sábado, 8 de septiembre de 2012

El último vuelo del Fénix: Maldathar

El lucero del alba brillaba con rabia sobre un firmamento despejado y gris, brumoso. La primavera eterna de Quel'thalas conservaba todos los matices propios de la estación de la fertilidad contemplados al detalle: Lluvias sorpresivas y cálidas, brisa tibia y un suave rocío que empañaba los amaneceres con una tenue neblina y los refrescaba, lavando el cielo y preparando los bosques para el primer rayo del Sol.

El magíster Maldathar Ilvana, de pie en el jardín, se llevaba a los labios una boquilla de cristal tallado cargada de polvo de maná y contemplaba el punto exacto por el que sabía que éste haría irrupción. Lo había localizado en los últimos meses: un hueco esquivo entre dos árboles de hojas doradas, un pequeño resquicio a través del cual el primer rayo de Belore se abría paso como un filo cortante e indómito.

Lo esperaba con aire desapasionado, apoyado el trasero en la mesa de mármol y una mano cruzada lánguidamente en torno a su propia cintura. Hacía poco más de una hora que había vuelto a casa. Se había bañado y arreglado los cabellos, había consumido un par de cristales y luego se había aplicado uno de esos afeites caros que raramente usaba para ocultar por completo las huellas de cansancio, que ya comenzaban a despuntar en su rostro. Luego se vistió con una de sus togas favoritas, de terciopelo negro y rojo y salió a la frescura del jardín.

En el interior de la casa, todos dormían aún. Nadie le estaba mirando y sin embargo, su expresión y su pose seguían siendo teatrales. Entre sus pensamientos, lentos y melancólicos, se abrió paso uno totalmente fuera de lugar: Debería poner un espejo en el jardín. Aquella idea tan inoportuna le consoló extrañamente y le hizo esbozar una media sonrisa.

A través de los árboles, a lo lejos, la bruma se volvió transparente y luminosa. El magíster entornó las pestañas, aguardando. El resplandor dorado y blanco fue cubriéndolo todo y el amanecer llegó al fin. Arrojó su primer haz de luz, que atravesó el bosque y encendió las hojas de los árboles, pintó sus contornos de oro incandescente y pareció barrer de un soplo la neblina, despertar al mundo, devolverle sus colores.

Maldathar hizo una mueca de molestia. La luz directa tras las noches sin dormir y los días de frenética actividad le hirió los ojos como si alguien hubiera acercado una llama a sus pupilas. Aguantó, sin embargo, hasta que la primera estocada se diluyó y Belore terminó de despertar, desperezándose y anunciando su presencia a gritos. Entonces suspiró y apartó la vista, volviéndola hacia la verja de acceso al jardín. Los pies de dos caballeros de sangre se hundían con fuerza sobre el camino de gravilla, haciendo saltar algunas piedrecitas entre las botas negras y rojas. El magíster se apartó de la mesa y se acercó al portón de forja para abrirlo.

Recibió a los caballeros con una media sonrisa burlona y mirándoles de arriba a abajo. Los caballeros le devolvieron una mirada serena y firme, de soldados.

—¿Sois el magíster Maldathar Ilvana?—preguntó uno de ellos, pelirrojo y de rostro cuadrado.

—El mismo. ¿En qué les puedo ayudar?

—Tenemos órdenes de escoltarle a la ciudad, magíster.

Maldathar ladeó la cabeza, recreándose en la escena. Sabía cómo terminaría, no necesitaba leer ningún guión ni cuestionarse posibilidades. También sabía la respuesta a la pregunta que hizo a continuación, pero al fin y al cabo, conocer la respuesta no era motivo para no preguntar.

—¿Puedo saber de quién?

Era lo que se esperaba. El guión que conocía sin haberlo leído. Los soldados dudaron un momento y después, el otro, que era moreno y llevaba el pelo recogido a un lado en un peinado bastante poco viril, respondió:

—Del Lord Magíster Sadrael, señor. Desea hablar con vos y haceros algunas preguntas sobre lo ocurrido en la Aguja Furia del Sol.

Maldathar alzó las cejas, fingió la adecuada sorpresa y después asintió, exhalando una nubecilla de humo azul entre los labios.

—Claro. Vamos, pues. No hagamos esperar a su excelencia.

Los dos Caballeros de Sangre se hicieron a un lado, esperando a que saliera al exterior.

Maldathar cruzó la salida y cerró la verja por fuera. Después miró a uno y a otro y echó a andar con un caminar gentil, un brazo flexionado para recogerse la larga manga de la toga y el otro medio alzado para sostener la boquilla de cristal cerca de los labios. Los dos Caballeros le siguieron, uno a cada lado, mirando hacia adelante y con los rostros severos e inexpresivos.

El magíster volvió a sonreír y sus ojos se iluminaron con un brillo cínico y burlón.

—¿Saben? Siempre me han gustado las escoltas. Me hacen sentir importante.

. . .

Escrito por Maldathar en el foro oficial

El último vuelo del Fénix: Nhemil

En las horas calurosas del comienzo de la tarde, cuando las plazas iban vaciándose gradualmente de vida y el vecindario se afanaba en volver al refugio del hogar para disolver las preocupaciones de la mañana entre sorbos de vino dulce y un suculento almuerzo, un elfo caminaba por las calles de la ciudad a paso apurado, evitando a los comerciantes que terminaban de cargar en sus carretas el género que no habían podido vender. Su humilde atuendo, que carecía de insignias, indicaba que no era soldado ni estaba al servicio de ningún señor, lo cual le permitía pasar inadvertido en el barrio mercantil de Lunargenta.
Se dirigía a un edificio de tres alturas situado a cien metros de la herrería, sintiendo el mordisco del sol sobre los hombros y contra la nuca, que quedaba a la vista tal y como llevaba recogida la larga melena rojiza. La fachada, de un tostado claro como el resto de fincas que había por la zona, tenía un portón de madera natural con herrajes dorados, ventanas de cristal tintado en la segunda planta y un amplio balcón en la última, desde donde se podía apreciar gran parte de El Bazar. Allí en lo alto, apoyada en la balaustrada en actitud indolente, había una figura a la cual la radiante luz del mediodía no parecía incomodarle. No daba la impresión de haber reparado en que estaba siendo observada.
A medida que subía los escalones en dirección a la entrada volvía a dudar en si aventurarse hasta aquel sitio había sido una buena idea, pero el temor a sufrir las consecuencias de todo lo que se estaba desencadenando le dio valor para dar los últimos pasos y plantarse frente al portón. Como de costumbre, el asistente le abrió inmediatamente tras haber llamado con una secuencia de tres golpes, recibiéndole con una sonrisilla petulante al reconocer al elfo que había bajo el disfraz.

— Buenas tardes, lord Thailessin— saludó el chico tras cerrar a sus espaldas en cuanto entró—. ¿Qué tal el camino desde la Corte? ¿Habéis tenido tiempo de echarle un vistazo al mercado? Se oyen cosas muy interesantes estos días.

La cara angulosa y lampiña del susodicho ni se inmutó. Estaba habituado a disimular. En la esfera en la que se desenvolvía diariamente debía medir muy bien sus respuestas y no revelar sus verdaderas opiniones. Además, conocía de sobra el carácter del joven asistente como para dejarse provocar por su insolencia.

— Ha sido un paseo agradable, Edmmar, gracias por tu interés. ¿He venido en mal momento? Me gustaría tratar unas cuestiones con Laucian. No le robaré demasiado tiempo.

— Creo que el señor Laucian ya esperaba vuestra visita, señor, de todas formas iré a asegurarme de que pueda atenderos. ¿Puedo ofreceros algún refrigerio si todavía no habéis almorzado? ¿Quizá algo de beber?

— No, gracias— le sonrió, como si apreciara el gesto—. Esperaré aquí mientras.

En cuanto se hubo quedado solo, Thailessin extrajo un pañuelo del bolsillo interior de su túnica y se lo pasó por la frente, secando las perlas de sudor. Las llamas azules de las lámparas de pie adían con fuerza, ya que no había ninguna abertura en aquella sala por la que entrase luz natural. El suelo, de baldosas grises como la antracita, estaba cubierto por pesadas alfombas de un borgoña liso, color que compartían también los tapices que colgaban en las paredes, portando el emblema del Reino. El mobiliario era escaso: poco más que un par de sillones y una mesa baja en la que reposaban algunos ejemplares viejos de la gaceta informativa de la ciudad. Ojalá no se demorasen en hacerle subir. Aquel lugar le resultaba agobiante.
La espera, por fortuna, fue breve. Edmmar apareció con su habitual mueca de engreída diversión y lo guió escaleras arriba, a pesar de que ya había estado otras veces en aquel sitio y podría haber encontrado el camino por si solo. Se dejó conducir sin proferir palabra, observando el efecto de la luz ensangrentada que derramaban las vidrieras cromáticas de la segunda planta, tiñendo los espacios que tocaba de rojo. Algo en esa visión le hizo estremecerse involuntariamente y aligerar la marcha, maldiciendo en su fuero interno al asistente, que parecía tardarse de forma intencionada en subir los peldaños. Cuando por fin llegaron al último piso Thailessin volvía a sudar por los nervios.

— Mi buen señor, confío en que tendréis una reunión interesante— le susurró el joven, deteniendo la mano sobre el picaporte dorado, que tenía forma de cabeza de halcón. La satisfacción que manifestaban sus ojos le hizo sospechar que ahí dentro iba a encontrar algo que no sería de su agrado. Edmmar llamó con suavidad para anunciar su llegada y acto seguido empujó la puerta, haciéndose a un lado para dejarle entrar.

Al poner un pie en la sala tuvo que parpadear un par de veces para acostumbrar los ojos a la abundante luz solar que se colaba desde el balcón abierto y parecía llenar toda la habitación. Le vino el aroma azucarado de esas flores blancas y amarillas que suelen decorar los tocados de las damas durante los festivales en honor a la primavera eterna. Thailessin, que siempre se había jactado de saber muchas cosas, curiosamente no conocía el nombre de aquellas flores.

— ¡Ver'allah! ¿¡Pero qué estáis haciendo aquí!?

El sobresalto casi le hizo dar un respingo al escuchar aquella voz que tan bien conocía. Retrocedió como si fuera a esquivar un golpe, encontrándose con una expresión igual de estupefacta que la suya en el rostro de Gelsidras Fylaevion, magíster del Reino de Quel'Thalas. Este, al verlo entrar, se había levantado súbitamente del asiento que había ocupado y lo observaba con el mismo estupor con el que miraría a un orinal que hubiese aprendido a dar los buenos días.

— Me ha traído lo mismo que a vos, Fylaevion— respondió una vez recuperado de la sorpresa. Frunció el ceño al percatarse de que su colega no se había tomado la molestia de intentar fingir ser otra persona. Hasta lucía sobre la espalda el pesado manto de terciopelo rojo con bordes de armiño que tanto llamaba la atención—. No os escandalicéis tanto y recoged vuestra pipa; se os ha caído al suelo. ¿Dónde está Laucian?

— Si habéis venido por el mismo motivo, el magíster Fylaevion os ha ahorrado exlicaciones, Ver'allah— dijo una voz a su espalda, desde el balcón. Thailessin le saludó con una reverencia y aceptó el puesto que le ofrecía Laucian para sentarse, junto al otro magíster—. Pero os doy la misma respuesta que a vuestro colega: No sé nada de las reacciones de los Furia del Sol que recibieron el perdon del Regente. Lamento no seros de ayuda.

Thailessin recibió la respuesta con incredulidad, pero el otro se le adelantó antes de que pudiera pronunciar palabra.

— Eso no puede ser cierto, Laucian— replicaba Gelsidras no por primera vez, haciendo aspavientos con la mano que sujetaba la pipa de fumar—. Vuestro hermano menor forma parte de la orden que fundaron a su regreso. Debe haber esuchado a sus superiores mencionar algo. No me creo que hayan recibido con agrado la noticia de que pasan a formar parte del Ejército Thalassiano bajo las órdenes del Regente justo ahora que Garrosh nos demanda soldados para la guerra. Están surgiendo pensamientos muy peligrosos entre la nación. Cada vez son más los que se muestran disconformes con la alianza que nos une a la Horda, los que añoran los tiempos en los que Quel'Thalas era un Reino independiente. ¿Os hacéis una mínima idea de lo que podría pasar si esos Furia del Sol alentasen a esa parte de la ciudadanía a oponerse a la Regencia y a nuestros aliados?

Él era de la misma opinión en lo que respectaba a la información que podía tener Laucian. Nhemil Sil'niden, que habría encajado más por su carácter sirviendo a Belore en el Templo y no como Caballero de Sangre, no podía haber ingresado en el Ala de Fénix por voluntad propia. Era evidente que su incorporación había sido cosa de Laucian, que se había servido de su ingenuo hermano pequeño para tener acceso a la información de la polémica orden.

— Decidle avuestro hermano que venga, Laucian— exigía Gelsidras, cada vez más exaltado—. Que nos diga el muchacho si escuchó o no escuchó nada.

Debía reconocer que era un movimiento hábil. Notarían de inmediato si el chico les estaba mintiendo, y entonces podrían presionarle para que les dijera la verdad. El magíster miró al elfo para observar su reacción, pero no logró percibir ni una gota de intranquilidad en él.

—Hmm... —el sonido le recordó al ronroneo perezoso de un felino grande—. Me gustaría complacer vuestra petición, pero me temo que eso no va a ser posible.

— ¿Y por qué motivo?— inquirió el magíster, que había estado intentando fumar su pipa sin darse cuenta de que llevaba largo rato apagada. Estrechó los ojos como si se oliera un engaño.

— Porque se encuentra en estado grave tras haber recibido el ataque de un exaltado. El Venerable que le atendió no nos asegura que vaya a sobrevivir.

Debía ser todo un espectáculo apreciar cómo, al unísono, los semblantes de los dos magistri iban demudando de expresión para congelarse en una mueca de confusión total. No era solamente por la noticia, que desde luego era horrible, sino por el desapego con el que Laucian había revelado que alguien tan próximo a él podía morir.

— ¿Es... es eso cierto? ¿No es...? No será una invención vuestra para darnos evasivas, ¿verdad?

A pesar de haber suavizado su tono, el magíster había sido incapaz de encontrar unas palabras más adecuadas para exteriorizar su duda. Cualquiera podría haberse sentido ofendido, pero el elfo rubio se limitó a alzar una ceja con extrañeza antes de responder, tan imperturbable como de costumbre.

— No. Podéis hacerle una visita para quedar fuera de dudas—. Se encogió de hombros y caminó hasta llegar a su escritorio, tomando asiento en la butaca de cuero que había tras él. Cogió el primer sobre de la pequeña montaña que había de correspondencia sin abrir y rompió el sello de cera, desplegando el papel. Ni siquiera los miró al despedirles— Si no hay otra cosa en la que pueda seros de ayuda, agradecería que me dejárais libre para atender mis propios asuntos. Al diel shala.

Ambos se levantaron sin añadir nada más que las palabras de cortesía antes de abrir la puerta del despacho y abandonarlo, descubriendo que Edmmar se encontraba esperándoles con una sonrisa desagradable para acompañarles a la salida. En esta ocasión el recorrido por la escalera se hizo corto como un abrir y cerrar de ojos. El pesado portón se cerró tras ellos sin hacer apenas ruido. La pareja de magistri se detuvo al bajar el último peldaño hasta la acera y compartieron en silencio una mirada inquieta, sintiendo que comprendían menos que cuando habían llegado en busca de explicaciones.

Frente a ellos, una repentina ráfaga de aire agitó con violencia el pendón de Lunargenta, creando durante escasos segundos la ilusión de que el fénix dorado se debatía para arrancar las alas del fondo carmesí y escapar para volar libre sobre el cielo.




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Escrito por Nhemil en el foro oficial
                               

El último vuelo del Fénix: El mago misterioso

Skirden cabalgaba con brío, disfrutando de la velocidad. Sus pezuñas hollaban la tierra blanda y negra, y la hierba siempre tierna de Quel’thalas le humedecía de rocío las patas. En ocasiones como esa, cuando su señor aflojaba la férrea tensión de las riendas, Skirden sabía que podía dejarse llevar y  galopar libremente. En aquellos momentos, su señor dejaba de ser el amo severo y dominante y se convertía en un agradable aliado que no le clavaba las espuelas ni le forzaba a asumir ningún ritmo distinto al que su naturaleza fogosa le dictase. Aquellas cabalgadas libres y salvajes forjaban entre ambos un extraño vínculo que Skirden sabía reconocer.

Él era un corcel de batalla, grande, musculoso y un poco temperamental que no se asustaba de la plaga, de los demonios, ni siquiera del fuego. Había destrozado esqueletos reanimados con sus patas, había atravesado columnas de llamas, chamuscándose las crines, había cargado contra demonios. Y tras todas aquellas hazañas, había sido apartado, relegado, desechado como un viejo inútil. Su señor le había rescatado de un destino lamentable para un caballo de guerra thalassiano, como arar los campos de algún terrateniente de Páramos de Poniente, y aunque Skirden no podía comprender esto de forma racional, sentía una gratitud instintiva hacia aquel elfo con un ojo tapado que le había vuelto a llevar al combate y a los procederes que conocía bien, para los que había sido entrenado toda su vida.

Llegaron a un arroyo y el corcel se detuvo para beber. Estaba sediento. Su señor se bajó de su lomo y el traje de hierro que llevaba entrechocó cuando apoyó los pies en el suelo. Le palmeó el cuello mientras bebía y le dijo algo al oído. Skirden captó el tono grave y suave de su voz y supo que algo preocupaba a su señor.  Le miró y le empujó la mejilla con el morro. Su amo no se lo tomó muy bien, aparentemente, pero volvió a acariciarle el cuello.

A pocos metros de donde ambos se encontraban, hizo su aparición una segunda figura. Skirden miró al elfo. Era alto y vestía de rojo y morado. Llevaba el rostro cubierto por una caperuza de combate que le tapaba las facciones y también el cabello, pero sus ojos verdes resplandecían intensamente. Caminaba apoyándose en un báculo. Skirden abrió los ollares y resopló; el desconocido desprendía un fuerte olor a magia.

-No deberíais estar aquí-dijo su amo, dirigiéndose a la figura-. Podrían vernos.

-Admiro vuestra desenvoltura, milord. Sois muy osado al decirme lo que debería o no debería hacer.

El elfo embozado dijo esto sin hacer el menor gesto de altivez, con un tono natural y casi cariñoso, como si se dirigiera a un joven disoluto.  Su amo no pareció tomarse esto a mal, por el contrario, inclinó levemente la cabeza.

-Disculpadme. Selama ashal’anore. No esperaba veros.

-Lo sé.

Ambos se miraron en silencio durante un rato. El elfo del báculo paseó la mirada a su alrededor durante unos segundos, como si quisiera contemplar el paisaje. A Skirden, sin embargo, aquel gesto le recordaba al de algunos felinos de los bosques cuando comprueban que no hay olores extraños en su territorio. Sacudió la cabeza y relinchó, inclinándose de nuevo para beber agua mientras su amo y el extraño hablaban.

-La situación se está complicando-dijo el extraño-. Esos Santos o como quiera que se hagan llamar causarán un problema diplomático con Entrañas si siguen matando Renegados.

-¿No lo han causado aún?

-No que yo sepa. Parece que los sirvientes de la Reina Alma en Pena están demasiado ocupados en poner veneno para perros alrededor de la Muralla de Cringris.

-Supongo que eso nos conviene.

-Tarde o temprano se sabrá. Espero que estéis totalmente desvinculados de esa gente.
Skirden resopló. Su amo le dio un par de palmaditas en el cuello y elevó el labio superior en una mueca de desprecio, gruñendo un poco.

-Nacámbar se les unió. He cortado todos los hilos que nos unen a él y los diplomáticos trabajan para que quede claro nuestro posicionamiento al respecto.

El hombre embozado asintió lentamente y miró alrededor de nuevo.

-Las reivinidicaciones de los Santos son útiles por el momento, pero si su poder crece demasiado, llegarían a ser un problema. Puede que se les unan otros.

-Puede.

-La servidumbre a la Horda empieza a demostrarse excesiva. Al menos a ojos de cualquiera  que no se pase el día fumando maná y se interese un mínimo por su patria. Antes o después, habrá disturbios en Quel’thalas. Solo estamos posponiendo lo inevitable. – El elfo embozado suspiró, de pronto parecía cansado. –El decreto sobre la absorción de las milicias por parte del Ejército Thalassiano se aprobará hoy. ¿Habéis tomado alguna decisión al respecto?

Skirden percibió al instante la súbita tensión de su amo. Era la misma que le asaltaba cuando se encontraban con imprevistos en el combate, entonces le clavaba los muslos y le hincaba las espuelas casi sin querer. Skirden no necesitaba, no obstante, esas señales físicas para captar su estado de ánimo.

-Esperaba alguna orden de mis superiores.

-Dudo que vuestros superiores puedan pronunciarse de forma oficial sin poner en tela de juicio sus lealtades, milord-replicó el elfo embozado, con cierto paternalismo-. Presumo que esta decisión os corresponde sólo a vos.

-En ese caso-repuso el elfo del parche, irguiéndose-recibiréis la respuesta cuando llegue la hora.

-¿No os fiáis de mi?

-Me fío de vos. Pero no voy a responder por las vidas de mis hombres, sólo por la mía.

El elfo embozado se quedó en silencio, observando fijamente a su amo. Skirden percibía la tensión. Después, el mago pareció relajarse de nuevo y sus ojos se tiñeron de nostalgia.

-Sé que no queréis oír esto, milord, pero se supone, y vos lo sabéis tan bien como yo, que eso es lo que hace un líder militar. Responder por las vidas de sus hombres. –Los dedos del elfo del parche se cerraron sobre las crines de Skirden, que pateó un poco el suelo. Empezaba a ponerse nervioso. –Es ese peso el que los hombres como vos deben llevar sobre sí. De entre vuestros soldados, algunos entregaron su vida al reino, otros al Regente, otros a sí mismos y su propia prosperidad. Otros os entregaron sus vidas a vos. Y estos harán lo que decidáis. No romperán filas fácilmente.

El elfo del parche apretó los dientes. El corcel sacudió la cabeza y relinchó, su corazón empezaba a latir deprisa. Cuando su amo apoyó la bota en el estribo y montó casi de un salto, caracoleó, agitado, aguardando la señal.

-Señor, nuestra Orden no servirá a la Horda, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Y si para servir a Quel’thalas tenemos que ir contra la Horda, contra la Regencia o contra todos los malditos ejércitos de Azeroth, así será.

El elfo embozado asintió con la cabeza.

-Espero entonces que no temáis a la muerte.

-Llevo esperando la muerte muchos años. Si eso es lo que esta decisión me depara, al menos no moriré en la vergüenza y la servidumbre a los orcos.

Skirden se levantó sobre dos patas.

-Espero que eso no suceda. Perder tantos buenos soldados... -dijo el elfo embozado, inclinándose a modo de despedida-.  El Reino Legítimo los necesitará. Patria, Raza y Fidelidad, milord.

-Selama ashal’anore, señor.

Skirden sintió el fuego crecer en su interior. No necesitó que su amo le espoleara. Partió al galope y se internó en el bosque, esquivando los altos árboles, saltando sobre los troncos caídos. Saboreaba la angustia, la tensión, ese peso que parecía incalculable sobre los hombros de su amo. Pero a medida que cabalgaba, salvaje y libre, su fuego fue reduciéndolo todo a cenizas hasta que solo quedaron las llamas, la ligereza del galope y aquel vínculo inexplicable de gratitud entre los dos.





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Escrito por Aelion



                               

El ultimo vuelo del Fénix: Rivon

Introducción de Rivon en la trama, escrita originalmente en los foros oficiales:

Rivon caminaba con paso marcial por el cuarto donde se suponía que tenía que dormir. Llevaba dos días sin pegar ojo, y eso se notaba en su rostro, cuyos párpados mostraban unas ojeras en él nunca antes vistas. Estaba preocupado. Se había puesto su armadura, como siempre, pero hoy, por alguna extraña razón, le molestaba sobremanera.
Llamaron a la puerta de su casa.
Clavó la mirada en dirección a la puerta y comenzó a caminar hacia allí, más inquieto que otra cosa. Abrió, hablando sin ni siquiera fijarse en quién había detrás.
—Ava, estoy muy preocupado por todo lo que está pasando... —No terminó. Levantó la mirada mientras hablaba y vio que no era Ava'niel, sino Tabata.
—¿Estás bien, Rivon? —Preguntó, aunque era evidente que sabía la respuesta de antemano por las facciones demacradas de la cara del Sin'dorei.
—No. Pasa. —No dijo más. Tabata estaba acostumbrada a la sequedad que caracterizaba al elfo. No le molestaba.
—¿Quieres que te prepare algo de comer? Pareces débil y cansado. —Si no fuera porque ella lo conocía bien, nadie más hubiera dicho eso—. ¿Cuanto hace que no duermes o comes?
—Bastante. No te preocupes. —Sabía que se iba a preocupar de todas maneras—. Es Ava'niel, estoy muy, muy preocupado por ella. —Tabata, al notar el énfasis que daba a la preocupación que sentía Rivon, torció el gesto.
Se miraron largo rato, sentados ambos ahora en las sillas forradas de terciopelo rojo que descansaban en el centro de la sala de estar de su casa. Estubieron un buen rato en silencio.
—Ve a buscarla.
—No quiero molestar.
—Ya sé que no quieres molestar, Rivon, pero sabes de sobra que es tu deber y te necesita.
—Ella me ha pedido expresamente que me mantenga al mergen en esto, me lo ha suplicado y me lo ha pedido por favor de mil maneras. —Era raro ver al elfo pronunciar frases tan largas. Lo hacía con poca gente.
—¿Y cuando te ha frenado eso? —Sonrió, y él la miró. No pudo evitar devolverle la sonrisa como buenamente pudo.
Para el que no lo conociera, podía parecer hasta una sonrisa inquietante.
Se levantó de la silla, frotándose la cara con las manos. Descolgó los guantes de metal que descansaban en su cinturón y se los puso despacio. Colgó su escudo enorme en la espalda. Al lado de Tabata, el escudo medía como medio cuerpo de ella, y lo más probable era que pesara más o menos lo mismo. Su espada reposaba tranquila en una esquina, envainada. Como el escudo, también era enorme, a su medida. Se acercó y la alzó, leyendo de nuevo la inscripción que Ava'niel había hecho grabar para él. "Ann'dela Ronae". De nuevo una sonrisa. Giró la cabeza para mirar a Tabata.
—Mejor que vaya yo solo. Quédate en casa si quieres mientras estoy fuera.
Tabata asintió, mientras Rivon salía por la puerta sin esperar respuesta de la forestal. Cerró tras él, y lo único que dejó atrás fueron los pasos metálicos que se alejaban de la casa, pisando firmes por los adoquines de las calles de Lunargenta.

El último vuelo del Fénix: Maitriah

Relato corto escrito como introducción de Maitriah en la trama en los foros oficiales:

La Sin'dorei se despertó a media tarde, rascándose la mejilla con pereza y reprimiendo segundos después un bostezo con la misma mano. Las pulseras tintinearon mientras miraba a su alrededor con aire ausente y unas más que pronunciadas ojeras: un platillo con restos mágicos de color verdoso y una botella de licor vacía descansaban sobre la mesilla más cercana.
Ella también descansaba, sobre un diván de la planta baja, en una postura poco natural que explicaba el dolor en sus cervicales tras horas dormitando de aquella manera.

– Una buena... – bostezó de nuevo – noche, mañana, lo que sea..

Se desperezó como una gata un par de veces antes de levantarse y y mirar hacia su propia toga, arrugada pero intacta.
Un par de golpecitos secos con los dedos sobre la tela y...
Arrugó los labios, satisfecha.
Ya no estaba tan arrugada.

Tras estirarse por cuarta vez, ahora de pie, rogó silenciosamente por llevarse cualquier liquido a los labios que acabara con la sequedad en su garganta. Miró de reojo hacia la botella en la mesilla, la cual no había sido testigo de un milagro Beloriano, pues seguía vacía. Resignada a tener que caminar hasta la cocina para paliar su sed, echó a andar, peinando su flequillo negro sin entusiasmo alguno al no tener un espejo delante en el que poder mirarse.

A medio camino de su destino cruzó la entrada principal, donde una misiva lacrada con el sello de los Magísteres reposaba sobre una pila de libros viejos, que a su vez se asentaban sobre varias cajas de madera que la propia Maitriah no recordaba ya ni que guardaban en su interior. La elfa entrecerró los ojos, deteniendo sus pies descalzos y prometiendo por quinto día consecutivo que luego leería la carta.

Nunca era nada relevante, y ésta vez no iba a ser menos: una llamada de atención por sus actos, un resumen de lo acontecido en alguna Asamblea aburrida o una notificación para que acudiera a la Aguja para algo que no le importaba lo más mínimo.
Asintió para si misma con un cabeceo antes de abandonar el rellano en busca de una nueva botella de vino Thalassiano que abrir.

El último vuelo del Fénix: Bandos oficiales

El Reino de Quel'thalas, por la gracia de su Señor Regente, el Consejo Magistri y el General Forestal, hace pública la siguiente

ORDEN DE BUSCA Y CAPTURA

contra las siguientes personas y por los cargos que se indican.

TARIANA SOLRADIANTE, sin'dorei, cabello rojo, complexión fibrosa. Dama de Sangre. Pesan sobre ella los cargos de ABANDONO DEL DEBER y DESERCIÓN de la Orden de los Caballeros de Sangre.

TALDEMAR NACÁMBAR, sin'dorei, cabello rubio claro, complexión atlética. Soldado Rompehechizos. Pesan sobre él los cargos de SEDICIÓN, RESISTENCIA A LA AUTORIDAD, FALSO TESTIMONIO, INJURIAS Y CALUMNIAS, REBELIÓN, ABANDONO DEL DEBER, DESERCIÓN Y TRAICIÓN.

VINDAR RUEDASOLAR, sin'dorei, cabello rubio claro, complexión delgada. Sacerdote beloriano. Pesan sobre él los cargos de SEDICIÓN, RESISTENCIA A LA AUTORIDAD, FALSO TESTIMONIO, INJURIAS Y CALUMNIAS, REBELIÓN Y TRAICIÓN.

ESTAGAR HOJAPRESTA y DAELIN LUZARCANA, sin'doreis, cabello castaño y rubio oscuro, complexión atlética. Guardias de prisión. Pesan sobre ellos los cargos de ABANDONO DEL DEBER, DESERCIÓN Y TRAICIÓN.

Todo aquel que conozca su paradero y actividades debe informar sin demora a la Guardia del Reino o en el Cuartel de los Caballeros de Sangre.

Ocultar información, colaborar con estos individuos o encubrirles de cualquier modo será considerado a su vez CONSPIRACIÓN y COLABORACIONISMO CON TRAIDORES y se detendrá, juzgará y condenará a todo aquel que cometa tales actos.

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[Aquí una ristra de sellos del Reino Thalassiano y las firmas y lacres de la Regencia]


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Por la gracia del Lord Regente Lor'themar Theron, el General Forestal y el Consejo Magistri, se hace saber:

que las milicias independientes que han estado colaborando hasta ahora con los Magistri del reino, pasan a formar parte oficialmente del Ejercito Thalassiano, que quedan bajo el mando del Lord Regente Lor'themar Theron y el General Forestal Halduron Alasol para mayor gloria de nuestro reino.

Que todos los soldados pertenecientes a dichas órdenes deben personarse en la Aguja Furia del Sol para su posterior traslado a Orgrimmar, donde serán adscritos a las listas de reclutamiento de la horda. Todos aquellos que no acudan desde esta fecha hasta el próximo lunes serán culpables de un delito de desobediencia y deserción y se les será impuesta la pena pertinente.

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[Sellos oficiales y lacres de la Regencia]


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 La inquietud se adueña de las calles de Lunargenta. Los rumores han corrido como la pólvora, algunos dicen haber sido testigos, los gritos se han escuchado por toda la capital, exaltando a Belore, a la monarquía, a los antiguos Reyes, gritos en contra de la horda y el propio Regente que encendían los ánimos de los ciudadanos. Algunos dicen que han visto el tumulto ante las puertas de la Aguja, tras el paso de los soldados del Ala de Fénix que marchaban a alistarse en la Horda, los rumores más alarmantes hablan de muertos, de sangre empapando la alfombra roja y guardias e insurgentes cayendo por igual... otros dicen que no son más que exageraciones, ya que cualquiera que se asome a la rampa de acceso a la Aguja verá que todo está en orden, los guardias ocupan sus lugares y la alfombra está impecable. Aun así, los bandos que se han hecho circular no invitan del todo a la tranquilidad. Dicen así:
Por la gracia del Lord Regente Lor'themar Theron, el General Forestal y el Consejo Magistri, se hace saber:

Que desde ahora y hasta nuevo aviso, Lunargenta está bajo el ESTADO DE EXCEPCIÓN.

Que mientras esté vigente la autoridad de la guardia para sofocar brotes de violencia y dar fin a los disturbios será completa e indiscutible.

Que todo grupo de más de cinco personas será considerado reunión y por lo tanto ilegal, se procederá a su interrogatorio y se considerará su detención.

Que toda acción que contribuya a propagar rumores que creen alarma y malestar entre los ciudadanos será considerada delictiva.

Que las puertas de la ciudad quedan bajo ferrea vigilancia, y ningún ciudadano podrá acceder o abandonar Lunargenta sin los permisos expresos concedidos por el Vigia de las Puertas.

Todo aquel que apoye, encubra o ayude de manera alguna a los integrantes de la organización terrorista conocida como Los Santos o a la orden del Ala de Fénix sera culpable de un delito de CONSPIRACIÓN Y ALTA TRAICIÓN y condenado a la pena capital por ello.

Se insta a los ciudadanos a seguir con su vida cotidiana, a realizar sus actividades con normalidad y a no quebrantar la paz de la ciudad.

* * *

[Sellos del consejo y la Regencia]

El último vuelo del Fénix: Informes de inteligencia

INFORME OFICIAL DE INTELIGENCIA

                 A petición del Consejo Magistri, el Alto Mando Forestal y la Regencia

                                              Diario de observación

 Día vigésimo segundo del sexto ciclo del año vigente:

El sacerdote Vindar Ruedasolar y el soldado Taldemar Nacámbar, perteneciente a la orden del Ala de Fénix, al servicio del Consejo Magistri, son detenidos tras una incendiaria misa beloriana en la que el primero condena a la Regencia como traidora, ilegítima y no aprobada por Belore. El segundo lanzó vítores y consignas contra el Regente y la Horda y a favor de la monarquía.

Ambos fueron prendidos y conducidos a los calabozos, donde se les interrogó. Tras el interrogatorio, Taldemar Nacámbar quedó a la espera de la resolución del Consejo de Guerra y Vindar Ruedasolar, del veredicto de los Venerables de la Fuente del Sol.

 Día vigésimo octavo del sexto ciclo del año vigente:

El Consejo de Guerra ha declarado en este día a Taldemar Nacámbar culpable de los delitos de sedición, resistencia a la autoridad y traición. Aún está por determinarse su condena.

El Concilio de los Venerables ha declarado en este día a Vindar Ruedasolar afectado de enajenación mental. Se ha enviado a dos sacerdotes del Anochecer para intentar curar su dolencia y que vuelva a ser posible su reinserción en la sociedad thalassiana.


 Día vigésimo noveno del sexto ciclo del año vigente:

El sacerdote Vindar Ruedasolar no responde al tratamiento de control mental. Queda pues a la espera de las decisiones tomadas por la Regencia sobre su destino final.


 Día trigésimo del sexto ciclo del año vigente:

El sacerdote Vindar Ruedasolar y el soldado Taldemar Nacámbar han escapado de la prisión junto a dos guardianes. Según testigos, sendos guardias fueron quienes abrieron la puerta a los reos y les acompañaron en su huida fingiendo escoltarles por orden de sus superiores.

 Día segundo del séptimo ciclo del año vigente:


Se han recibido órdenes de no poner aún en busca y captura a los reos Vindar Ruedasolar y Taldemar Nacámbar, así como tampoco a los dos guardias que se dieron a la fuga.

Se han recibido órdenes de mantener la vigilancia en la ciudad para observar si se dan más actos de sedición o traición.

Dia vigésimo sexto del séptimo ciclo del año vigente:

Tiene lugar el primer brote de descontento popular observado en la Ciudad de Lunargenta en los últimos dos años.

Se detuvo a tres jóvenes estudiantes del Templo por lanzar improperios e insultos a un grupo de orcos que se encontraban reclutando para la Batalla de Los Baldíos, y a una elfa de sangre, de nombre Tariana Solradiante, Dama de Sangre. Esta última fue detenida por interceder por sendos estudiantes, lo cual era una aprobación implícita de su comportamiento.

En el interrogatorio realizado, los estudiantes afirmaron no formar parte de ningún tipo de conciliábulo rebelde, sino ser simplemente compañeros de estudios. Cuando se les preguntó la causa de sus malestares con la Horda, alegaron motivos políticos y expusieron sus razones con un discurso bastante completo acerca de lo que ellos llamaban esclavitud y el penoso estado de nuestra Patria a pesar de la supuesta ayuda de la Horda. Al intentar desentrañar quién o quiénes habían introducido el germen de esta idea en las moldeables mentes de los estudiantes, ellos sólo afirmaron que "es algo que se dice".

 Día primero del octavo ciclo del año vigente:


Se han observado diversos brotes de descontento popular. Abundan las murmuraciones. Se han observado discusiones políticas en tabernas y plazas, aunque ante la presencia de guardias uniformados y guardianes arcanos, se vuelve a hacer el silencio.

Día séptimo del octavo ciclo del año vigente:


En el desfile militar realizado hoy por los Caballeros de Sangre, se han escuchado consignas por la soberanía élfica, contra la Horda y contra el Regente. Ha sido imposible encontrar su origen entre la multitud. También se han escuchado insultos contra los pro-monárquicos y vítores a la Horda salvadora. El tono de unos y otros ha aumentado al paso de los Caballeros de Sangre pertenecientes a la orden del Ala de Fénix, que portaban el estandarte de su unidad. Muchas voces se han alzado para acusarles de asesinos y traidores, mientras que otras les vitoreaban con mucho ardor.

Día decimoquinto del octavo ciclo del año vigente:

La muerte de seis Renegados en las Tierras Fantasma inquieta y alegra a partes iguales. Se ha reabierto el debate entre la población sobre la utilidad de nuestra alianza con la Horda, aunque los ánimos parecen estar más sosegados últimamente.

Día decimoséptimo del octavo ciclo del año vigente:

Tariana Solradiante, Dama de Sangre, ha vuelto a ser detenida por interceder ante otro grupo de jóvenes sacerdotes alborotadores que esta vez agredían verbalmente a unos enviados de Entrañas, llamándoles impuros, aberraciones e instándoles a liberarse arrojándose a una pira.

Reprendidos los jóvenes, se ha interrogado a la Dama de Sangre y se ha enviado un informe a la Orden de los Caballeros de Sangre acerca de la actitud de la misma.

Día vigésimo del octavo ciclo del año vigente:


Tariana Solradiante ha sido puesta en busca y captura por la Orden de Caballeros de Sangre. Se la acusa de abandono del deber y deserción de la Orden.

Día vigésimo séptimo del octavo ciclo del año vigente:

Se ha dado orden de expandir bandos informativos oficiales. Se pondrá en busca y captura a Taldemar Nacámbar, Vindar Ruedasolar y Tariana Solradiante. Desde Inteligencia, seguimos observando la evolución del sentir popular y anticipamos posibles disturbios políticos entre los dos bandos que vienen definiéndose.

Incluimos una descripción de los perfiles de ambos bandos para facilitar a la Guardia la identificación de posibles individuos agitadores y su rápida neutralización.



DESCRIPCIÓN DE PERFILES:


a) Regentistas

-Todos ellos apoyan la política del Regente.
-Todos ellos apoyan la alianza vigente con la Horda.
-Todos ellos prefieren la dirección actual de las instituciones a los procederes anteriores.
-Muchos de ellos admiten la variedad racial en Lunargenta y Quel'thalas.
-Muchos de ellos tienen simpatía por los Arúspices y reconocen su victoria.
-Algunos de ellos manifiestan abiertamente su rechazo a la estirpe de los Caminantes del Sol, a las acciones del Príncipe Traidor y a las manipulaciones de la Legión Ardiente.
-Algunos de ellos admiten la salvación por medio de A'dal y M'uru y rechazan las fuentes de energías viles.
-Suelen ser personas progresistas, flexibles y abiertas.

b) Monárquicos

-Todos ellos desaprueban la política del Regente.
-Todos ellos desaprueban la alianza vigente con la Horda.
-Todos ellos prefieren los procederes institucionales que estaban vigentes en tiempos del Rey Anasterian y el Príncipe Kael'thas.
-Muchos de ellos condenan que se abran las puertas del Reino a otras razas.
-Muchos de ellos consideran traidores a los Arúspices y consideran su victoria una mera manipulación.
-Algunos de ellos manifiestan abiertamente su nostalgia por la estirpe de los Caminantes del Sol y no se muestran claramente desfavorables hacia las acciones del Príncipe y la Legión.
-Algunos de ellos se niegan a reconocer a A'dal y a M'uru como salvadores y siguen consumiendo energía de fuentes viles.
-Suelen ser personas tradicionalistas, de pensamiento rígido y muy disciplinadas.


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Extraido del foro oficial. Escrito por Ahti/Aelion