que subía los escalones en dirección a la entrada volvía a dudar en si aventurarse hasta aquel sitio había sido una buena idea, pero el temor a sufrir las consecuencias de todo lo que se estaba desencadenando le dio valor para dar los últimos pasos y plantarse frente al portón. Como de costumbre, el asistente le abrió inmediatamente tras haber llamado con una secuencia de tres golpes, recibiéndole con una sonrisilla petulante al reconocer al elfo que había bajo el disfraz.

— Buenas tardes, lord Thailessin— saludó el chico tras cerrar a sus espaldas en cuanto entró—. ¿Qué tal el camino desde la Corte? ¿Habéis tenido tiempo de echarle un vistazo al mercado? Se oyen cosas muy interesantes estos días.

La cara angulosa y lampiña del susodicho ni se inmutó. Estaba habituado a disimular. En la esfera en la que se desenvolvía diariamente debía medir muy bien sus respuestas y no revelar sus verdaderas opiniones. Además, conocía de sobra el carácter del joven asistente como para dejarse provocar por su insolencia.

— Ha sido un paseo agradable, Edmmar, gracias por tu interés. ¿He venido en mal momento? Me gustaría tratar unas cuestiones con Laucian. No le robaré demasiado tiempo.

— Creo que el señor Laucian ya esperaba vuestra visita, señor, de todas formas iré a asegurarme de que pueda atenderos. ¿Puedo ofreceros algún refrigerio si todavía no habéis almorzado? ¿Quizá algo de beber?

— No, gracias— le sonrió, como si apreciara el gesto—. Esperaré aquí mientras.

En cuanto se hubo quedado solo, Thailessin extrajo un pañuelo del bolsillo interior de su túnica y se lo pasó por la frente, secando las perlas de sudor. Las llamas azules de las lámparas de pie adían con fuerza, ya que no había ninguna abertura en aquella sala por la que entrase luz natural. El suelo, de baldosas grises como la antracita, estaba cubierto por pesadas alfombas de un borgoña liso, color que compartían también los tapices que colgaban en las paredes, portando el emblema del Reino. El mobiliario era escaso: poco más que un par de sillones y una mesa baja en la que reposaban algunos ejemplares viejos de la gaceta informativa de la ciudad. Ojalá no se demorasen en hacerle subir. Aquel lugar le resultaba agobiante.
La espera, por fortuna, fue breve. Edmmar apareció con su habitual mueca de engreída diversión y lo guió escaleras arriba, a pesar de que ya había estado otras veces en aquel sitio y podría haber encontrado el camino por si solo. Se dejó conducir sin proferir palabra, observando el efecto de la luz ensangrentada que derramaban las vidrieras cromáticas de la segunda planta, tiñendo los espacios que tocaba de rojo. Algo en esa visión le hizo estremecerse involuntariamente y aligerar la marcha, maldiciendo en su fuero interno al asistente, que parecía tardarse de forma intencionada en subir los peldaños. Cuando por fin llegaron al último piso Thailessin volvía a sudar por los nervios.

— Mi buen señor, confío en que tendréis una reunión interesante— le susurró el joven, deteniendo la mano sobre el picaporte dorado, que tenía forma de cabeza de halcón. La satisfacción que manifestaban sus ojos le hizo sospechar que ahí dentro iba a encontrar algo que no sería de su agrado. Edmmar llamó con suavidad para anunciar su llegada y acto seguido empujó la puerta, haciéndose a un lado para dejarle entrar.

Al poner un pie en la sala tuvo que parpadear un par de veces para acostumbrar los ojos a la abundante luz solar que se colaba desde el balcón abierto y parecía llenar toda la habitación. Le vino el aroma azucarado de esas flores blancas y amarillas que suelen decorar los tocados de las damas durante los festivales en honor a la primavera eterna. Thailessin, que siempre se había jactado de saber muchas cosas, curiosamente no conocía el nombre de aquellas flores.

— ¡Ver'allah! ¿¡Pero qué estáis haciendo aquí!?

El sobresalto casi le hizo dar un respingo al escuchar aquella voz que tan bien conocía. Retrocedió como si fuera a esquivar un golpe, encontrándose con una expresión igual de estupefacta que la suya en el rostro de Gelsidras Fylaevion, magíster del Reino de Quel'Thalas. Este, al verlo entrar, se había levantado súbitamente del asiento que había ocupado y lo observaba con el mismo estupor con el que miraría a un orinal que hubiese aprendido a dar los buenos días.

— Me ha traído lo mismo que a vos, Fylaevion— respondió una vez recuperado de la sorpresa. Frunció el ceño al percatarse de que su colega no se había tomado la molestia de intentar fingir ser otra persona. Hasta lucía sobre la espalda el pesado manto de terciopelo rojo con bordes de armiño que tanto llamaba la atención—. No os escandalicéis tanto y recoged vuestra pipa; se os ha caído al suelo. ¿Dónde está Laucian?

— Si habéis venido por el mismo motivo, el magíster Fylaevion os ha ahorrado exlicaciones, Ver'allah— dijo una voz a su espalda, desde el balcón. Thailessin le saludó con una reverencia y aceptó el puesto que le ofrecía Laucian para sentarse, junto al otro magíster—. Pero os doy la misma respuesta que a vuestro colega: No sé nada de las reacciones de los Furia del Sol que recibieron el perdon del Regente. Lamento no seros de ayuda.

Thailessin recibió la respuesta con incredulidad, pero el otro se le adelantó antes de que pudiera pronunciar palabra.

— Eso no puede ser cierto, Laucian— replicaba Gelsidras no por primera vez, haciendo aspavientos con la mano que sujetaba la pipa de fumar—. Vuestro hermano menor forma parte de la orden que fundaron a su regreso. Debe haber esuchado a sus superiores mencionar algo. No me creo que hayan recibido con agrado la noticia de que pasan a formar parte del Ejército Thalassiano bajo las órdenes del Regente justo ahora que Garrosh nos demanda soldados para la guerra. Están surgiendo pensamientos muy peligrosos entre la nación. Cada vez son más los que se muestran disconformes con la alianza que nos une a la Horda, los que añoran los tiempos en los que Quel'Thalas era un Reino independiente. ¿Os hacéis una mínima idea de lo que podría pasar si esos Furia del Sol alentasen a esa parte de la ciudadanía a oponerse a la Regencia y a nuestros aliados?

Él era de la misma opinión en lo que respectaba a la información que podía tener Laucian. Nhemil Sil'niden, que habría encajado más por su carácter sirviendo a Belore en el Templo y no como Caballero de Sangre, no podía haber ingresado en el Ala de Fénix por voluntad propia. Era evidente que su incorporación había sido cosa de Laucian, que se había servido de su ingenuo hermano pequeño para tener acceso a la información de la polémica orden.

— Decidle avuestro hermano que venga, Laucian— exigía Gelsidras, cada vez más exaltado—. Que nos diga el muchacho si escuchó o no escuchó nada.

Debía reconocer que era un movimiento hábil. Notarían de inmediato si el chico les estaba mintiendo, y entonces podrían presionarle para que les dijera la verdad. El magíster miró al elfo para observar su reacción, pero no logró percibir ni una gota de intranquilidad en él.

—Hmm... —el sonido le recordó al ronroneo perezoso de un felino grande—. Me gustaría complacer vuestra petición, pero me temo que eso no va a ser posible.

— ¿Y por qué motivo?— inquirió el magíster, que había estado intentando fumar su pipa sin darse cuenta de que llevaba largo rato apagada. Estrechó los ojos como si se oliera un engaño.

— Porque se encuentra en estado grave tras haber recibido el ataque de un exaltado. El Venerable que le atendió no nos asegura que vaya a sobrevivir.

Debía ser todo un espectáculo apreciar cómo, al unísono, los semblantes de los dos magistri iban demudando de expresión para congelarse en una mueca de confusión total. No era solamente por la noticia, que desde luego era horrible, sino por el desapego con el que Laucian había revelado que alguien tan próximo a él podía morir.

— ¿Es... es eso cierto? ¿No es...? No será una invención vuestra para darnos evasivas, ¿verdad?

A pesar de haber suavizado su tono, el magíster había sido incapaz de encontrar unas palabras más adecuadas para exteriorizar su duda. Cualquiera podría haberse sentido ofendido, pero el elfo rubio se limitó a alzar una ceja con extrañeza antes de responder, tan imperturbable como de costumbre.

— No. Podéis hacerle una visita para quedar fuera de dudas—. Se encogió de hombros y caminó hasta llegar a su escritorio, tomando asiento en la butaca de cuero que había tras él. Cogió el primer sobre de la pequeña montaña que había de correspondencia sin abrir y rompió el sello de cera, desplegando el papel. Ni siquiera los miró al despedirles— Si no hay otra cosa en la que pueda seros de ayuda, agradecería que me dejárais libre para atender mis propios asuntos. Al diel shala.

Ambos se levantaron sin añadir nada más que las palabras de cortesía antes de abrir la puerta del despacho y abandonarlo, descubriendo que Edmmar se encontraba esperándoles con una sonrisa desagradable para acompañarles a la salida. En esta ocasión el recorrido por la escalera se hizo corto como un abrir y cerrar de ojos. El pesado portón se cerró tras ellos sin hacer apenas ruido. La pareja de magistri se detuvo al bajar el último peldaño hasta la acera y compartieron en silencio una mirada inquieta, sintiendo que comprendían menos que cuando habían llegado en busca de explicaciones.

Frente a ellos, una repentina ráfaga de aire agitó con violencia el pendón de Lunargenta, creando durante escasos segundos la ilusión de que el fénix dorado se debatía para arrancar las alas del fondo carmesí y escapar para volar libre sobre el cielo.




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Escrito por Nhemil en el foro oficial
                               

El último vuelo del Fénix: El mago misterioso

Skirden cabalgaba con brío, disfrutando de la velocidad. Sus pezuñas hollaban la tierra blanda y negra, y la hierba siempre tierna de Quel’thalas le humedecía de rocío las patas. En ocasiones como esa, cuando su señor aflojaba la férrea tensión de las riendas, Skirden sabía que podía dejarse llevar y  galopar libremente. En aquellos momentos, su señor dejaba de ser el amo severo y dominante y se convertía en un agradable aliado que no le clavaba las espuelas ni le forzaba a asumir ningún ritmo distinto al que su naturaleza fogosa le dictase. Aquellas cabalgadas libres y salvajes forjaban entre ambos un extraño vínculo que Skirden sabía reconocer.

Él era un corcel de batalla, grande, musculoso y un poco temperamental que no se asustaba de la plaga, de los demonios, ni siquiera del fuego. Había destrozado esqueletos reanimados con sus patas, había atravesado columnas de llamas, chamuscándose las crines, había cargado contra demonios. Y tras todas aquellas hazañas, había sido apartado, relegado, desechado como un viejo inútil. Su señor le había rescatado de un destino lamentable para un caballo de guerra thalassiano, como arar los campos de algún terrateniente de Páramos de Poniente, y aunque Skirden no podía comprender esto de forma racional, sentía una gratitud instintiva hacia aquel elfo con un ojo tapado que le había vuelto a llevar al combate y a los procederes que conocía bien, para los que había sido entrenado toda su vida.

Llegaron a un arroyo y el corcel se detuvo para beber. Estaba sediento. Su señor se bajó de su lomo y el traje de hierro que llevaba entrechocó cuando apoyó los pies en el suelo. Le palmeó el cuello mientras bebía y le dijo algo al oído. Skirden captó el tono grave y suave de su voz y supo que algo preocupaba a su señor.  Le miró y le empujó la mejilla con el morro. Su amo no se lo tomó muy bien, aparentemente, pero volvió a acariciarle el cuello.

A pocos metros de donde ambos se encontraban, hizo su aparición una segunda figura. Skirden miró al elfo. Era alto y vestía de rojo y morado. Llevaba el rostro cubierto por una caperuza de combate que le tapaba las facciones y también el cabello, pero sus ojos verdes resplandecían intensamente. Caminaba apoyándose en un báculo. Skirden abrió los ollares y resopló; el desconocido desprendía un fuerte olor a magia.

-No deberíais estar aquí-dijo su amo, dirigiéndose a la figura-. Podrían vernos.

-Admiro vuestra desenvoltura, milord. Sois muy osado al decirme lo que debería o no debería hacer.

El elfo embozado dijo esto sin hacer el menor gesto de altivez, con un tono natural y casi cariñoso, como si se dirigiera a un joven disoluto.  Su amo no pareció tomarse esto a mal, por el contrario, inclinó levemente la cabeza.

-Disculpadme. Selama ashal’anore. No esperaba veros.

-Lo sé.

Ambos se miraron en silencio durante un rato. El elfo del báculo paseó la mirada a su alrededor durante unos segundos, como si quisiera contemplar el paisaje. A Skirden, sin embargo, aquel gesto le recordaba al de algunos felinos de los bosques cuando comprueban que no hay olores extraños en su territorio. Sacudió la cabeza y relinchó, inclinándose de nuevo para beber agua mientras su amo y el extraño hablaban.

-La situación se está complicando-dijo el extraño-. Esos Santos o como quiera que se hagan llamar causarán un problema diplomático con Entrañas si siguen matando Renegados.

-¿No lo han causado aún?

-No que yo sepa. Parece que los sirvientes de la Reina Alma en Pena están demasiado ocupados en poner veneno para perros alrededor de la Muralla de Cringris.

-Supongo que eso nos conviene.

-Tarde o temprano se sabrá. Espero que estéis totalmente desvinculados de esa gente.
Skirden resopló. Su amo le dio un par de palmaditas en el cuello y elevó el labio superior en una mueca de desprecio, gruñendo un poco.

-Nacámbar se les unió. He cortado todos los hilos que nos unen a él y los diplomáticos trabajan para que quede claro nuestro posicionamiento al respecto.

El hombre embozado asintió lentamente y miró alrededor de nuevo.

-Las reivinidicaciones de los Santos son útiles por el momento, pero si su poder crece demasiado, llegarían a ser un problema. Puede que se les unan otros.

-Puede.

-La servidumbre a la Horda empieza a demostrarse excesiva. Al menos a ojos de cualquiera  que no se pase el día fumando maná y se interese un mínimo por su patria. Antes o después, habrá disturbios en Quel’thalas. Solo estamos posponiendo lo inevitable. – El elfo embozado suspiró, de pronto parecía cansado. –El decreto sobre la absorción de las milicias por parte del Ejército Thalassiano se aprobará hoy. ¿Habéis tomado alguna decisión al respecto?

Skirden percibió al instante la súbita tensión de su amo. Era la misma que le asaltaba cuando se encontraban con imprevistos en el combate, entonces le clavaba los muslos y le hincaba las espuelas casi sin querer. Skirden no necesitaba, no obstante, esas señales físicas para captar su estado de ánimo.

-Esperaba alguna orden de mis superiores.

-Dudo que vuestros superiores puedan pronunciarse de forma oficial sin poner en tela de juicio sus lealtades, milord-replicó el elfo embozado, con cierto paternalismo-. Presumo que esta decisión os corresponde sólo a vos.

-En ese caso-repuso el elfo del parche, irguiéndose-recibiréis la respuesta cuando llegue la hora.

-¿No os fiáis de mi?

-Me fío de vos. Pero no voy a responder por las vidas de mis hombres, sólo por la mía.

El elfo embozado se quedó en silencio, observando fijamente a su amo. Skirden percibía la tensión. Después, el mago pareció relajarse de nuevo y sus ojos se tiñeron de nostalgia.

-Sé que no queréis oír esto, milord, pero se supone, y vos lo sabéis tan bien como yo, que eso es lo que hace un líder militar. Responder por las vidas de sus hombres. –Los dedos del elfo del parche se cerraron sobre las crines de Skirden, que pateó un poco el suelo. Empezaba a ponerse nervioso. –Es ese peso el que los hombres como vos deben llevar sobre sí. De entre vuestros soldados, algunos entregaron su vida al reino, otros al Regente, otros a sí mismos y su propia prosperidad. Otros os entregaron sus vidas a vos. Y estos harán lo que decidáis. No romperán filas fácilmente.

El elfo del parche apretó los dientes. El corcel sacudió la cabeza y relinchó, su corazón empezaba a latir deprisa. Cuando su amo apoyó la bota en el estribo y montó casi de un salto, caracoleó, agitado, aguardando la señal.

-Señor, nuestra Orden no servirá a la Horda, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Y si para servir a Quel’thalas tenemos que ir contra la Horda, contra la Regencia o contra todos los malditos ejércitos de Azeroth, así será.

El elfo embozado asintió con la cabeza.

-Espero entonces que no temáis a la muerte.

-Llevo esperando la muerte muchos años. Si eso es lo que esta decisión me depara, al menos no moriré en la vergüenza y la servidumbre a los orcos.

Skirden se levantó sobre dos patas.

-Espero que eso no suceda. Perder tantos buenos soldados... -dijo el elfo embozado, inclinándose a modo de despedida-.  El Reino Legítimo los necesitará. Patria, Raza y Fidelidad, milord.

-Selama ashal’anore, señor.

Skirden sintió el fuego crecer en su interior. No necesitó que su amo le espoleara. Partió al galope y se internó en el bosque, esquivando los altos árboles, saltando sobre los troncos caídos. Saboreaba la angustia, la tensión, ese peso que parecía incalculable sobre los hombros de su amo. Pero a medida que cabalgaba, salvaje y libre, su fuego fue reduciéndolo todo a cenizas hasta que solo quedaron las llamas, la ligereza del galope y aquel vínculo inexplicable de gratitud entre los dos.





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Escrito por Aelion